En casa había demasiados libros 
Jueves 20 de Diciembre de 2007
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(como contestación a una reseña de Frédéric Nantois sobre Habitar la Cubierta, aparecida en el nº 361 de l’Architecture d’Aujourd’hui, Noviembre.Diciembre de 2005 –descargar reseña en Pdf–).
Parte 1ª:
El título alternativo a este post podría haber sido también: “Monsieur, ça fait 22 ans que je suis sorti du Lycée Français”. Después de los 3 años (largos) de batalla que supuso la documentación, escritura y publicación de Habitar la Cubierta, leer esta reseña, pocos meses después de su salida a las librerías, supuso, al menos, un buen jarro de agua fría.
Releída hoy, más de dos años después, aquélla crítica me hace más bien esbozar una media sonrisa, pues viene a ser (más que otra cosa) una pesada broma, una especie de espectro de aquellos maestros del Liceo Francés de Madrid que representaban la peor parte del (en otras cosas excelente) sistema educativo público francés. Éstas son algunas de las perlas que el Sr. Nantois nos dedica (los subrayados, que destacan más bien lo repelente del tono, son míos):
“(...) Ésta advertencia preliminar (sobre la dificultad de catalogar en algún género el texto) no excusa para nada las torpezas (“maladresses”) del texto. (...) En verdad, la obra no parece poseer ningún tipo de progresión clara en su desarrollo, y en la manera en que se encadenan los argumentos. (...) La razón probable de esta debilidad es que su autor no ha parecido tener problema en no enfocarlo desde una problemática precisa, o en no adoptar ningún sesgo particular con que abordar su tema. (...) Faltan, no obstante, los cruces de problemáticas, superando la simple constatación, y susceptibles de poner en el tiempo aproximaciones de épocas diferentes, y de dejar entrever las filiaciones. (...)”
Ésta era la tónica general del extenso análisis (al menos, hay que reconocerlo, FN se había leído el –largo- libro entero), para acabar recriminando (¡cómo no!) la falta de una “verdadera conclusión”. Sus dos únicas concesiones no incisivas se referían a la “rica colección iconográfica” (vaya, la única parte, salvedad de la recopilación, de la que yo no era autor...).
Quiso el azar que la única reseña sesuda que recibió este libro (recibió otras, positivas, pero más light en cuanto a la profundidad de su análisis) proviniera... ¡en forma de reprimenda de fantasma de profesor de literatura del Liceo Francés (“Martinez!: Il vous manque un chapitre en guise de conclusion!”), salido de las tinieblas del tiempo. Ya sé que queda mal, pero yo... no puedo hacer otra cosa que romper una pequeña lanza a favor de mi maltrecho “Habitar...”:
Es cierto que, en muchas partes puede resultar farragoso, quizás aventurado, quizás confuso. No se le puede reprochar, no obstante, que... a) no sea sincero en la dificultad de clasificación de género (se menciona de hecho en la introducción); b) tampoco que no esté ordenado cronológicamente (el gran rompedero de cabeza fue crear divisiones temporales premeditadamente descompensadas, así se explica, y como tal aparecen en el índice); c) menos aún que no se entrelacen argumentos (no trata de hacer otra cosa); d) algo más, quizás, la falta total de una conclusión explícita (pues fue ésta la única observación que me devolvió mi -por lo demás satisfecha- editora, Mónica Gili, al recibir el manuscrito).
Entiendo que (por muy torpemente que se hiciera) dejar al lector entrelazar argumentos por caminos que quedan sugeridos, o elaborar su propia conclusión debieron ser... licencias demasiado atrevidas para un crítico francés de arquitectura... convertido en crítico literario. Y hasta aquí, amigos, el rencor (que, como hubiera dicho mi padre, es mal consejero).
Parte 2ª:
Probablemente haya sido también el azar el que ha reunido en mis manos, en los últimos días, varios textos interesantísimos que reivindican la pureza del acto lector (o quizás es el aniversario de algo, o el “día del libro bien entendido”, y yo no me he enterado).
