Contra el nihilismo culpabilizador    Imprimir

Viernes 30 de Noviembre de 2007
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(Continuación a ...Para la sociedad post-consumista)

Hace pocos días, me soprendía al leer a un amigo blogger unos comentarios políticamente muy poco correctos en torno a la figura de Al Gore en el debate del calentamiento global.

Ya se lo comenté brevemente a él en ese momento, y aquí lo repito: el calentamiento global es una triste y evidente realidad , y cualquier intento de argumentar en su contra (desde el triste negacionismo de Rajoy al más legítimo escepticismo de Carlos) tiene todas las de perder.

No obstante, en aquél post Carlos introdujo un tema bien interesante, como es un enfoque crítico sobre ese nihilismo evangelizador tan en boga desde hace ya unos meses. Desde cualquier esquina, desde cualquier instancia superior (La Onu, el Gobierno de España, el Ayuntamiento de Barcelona, igual da), y desde hace ya un tiempo, el mensaje que nos llega a los ciudadanos es profundamente nihilista, sólo por puro reduccionismo: ni los problemas son tan apocalípticos como se nos presentan, ni desde luego, son tan nuevos como para haber adquirido esta cuestionable preeminencia en los discursos del poder.

En este sentido, siempre es un consuelo encontrar opiniones tan sensatas como las del biólogo Miguel Delibes (Jr.), que, algo socarronamente, se ríe de que los humanos lleguemos a ser tan arrogantes como para creernos capaces de acabar, sin quererlo, con la vida sobre la faz de la tierra (a la vez que recuerda que la historia no ha hecho otra cosa que demostrar que la tierra es un organismo mutante capaz de absorber los cambios, ya sean a causa de procesos naturales, o bien de acontecimientos extraordinarios).

Contar sólo parte de la verdad, o sólo sus componentes dramáticos, es perverso; más aún lo es concentrarlo en episodios de “empacho emocional”. Es ésta es una estrategia que los publicistas (los antiguos, los de la tele -por suerte los tiros del márketing de la era digital van por otro camino-) conocen muy bien: bombardear al consumidor con tanta información, y de manera tan concetrada, que, sólo en el intento de procesarla, se quede sin tiempo para aplicar su espíritu crítico.

Alguien muy próximo me lo definió hace unos días de una manera que me divirtió mucho, llamándolo el “síndrome del yogur desnatado”: se trató primero de convertirnos a todos en obesos consumidores de nata y colesterol, para luego redimirnos (y de paso forrarse) vendiéndonos productos desnatados.

Redimirnos, ahí está la clave. El individuo que se auto-inculpa (de una manera muy propia, por cierto, del proceder católico) queda en estado anti-crítico, y es por lo tanto manipulable de cara a la siguiente fase, la de vendernos el yogur desnatado.

Sinceramente, en lo que respecta al calentamiento global, dudo que cada uno de nosotros, como ciudadano, tenga tanta culpa como la que se trata de otorgarnos; o, en todo caso, y dicho de otra manera, no tenemos la culpa de tener la culpa. Quizás debieran darse más por aludidos los grandes consorcios piramidales de propiedad y distribución de la energía, o los gobiernos que nos redimen tras permitir el desarrollo territorial extensivo y desenfrenado, sin olvidar, por supuesto, los diseñadores que hemos pasado un siglo haciendo planteamientos urbanos equivocados.

Las soluciones no son sencillas, pues cualquiera de ellas supone en algo un rediseño de alguna estructura a escala global; sólo quiero recordar ahora dos entre la muchas en las cuales la gente más sensata llevan ya tiempo insistiendo:

. La primera pasaría por gravar económicamente, y sin más dilaciones, las emisiones de Co2 ; el consumidor entenderá mucho mejor sus emisiones en céntimos de euros que en céntimos de culpa. Y vaya si funciona, por ejemplo, en aquéllos a los que se les grava, por tramos, los excesos en el consumo de agua. En este sentido, sigue resultando incomprensible (e intolerable) cosas como que la aviación comercial siga quedando, aún, fuera de cualquiera de estos cálculos.

. La segunda sería lo más parecido a una des-concentración de los sistemas de producción y distribución de la energía. Me lo comentaba ayer JB, al hablar de los problemas de suminstro eléctrico que tuvimos en Barcelona durante este verano, y tiene toda la razón: ¿porqué no cambiar las obsoletas estructuras en forma de embudo del siglo pasado por redes de aportación energética más fragmentada, independiente, y distribuida? Una buena sugerencia para nuestro plan de recuperar la azotea urbana como espacio habitable y/o productivo: que cada propietario de una instalación solar pudiera hacer su aportación a la red.

