Антон Чехов

Domingo 12 de Julio de 2009
Publicado en: También de letras

«(...) E allora questa aculturazione sta distruggendo in realtà l´Italia, / quello che posso dire senzáltro è che il vero fascismo è proprio / questo potere della civiltà dei consumi che sta distruggendo l´Italia / e questa cosa è avvenuta talmente rapidamente che non ce ne siamo resi conto, è avvenuta in questi ultimi cinque, sei, sette, dieci anni... / è stato una specie di incubo in cui abbiamo visto l´Italia intorno a noi distruggersi, sparire. / Adesso, risvegliandoci, forse, da questo incubo, e guardandoci intorno, ci accorgiamo che non c´è più niente da fare».

(Pier Paolo Pasolini, poco antes de su muerte, en la playa de Ostia, 1974)


¿Se puede vivir sin haber visto una obra de Antón Chéjov? Francamente: NO. A quien afirma (y son bastantes, muy próximos y leídos)... "A mí, es que el teatro no me gusta... me aburre" ... hay que contestarles que lo que les pasa es, sencillamente, que no han dado con la obra, el autor, o la compañía adecuada. El teatro no puede "no gustar". Es imposible.

Cuando hace un tiempo me lamentaba, algo en broma, de no saber elegir bien las ciudades en que acababa viviendo (lugares que parecían entrar en irremediable declive desde el momento en que los pisaba -leer-), quizás olvidé que ha sido precisamente en dos de estos sitios de exilio voluntario donde se prendió la mecha de mi afición al teatro. Por la razón que sea, la ciudad mediterránea en que ahora vivo y la metrópoli septentrional e insular en que viví un buen puñado de años, tienen extrañamente en común un caldo de cultivo propiciatorio del vero teatro, aquél que atraviesa los géneros y los tiempos para pegarte un buen puñetazo, fuerte y certero, en pleno estómago: puñetazos dolorosos pero que recuerdas toda tu vida. Un teatro que nunca encontré en la ciudad continental en que nací, donde, es cierto, siempre resultó encomiable el esfuerzo por dramatizar a Lope o Calderón, pero uno no encontraba jamás en escena al núcleo del teatro útil para el boxeo con uno mismo; es decir: Antón Chéjov (ACh.) y William Shakespeare (WSh.).

Pero... no, de nuevo miento: mi primer contacto con Chéjov fue precisamente en Madrid, aunque a través del cine. Una tarde de domingo, acompañado de Q., en ese sitio psico-urbano llamado Plaza de los Cubos, vimos en el Cine Princesa Vanya on 42th Street, un film basado en la obra homónima de ACh., dirigido por Louis Malle y adaptado por David Mamet (ahí es nada), en el que resulta profundamente perturbador descubrir cómo los personajes del drama van fagocitando al grupo de actores que lo recrean, al principio de forma festiva, en un teatro al borde de la demolición durante una luminosa mañana neoyorquina.

En Londres viví bastante tiempo en Hampstead Heath, en casa de RQ, un hombre en la mitad de su cincuentena, actor de teatro en declive y escritor de relatos radiofónicos para la BBC. Una situación propia de una novela de Javier Marías que, créanme, sólo puede ocurrirle a uno en esa ciudad, más aún si se tiene en cuenta que la sola razón por la que, en un principio, escogí aquella casa, fue por ser la única que pude encontrar sin moqueta en baño y cocina; de ahí, con el tiempo, derivó con R. una amistad transgeneracional cuyos puntos de encuentro eran la lengua inglesa (lo bueno que sé me lo enseñó R.), el ajedrez (nunca logré batirle) y el amor al teatro de WSh.: él me mandaba a las representaciones de barrio o en hangares industriales, de las que recuerdo especialmente un Macbeth negro y rasta... Y ¡cuidado!: delante de un actor que se precie no se puede pronunciar nunca el nombre de esta obra, a la que se debe nombrar The Scottish Play; R. se llevaba horrorizado y supersticioso las manos a la cabeza cada vez que yo, entusiasmado con lo que acababa de ver, pronunciaba el nombre de pila del rey de Escocia.

En Londres vi también The Cherry Orchard, y (ya cuando vino N. a vivir allá) un Troilus and Cressida del que no entendimos absolutamente nada, pero que nos fascinó al descubrir en el National Theatre que al teatro se podía asistir como a un circo, con la escena circular en el centro y el público alrededor.

Ya en Barcelona disfrutamos, entre otras, de un Hamlet algo obsceno de Calixto Bieito en el Romea, y sobre todo, de un Oncle Vània impactante en el Teatre Lliure, con una esplendorosa Mónica López en el papel de Ielena, que nada tenía que envidiar a la bellísima pelirroja Julianne Moore de la versión neoyorquina. Y esto hasta hace dos semanas: un viernes por la tarde por fin conseguimos entradas para Molts records per a Ivanov, una versión libérrima de Pep Tosar y Albert Tola sobre el Ivanov chejoviano y llena injertos propios y ajenos, que van desde Pasolini a Pink Floyd pasando por Thommas Mann. Como bien dice Marcos Ordóñez en su brillante crítica, "(...) que Santa Lucía guarde la vista a nuestros beneméritos programadores", pues la compañía, después de dos años de portazos de los grandes teatros, acabó alquilando de su bolsillo el minúsculo Cercle Maldà, uno de aquéllos cenáculos noucentistas en que los ricos de la ciudad encargaban representaciones privadas de sus obras preferidas.