Por un lado, Miriam G., una amiga bloguera, me remite sendos textos de Muñoz Molina y (el siempre imprescindible) José Antonio Marina (“Elogio de la lectura”) (¡Graciasss Miriam!); por otro, me topo, en la separata del NYT que viene el jueves dentro de El País (una muestra más, por cierto, de que sólo los suplementos independientes –éste, el Cyberpaís, Propiedades- han sobrevivido al alucinante hundimiento de este diario como referencia de calidad), con un estupendo artículo de Motoko Rich reivindicando “La Magia de la lectura”.
En él, M. Rich, tomando como excusa un comentario sobre la novela de Alan Bennet “The Uncommon Reader”, en la que “(...) uno imagina a la Reina de Inglaterra convirtiéndose de repente en una lectora voraz en los últimos años de su vida (...)”, desgrana con lucidez las razones y episodios clave que lo pueden transformar a uno en una persona emocionalmente “libro-dependiente”:
“(...) Tener unos padres que lean ayuda mucho, pero no es una garantía. Los profesores y bibliotecarios devotos también puede influir. Pero, pese a la proliferación de grupos y blogs literarios, leer es en última instancia un acto privado. (...) Hay pistas sobre qué puede transformar a alguien en un lector asiduo. “The Uncommon Reader” plantea que el libro adecuado en el momento adecuado puede desencadenar un hábito de por vida (...): si das con el libro que haga que esa persona se enamore de la lectura, querrá otro. (...) ¿Qué convierte a ese libro en el desencadenante de una lectura continuada? Para algunos, el descubrimiento de un personaje del libro que es como nosotros (...), para otros, es la adopción de la otredad. (...)”.
Sigue Rich su muy pertinente análisis apuntando que estas dos cuestiones (sentirse reflejado o, al contrario, sentirse otro) son experiencias que, en la era digital, ya nos suministran con éxito otras herramientas mucho más inmediatas (los blogs confesionales, MySpace, o los programas de televisión); cierra su ensayo con una cuestión no resuelta y un interrogante (Lo siento, Monsieur Nantois), donde viene a decir que él no es capaz de explicar las razones de la supervivencia del libro, pero que si “(...) ha sobrevivido a peores sentencias de muerte, es probable que lo siga haciendo. (...)”.
Yo personalmente, no lo dudo (que sobreviva): quizás contaminado por mi natural tendencia a buscarle el lado positivo a las transformaciones a que induce la era digital, me parece que más bien saldrá reforzado. Perderá carga simbólica, se desmitificará, para convertirse en lo que nunca debió dejar de ser, una herramienta de mejora personal de uso estrictamente privado y voluntario (aquí, J.A. Marina, verás que no estoy de acuerdo contigo).
Recuerdo bien una entrevista póstuma con el historiador Javier Tusell que publicó El País a los pocos días de su muerte. Tusell había estado luchando durante años contra una penosa enfermedad, que fue la que finalmente se lo llevó. Aparte de reconocerme en su vertiente de “sano híbrido madrileño-barcelonés”, me emocionó leer cómo explicaba cómo, entre las pocas cosas buenas que le había aportado la enfermedad, estaba la recuperación de un hábito lector desprejuiciado, libre de ataduras y obligaciones, de academicismos, y transversal entre géneros, idiomas y épocas...
Toda una lección. Yo nací y crecí en una casa donde había muchos, y muy buenos, libros; tantos, que intimidaban; ésto, unido a las sobredosis de Baudelaire, Mallarmé y similares, inyectadas por los Monsieurs/Madames del Liceo (introducir a estos autores 20 años antes del momento vital en que se pueden comprender, ¡qué error!), no fueron cosas que ayudaran, precisamente, a crear un hábito lector fluido.
Por suerte, con los años he ido adquiriendo sin quererlo una manera de leer bastante libertaria, y en la que, aparte de lo que menciona Tusell, también aplico a rajatabla que... a) se pueden y se deben abandonar libros a medias, o recién comenzados (si no logran enganchar, ¿no tendrá quizás algo de responsabilidad el autor?) y b) se pueden y deben despojar las estanterías de nuestra biblioteca personal de todo aquello que sobra, que es mucho: si uno se quiere librar de la mala conciencia (¡ah la culpa, siempre presente!), recomiendo despojarse de ellos en el contenedor de reciclaje de papel. No sé si todo esto es correcto, o tan siquiera lógico; sólo sé que, a mí, me hace bastante feliz.