Esto, desde luego, es lo más antagónico a los grandes parques solares que se empiezan a levantar en suelo rústico, basados en el pequeño accionariado (como guiño colectivista), pero manteniendo intacto el monopolio de la distribución. ¿Alguien se ha parado a pensar, por cierto, en el impacto paisajístico de estas huertas solares? ¿Es eso mejor que las espantosas urbanizaciones fruto de la obesidad del territorio? Lo dudo. Pero esto, ya por sí sólo, sería un tema para ocuparnos otro día.

 

Out of the Blue    Imprimir

Martes 20 de Noviembre de 2007
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Parece ser (cuentan) que a todos los arquitectos barceloneses de todas las generaciones anteriores a la mía les habían machacado tanto con José Antonio Coderch en las clases de proyectos que, aún hoy, muchos esgrimen una ligera mueca de aburrimiento cuando los neófitos le mencionamos entusiastamente.

Out of the Blue: así se llama en inglés a aquéllo que surge de nuevo, de la nada, de pronto.

Mi aterrizaje en Barcelona hace 6 años (out of the blue) me permitió, entre otras cosas, entender, recuperar, comprender y admirar de forma desprejuiciada la obra de un Coderch que, desde la lejanía madrileña, no acabábamos de entender.

De todo ello, Ugalde es, sin duda la obra maestra. Siento no estar en nada de acuerdo con Rafa cuando la explica; porque Ugalde es para lo doméstico lo que el Maravillas es para el edificio público: la anarquitectura, la no-arquitectura, pura metodología, pura insistencia, puro resultado de la búsqueda paciente, atenta y rigurosa, y no la rigidez academicista y compositiva que él defiende.


Plantas baja y primera de la casa Ugalde, según las publicaba revista 2G en 2005
 

Vuelve la artesanía    Imprimir

Martes 6 de Noviembre de 2007
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Encuentro ahora, ordenando papeles, un recorte que hace ya algún tiempo guardé, con una entrevista en el Cyberpaís al gran Albert Pla; en ella, Albert afirma que...

“(...) la tecnología supone un regreso a la artesanía. (Con ella) controlo todo el proceso, y no necesito a nadie; edito los Cd’s con el Creator, manipulo las fotos con el Photoshop, y acabo con un master en la mano que he producido sin nadie detrás (...) ¡Voy a hacerle hacker mate a internet! (...)”.

Hace tiempo que vengo rumiando algo parecido, y Albert me ha quitado las palabras de la boca. Con las nuevas tecnologías no sólo se convierte uno en amo y maestro de su proceso de trabajo (Abhore intermediates! –aborrecemos a los intermediaros-, proclamaban los fundadores de la era digital), sino que también se recobra ese extraño retrogusto que da la labor manual hecha con mimo y sin prisa.

Es una de las paradojas de la sociedad de la información: cuanto más tecnificada... más artesanal a vez. La micro-artesanía supone, no sólo, que cada uno acaba disfrutando más de lo que hace, sino que es capaz de establecer relaciones de afinidad en red con otros micro-artesanos de su interés; el formato blog, sin ir más lejos, es un ejemplo bien claro de esto.

En arquitectura, los profetas de la prefabricación se apresuraron, hace tiempo, a firmar la carta de defunción de la artesanía y los oficios. Por suerte, se equivocaban.

La imparable ocupación de la mano de obra en la construcción por sucesivas oleadas migratorias extranjeras predice precisamente lo contrario: que la artesanía, el oficio, la manualidad, gozan y gozarán de muy buena salud.

Poco antes de su muerte, Miguel Fisac, preocupado por lo que él llamaba la “creciente pérdida de profesionalización en los tajos españoles”, patentó un novedoso sistema de andamiaje, de adentro hacia fuera, que evitara los riesgos de accidente.

En mi opinión, esta preocupación de Fisac por la falta de una mano de obra especializada es fácilmente convertible en algo positivo: con una importante crisis energética a la vuelta de la esquina, la mano de obra en construcción vuelve, paradójicamente, a ser abundante y económica.

Esta coyuntura se podría aprovechar, sin más, para recuperar tradiciones constructivas perdidas a causa de la industrialización; como aquellos palos del flamenco que fueron de Andalucía a Cuba y volvieron (los palos de ida y vuelta), las nuevas técnicas manuales serán inevitablemente, y por el origen de quienes las trabajan, técnicas mestizas, de ida y vuelta.


Entrevista al músico Albert Pla en Cyberpaís
 

La luz al final del túnel    Imprimir

Viernes 2 de Noviembre de 2007
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(Continuación a De copas)

Lo último que uno espera encontrar, tras la luz al final de uno de los interminables calados de crianza de la Bodega López de Heredia, son las aguas del Río Ebro.

Lejos del impetuoso caudal que presentaba la primavera pasada en Miravet, ya cerca de su desembocadura, el Ebro se nos muestra en Haro (Rioja) bajo la forma de un suave meandro de aguas dóciles y tranquilas.


El Río Ebro a su paso por Haro, Rioja (fotos: AM, otoño de 2007)