Y yo digo: ¡gracias, benditos programadores! que nos habéis permitido disfrutar de este tarro de las esencias en un salón de 15 m2, casi apartando los pies propios para que los actores no acabaran tropezando. Quizás quien mejor ha logrado explicar porqué dentro del tarro coinciden siempre Chéjov y Shakespeare (símbolos de lo transversal, de la retroalimentación creativa entre lo muy particular y lo universal) ha sido José María Merino en un reciente artículo llamado Shakespeare en la Rusia profunda, al afirmar que...

«(...) Sin embargo, se ha reflexionado menos sobre el fenómeno de cómo estos autores [los escritores rusos] fueron capaces de unificar dos propósitos en apariencia divergentes: el dar sentido literario a una lengua, la rusa, menospreciada hasta entonces (...), y el que sus proyectos narrativos no dejasen de pretender armonizarse con la literatura universal. Lo cierto es que los escritores rusos, muy ceñidos a su realidad inmediata, nunca tuvieron una visión meramente localista o costumbrista de su labor, nunca perdieron la perspectiva de estar integrados en un imaginario que desbordaba las estrictas fronteras de su lengua y su país».

Y esto -sólo esto- es lo que hace que estas criaturas (Vania, Ivanov o Hamlet) se puedan travestir en intelectuales de Nueva York, dramaturgos derrotados de Palma o quinquis de barrio; y que nos hablen en inglés, francés, catalán o incluso (ni más ni menos) con acento mallorquín; y, no obstante, que sigan significando lo mismo para lo que las hicieron nacer sus autores.

Y también: que nos sintamos tan profundamente identificados (y espantados por hacerlo) con esos personajes chejovianos -casi siempre varones que han pasado el ecuador de su vida-, para los que, de repente, poco o casi nada tiene sentido, y que descubren cómo aquél perrito juguetón que al principio era la vida, y que se dedicaba a lamerles los tobillos, ha pasado a portar ahora una hermosa y afilada guadaña; y que todo ello ha ocurrido sin que el hastío circundante les haya permitido darse cuenta: un hastío que, al fin y al cabo, será el único refugio confortable donde vuelvan a instalarse para tratar de ahuyentar el horroroso hallazgo.

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Puedes seguir, en esta misma bitácora, con:
. Más rusos que flotaban descontextualizados, en Nabokov en el Jarama
. Otra reflexión sobre la contraposición entre lo general y lo particular, entre lo local y lo universal, en Entre lo uno y lo diverso


Extracto de la cubierta del programa de Ivanov en el Círculo Maldà de Barcelona, Verano de 2009
Hay 5 comentarios
1. por Dr zito, 18.7.2009, 1:58 hs.

Somos muchos los que nos enamoramos de Julianne en aquel Vania.

2. por El Instigador, 21.7.2009, 0:42 hs.

Querido Andrés:

He sufrido una indigestión y me estoy curando. No es de blog, que eso creía, sino de internet. Llevo semanas sin conectar apenas, más que para repasar con hojilla el correo que rasuro y mando al pocillo porque llegó un momento en que necesitaba una desconexión total, tal como Hal 9000.

Leyendo este post, agradezco a los dioses, incluído Odín, el muy cabrón, que alguien de tu cultura y tu saber se haya preocupado de leer mis desvaríos. Es todo un honor. De chamberilero a chambilero.

Seguiré escribiendo, auqneu no instigando, pero ten seguro que sabrás de mi paradero.

Un abrazo hondo y felices vacaciones.


3. por Andrés, 21.7.2009, 19:58 hs.

DrZito: sí, no sé qué le pasó a esta mujer, que hizo ese papel soberbio para luego venderse a películas de medio pelo. Saludos.

Instigador: "(...) alguien de tu cultura y tu saber"... ya será menos ;) Yo también tengo una indigestión crónica de internet, pero por desgracia lo necesito para trabajar y no puedo prescindir de ello. Buenas vacaciones para tí también. AM

4. por Jaume, 22.7.2009, 17:05 hs.

Como siempre interesante.
Seguidor incondicional de tu blog desde hace ya algun tiempo, y si!!!! los alumnos tambien pasamos por aqui, te lo preguntaste hace bastante pero no estaba en condicion de responder, podia parecer oportunista, y si lo hice fue bajo el anonimato, cuestion que te has encargado de resolver.
Yo mas alla de reflexionar sobre tu post queria saciar la curiosidad que me persigue durante todo el cuadrimestre, y aunque en parte te volviste a anticipar a mi peticion explicando el motivo, la duda ahora esta en si ha salido bien, y si volveremos a tenerte por aqui proximamente.

un saludo

5. por Andrés , 24.7.2009, 15:42 hs.

Hola Jaume, gracias por tu interés y por tu comentario. Y sí: el pasado 13 de Julio aprobé en tribunal el Proyecto de Tesis por el que había pedido excedencia de la docencia, a la que estaré de vuelta en Otoño09, en el taller TapD. Contaré más de todo ello aquí y en breve. Hasta entonces, un abrazo, AM


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