(Sigue en ¡Qué pena de escuela!)
Un buen misterio: ¿porqué leemos libros? (NYT, dic 07)
La luz de la mañana 
Jueves 13 de Diciembre de 2007
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Asociamos muchas veces la calidad de la luz (y las virtudes de la penumbra) al control adecuado de un exceso de luz en los períodos cálidos; así lo expuse hace un tiempo en El elogio -mediterráneo- de la sombra, donde comparaba el gusto japonés por la sombra con el refinamiento de los sistemas de control solar propios de nuestro Mediterráneo.
Sin embargo, paseando esta mañana (una fría, luminosa y tonificante mañana) a primera hora, camino del estudio, por el Gótico de Barcelona, me he acordado de la atmósfera que recreaba Carlos Ruiz Zafón en La sombra del viento: el de una penumbra, al principio o al comienzo de algún día de invierno, donde el sol de la mañana que se levanta del mar apenas llega al fondo de estas estrechas calles, y hay tan poca gente que resuenan sus pasos.
(Sigue en Dentro de La Pedrera)
C/ de la Call, en la judería de Bcn (foto AM, invierno 05.06)
Penínsulas hermanas 
Sabado 8 de Diciembre de 2007
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(Las de Anaga y Formentor, al Noreste de las islas de Tenerife y Mallorca)
Anaga y Formentor (fotos: AM, Invierno 06 y otoño 07)
Tarragona 
Lunes 3 de Diciembre de 2007
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No sé muy bien para qué debió de servir en su día la figura de Gobernador Civil; quizás para nada, probablemente para nada bueno. En todo caso, su existencia se puede justificar sólo por el mero hecho de haber dado lugar a un edificio tan maravilloso como éste:
Gobierno Civil de Tarragona, A. de la Sota (Foto AM, verano 07)
Contra el nihilismo culpabilizador 
Viernes 30 de Noviembre de 2007
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(Continuación a ...Para la sociedad post-consumista)
Hace pocos días, me soprendía al leer a un amigo blogger unos comentarios políticamente muy poco correctos en torno a la figura de Al Gore en el debate del calentamiento global.
Ya se lo comenté brevemente a él en ese momento, y aquí lo repito: el calentamiento global es una triste y evidente realidad , y cualquier intento de argumentar en su contra (desde el triste negacionismo de Rajoy al más legítimo escepticismo de Carlos) tiene todas las de perder.
No obstante, en aquél post Carlos introdujo un tema bien interesante, como es un enfoque crítico sobre ese nihilismo evangelizador tan en boga desde hace ya unos meses. Desde cualquier esquina, desde cualquier instancia superior (La Onu, el Gobierno de España, el Ayuntamiento de Barcelona, igual da), y desde hace ya un tiempo, el mensaje que nos llega a los ciudadanos es profundamente nihilista, sólo por puro reduccionismo: ni los problemas son tan apocalípticos como se nos presentan, ni desde luego, son tan nuevos como para haber adquirido esta cuestionable preeminencia en los discursos del poder.
En este sentido, siempre es un consuelo encontrar opiniones tan sensatas como las del biólogo Miguel Delibes (Jr.), que, algo socarronamente, se ríe de que los humanos lleguemos a ser tan arrogantes como para creernos capaces de acabar, sin quererlo, con la vida sobre la faz de la tierra (a la vez que recuerda que la historia no ha hecho otra cosa que demostrar que la tierra es un organismo mutante capaz de absorber los cambios, ya sean a causa de procesos naturales, o bien de acontecimientos extraordinarios).
Contar sólo parte de la verdad, o sólo sus componentes dramáticos, es perverso; más aún lo es concentrarlo en episodios de “empacho emocional”. Es ésta es una estrategia que los publicistas (los antiguos, los de la tele -por suerte los tiros del márketing de la era digital van por otro camino-) conocen muy bien: bombardear al consumidor con tanta información, y de manera tan concetrada, que, sólo en el intento de procesarla, se quede sin tiempo para aplicar su espíritu crítico.
Alguien muy próximo me lo definió hace unos días de una manera que me divirtió mucho, llamándolo el “síndrome del yogur desnatado”: se trató primero de convertirnos a todos en obesos consumidores de nata y colesterol, para luego redimirnos (y de paso forrarse) vendiéndonos productos desnatados.
Redimirnos, ahí está la clave. El individuo que se auto-inculpa (de una manera muy propia, por cierto, del proceder católico) queda en estado anti-crítico, y es por lo tanto manipulable de cara a la siguiente fase, la de vendernos el yogur desnatado.
Sinceramente, en lo que respecta al calentamiento global, dudo que cada uno de nosotros, como ciudadano, tenga tanta culpa como la que se trata de otorgarnos; o, en todo caso, y dicho de otra manera, no tenemos la culpa de tener la culpa. Quizás debieran darse más por aludidos los grandes consorcios piramidales de propiedad y distribución de la energía, o los gobiernos que nos redimen tras permitir el desarrollo territorial extensivo y desenfrenado, sin olvidar, por supuesto, los diseñadores que hemos pasado un siglo haciendo planteamientos urbanos equivocados.
Las soluciones no son sencillas, pues cualquiera de ellas supone en algo un rediseño de alguna estructura a escala global; sólo quiero recordar ahora dos entre la muchas en las cuales la gente más sensata llevan ya tiempo insistiendo:
. La primera pasaría por gravar económicamente, y sin más dilaciones, las emisiones de Co2 ; el consumidor entenderá mucho mejor sus emisiones en céntimos de euros que en céntimos de culpa. Y vaya si funciona, por ejemplo, en aquéllos a los que se les grava, por tramos, los excesos en el consumo de agua. En este sentido, sigue resultando incomprensible (e intolerable) cosas como que la aviación comercial siga quedando, aún, fuera de cualquiera de estos cálculos.
. La segunda sería lo más parecido a una des-concentración de los sistemas de producción y distribución de la energía. Me lo comentaba ayer JB, al hablar de los problemas de suminstro eléctrico que tuvimos en Barcelona durante este verano, y tiene toda la razón: ¿porqué no cambiar las obsoletas estructuras en forma de embudo del siglo pasado por redes de aportación energética más fragmentada, independiente, y distribuida? Una buena sugerencia para nuestro plan de recuperar la azotea urbana como espacio habitable y/o productivo: que cada propietario de una instalación solar pudiera hacer su aportación a la red.
Esto, desde luego, es lo más antagónico a los grandes parques solares que se empiezan a levantar en suelo rústico, basados en el pequeño accionariado (como guiño colectivista), pero manteniendo intacto el monopolio de la distribución. ¿Alguien se ha parado a pensar, por cierto, en el impacto paisajístico de estas huertas solares? ¿Es eso mejor que las espantosas urbanizaciones fruto de la obesidad del territorio? Lo dudo. Pero esto, ya por sí sólo, sería un tema para ocuparnos otro día.
Out of the Blue 
Martes 20 de Noviembre de 2007
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Parece ser (cuentan) que a todos los arquitectos barceloneses de todas las generaciones anteriores a la mía les habían machacado tanto con José Antonio Coderch en las clases de proyectos que, aún hoy, muchos esgrimen una ligera mueca de aburrimiento cuando los neófitos le mencionamos entusiastamente.
Out of the Blue: así se llama en inglés a aquéllo que surge de nuevo, de la nada, de pronto.
Mi aterrizaje en Barcelona hace 6 años (out of the blue) me permitió, entre otras cosas, entender, recuperar, comprender y admirar de forma desprejuiciada la obra de un Coderch que, desde la lejanía madrileña, no acabábamos de entender.
De todo ello, Ugalde es, sin duda la obra maestra. Siento no estar en nada de acuerdo con Rafa cuando la explica; porque Ugalde es para lo doméstico lo que el Maravillas es para el edificio público: la anarquitectura, la no-arquitectura, pura metodología, pura insistencia, puro resultado de la búsqueda paciente, atenta y rigurosa, y no la rigidez academicista y compositiva que él defiende.
Plantas baja y primera de la casa Ugalde, según las publicaba revista 2G en 2005
Vuelve la artesanía 
Martes 6 de Noviembre de 2007
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Encuentro ahora, ordenando papeles, un recorte que hace ya algún tiempo guardé, con una entrevista en el Cyberpaís al gran Albert Pla; en ella, Albert afirma que...
“(...) la tecnología supone un regreso a la artesanía. (Con ella) controlo todo el proceso, y no necesito a nadie; edito los Cd’s con el Creator, manipulo las fotos con el Photoshop, y acabo con un master en la mano que he producido sin nadie detrás (...) ¡Voy a hacerle hacker mate a internet! (...)”.
Hace tiempo que vengo rumiando algo parecido, y Albert me ha quitado las palabras de la boca. Con las nuevas tecnologías no sólo se convierte uno en amo y maestro de su proceso de trabajo (Abhore intermediates! –aborrecemos a los intermediaros-, proclamaban los fundadores de la era digital), sino que también se recobra ese extraño retrogusto que da la labor manual hecha con mimo y sin prisa.
Es una de las paradojas de la sociedad de la información: cuanto más tecnificada... más artesanal a vez. La micro-artesanía supone, no sólo, que cada uno acaba disfrutando más de lo que hace, sino que es capaz de establecer relaciones de afinidad en red con otros micro-artesanos de su interés; el formato blog, sin ir más lejos, es un ejemplo bien claro de esto.
En arquitectura, los profetas de la prefabricación se apresuraron, hace tiempo, a firmar la carta de defunción de la artesanía y los oficios. Por suerte, se equivocaban.
La imparable ocupación de la mano de obra en la construcción por sucesivas oleadas migratorias extranjeras predice precisamente lo contrario: que la artesanía, el oficio, la manualidad, gozan y gozarán de muy buena salud.
Poco antes de su muerte, Miguel Fisac, preocupado por lo que él llamaba la “creciente pérdida de profesionalización en los tajos españoles”, patentó un novedoso sistema de andamiaje, de adentro hacia fuera, que evitara los riesgos de accidente.
En mi opinión, esta preocupación de Fisac por la falta de una mano de obra especializada es fácilmente convertible en algo positivo: con una importante crisis energética a la vuelta de la esquina, la mano de obra en construcción vuelve, paradójicamente, a ser abundante y económica.
Esta coyuntura se podría aprovechar, sin más, para recuperar tradiciones constructivas perdidas a causa de la industrialización; como aquellos palos del flamenco que fueron de Andalucía a Cuba y volvieron (los palos de ida y vuelta), las nuevas técnicas manuales serán inevitablemente, y por el origen de quienes las trabajan, técnicas mestizas, de ida y vuelta.
Entrevista al músico Albert Pla en Cyberpaís
La luz al final del túnel 
Viernes 2 de Noviembre de 2007
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(Continuación a De copas)
Lo último que uno espera encontrar, tras la luz al final de uno de los interminables calados de crianza de la Bodega López de Heredia, son las aguas del Río Ebro.
Lejos del impetuoso caudal que presentaba la primavera pasada en Miravet, ya cerca de su desembocadura, el Ebro se nos muestra en Haro (Rioja) bajo la forma de un suave meandro de aguas dóciles y tranquilas.
El Río Ebro a su paso por Haro, Rioja (fotos: AM, otoño de 2007)
De copas 
Domingo 28 de Octubre de 2007
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(Continúa en La luz al final del túnel)
entrando en las Bodegas Juan Alcorta de Logroño (Foto: AM, Otoño 2007)
Los métodos de evaluación en I+D deben cambiar 
Jueves 25 de Octubre de 2007
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A raíz de la entrega de una petición de subvención para el Ministerio de Vivienda la pasada semana, nos hemos vuelto a topar con la dificultad de catalogar la investigación del arquitecto en cualquiera de los parámetros usuales de evaluación científico-técnica al uso.
A este respecto, vienen muy al caso unas palabras de Miguel Usandizaga que hace unos meses recorté de un boletín interno de la UPC:
“(...) La arquitectura no es una ciencia ni una técnica (...)
(...) no se puede entender aplicando los mismos medios que en el área de las ciencias y las ingenierías, áreas más científico-técnicas (...)
(...) a veces el progreso no se encuentra en la innovación, sino contrariamente, en la recuperación de procedimientos tradicionales (...)”.
Creemos que es urgente revisar estos parámetros de evaluación, para que los proyectos de investigación en arquitectura (los verdaderamente arquitectónicos, no los históricos ni los tecnológicos) no sigan quedando relegados en las ayudas públicas.
Para ello, creo que es fundamental reivindicar, como hacemos en nuestra portada, la posición de nuestra disciplina en un lugar híbrido, complejo, confuso, transversal, a mitad de camino entre las ciencias, las artes, y las humanidades (y no sentirse acomplejado por ello); durante mucho tiempo de nuestra formación nos machacaron con la idea de que la salida para encontrar trabajo era la especialización: o hacías polideportivos, u hospitales, o juzgados, o vivienda protegida, varias de las cosas alternativamente… ¡imposible!
Pues no señor: la solución para conseguir trabajo, lo verdaderamente específico del arquitecto respecto a las profesiones que le hacen la competencia es precisamente lo contrario, su transversalidad, su versatilidad, su hibridez; y a esta nuevo concepto deben responder apropiadamente las administraciones.
(Sigue en Arquitectura es I+D+i)
Hoja informativa sobre investigación en la UPC (Junio de 2007)
¿Cual es el preocupante? 
Domingo 7 de Octubre de 2007
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(Continuación a La americanización de Madrid)
¿Cuál de los dos casos de crecimiento metropolitano (Madrid o Barcelona), en los útlimos 15 años, es el verdaderamente nos debe preocupar?
Crecimiento metropolitano de Madrid y Barcelona, comparado hoy por La Vanguardia
Monsieur 
Martes 2 de Octubre de 2007
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Soy un fan declarado del dibujo a mano alzada a escala; de hecho, me parece la única salida para proyectar de forma fluida en la era del cad.
Nunca pude proyectar en la pantalla, y nunca podré; sostengo además que es imposible; Glenn Murcutt comentaba en su visita a la URL que nada podía sustituir a la secuencia cerebro-mano-papel en el proceso de proyecto.
El CAD ha sido muy útil para agilizar la práctica del calco a escala: CAD- calco - CAD - calco y así sucesivamente.
Por todo esto, es gratificante encontrar dibujos como el que amablemente me ha remitido Carlos Cordón, donde Monsieur Le Corbusier, perezoso como era él para algunas cosas, se digna a dibujar, casi a escala, en plano, en un dibujo precioso, el desarrollo de la cocina de la vivienda tipo de la Unidad de Habitación de Marsella.
Desarrollo de la cocina de la vivienda tipo de Marsella (© Fondation Le Corbusier)
Oye, es por aquí 
Domingo 30 de Septiembre de 2007
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Vaticano: estatua de San Pedro, por José de Fabris (Foto AM, primavera 2004)
El pensamiento de escalas 
Martes 25 de Septiembre de 2007
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(otra digresión sobre la contraposición entre lo local y lo global)
Suele ocurrir que sean especialistas de profesiones que nada tienen que ver con la nuestra propia los que, casi siempre por azar, nos descubren esas claves que nos permiten seguir trabajando con ideas más claras y energías renovadas.
Es el caso del enólogo Josep Lluís Pérez, que amablemente aceptó nuestra invitación para dar la clase inaugural del TAP B en la ETSAV, en el que pedimos a los alumnos proyectar una bodega en la falda de la Sierra de Collserola, en la espalda de Barcelona.
Josep Lluís lleva a cabo (con una envidiable energía) una sofisticada labor intelectual y asesora en enología desde su pequeña propiedad del Priorato tarraconense.
Aparte de defender la creación de un vino como labor artística (“Todo el mundo conoce el Vega Sicilia, pero, ¿conoce alguien el nombre del enólogo que está detrás?” repite sin cesar), Josep Lluís argumenta de modo muy acertado que la labor creativa (esa “efervescencia” del vino –del proyecto en nuestro caso- que parece que, en un momento determinado, empieza a pedir cosas por sí solo) no puede ni siquiera comenzar si previamente no hemos acumulado una dosis importante de lo que él llama ciencia (nosotros oficio), es decir, una búsqueda rigurosa, paciente, atenta, de los datos pre-existentes y objetivos.
Él mide las variaciones del diámetro de la cepa, o el número de frutos por racimo, luego perfecciona la planta genéticamente, luego se equivoca, luego vuelve a comenzar; nosotros analizamos el terreno, el clima, la orientación, las necesidades...
Josep Lluís es un férreo defensor del concepto glocal (feo pero descriptivo palabro) aplicado a la vinicultura: “Desde aquí (mi rincón mediterráneo) me empapo de los valores atemporales de la cultura clásica (la mediterránea); elaboro, con paciencia, mimo, e imaginación, mi producto; sólo al final, con él me proyecto hacia el mundo”, viene a explicar.
Quizás lanzada (aunque lo dudo) a salto de mata, esta frase viene como anillo al dedo para explicar lo que entiendo debe de ser una actitud razonada para posicionarse frente a la dicotomía entre lo local y lo global.
La globalización, imparable fenómeno de universalización de los bienes de consumo y de la comunicación, no lo es tanto, por desgracia, de los bienes “intangibles” de la cultura y la educación. Una joven escritora india explicaba hace poco en un periódico nacional que, en el mundo global. “la pobreza sigue siendo ancestral, y las maneras de volverse rico siguen siendo las de siempre”.
El día que la cultura se pasee a escala global de la manera tan fluida y natural en que lo hacen el crimen o el capital, algo habremos ganado. Si existe desde hace tanto en economía un concepto que se llama “economía de escalas”, y la Unión Europea persigue estructuras que potencien la subsidiariedad, ¿porqué no podemos hablar de algo parecido a un “pensamiento de escalas”?.
Es cierto que la comunicación global (digital) es una buena noticia si de derrumbar oligopolios de concentración de poder (político y económico) se trata; nada puede dar más miedo a los poderosos que se sientan en el vértice de la pirámide que la ciudadanía se entienda entre sí mediante redes de conocimiento que escapan a su control.
Para el arquitecto, la secuencia que defiendo podría resumirse del siguiente modo:
1. Comienzo a escala global: me empapo de valores y conocimientos globales, transversales, atemporales.
2. Sigo a escala local: produzco, proyecto, construyo, con los pies muy pegados a mi entorno (el que tengo geográficamente próximo, o, en su defecto, el que conozco al dedillo); eso sí, con una oreja puesta más lejos (a través de las redes, lo discuto con mi círculo de afines).
3. Como el enólogo, debo ser capaz de proyectarme, al final y con mi resultado, a escala global: mi resultado tiene que ser universalmente comprensible.
(A no confundir, evidentemente, con folclorismos y/o apegos al terruño: nos ha de valer lo que tengamos cerca, sea natal, adoptivo, o circunstancial)
Por eso me resulta difícil comprender a aquellos big-stars de la arquitectura que, subidos en un jet, saltan y construyen en 4 continentes diferentes... Si, según El Modulor, el cuerpo humano es la medida de todas las cosas, ¿porqué no dejar para las máquinas las relaciones a unas distancias que el propio cuerpo es incapaz de asumir, porque le resultan antinaturales?.
(PS/ Y ahora, si viene un cliente chino a proponernos un jugoso contrato en la costa pacífica china, ¿qué haremos? Barbarín, Andrés Perea, entre otros, lo tuvieron claro)
(Sigue en Entre lo uno y lo diverso)
La calle perfecta 
Lunes 17 de Septiembre de 2007
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(Continuación a Et la France aussi)
L.B. Alberti explicaba que la calle perfecta debía ser curva, con algo de pendiente, flanqueada de edificios de dos o tres plantas, iguales pero diversos (diversidad en el detalle, armonía en el conjunto).
Hasta que no se ve... no se cree.
(Esta foto ha generado, algún tiempo más tarde, una interesante controversia en un blog amigo)
(sigue en La otra cara de la calle perfecta)
La calle perfecta, en algún lugar del Midi (AM, 08.07)
Los arquitectos y el dinero 
Jueves 13 de Septiembre de 2007
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Es muy acertado lo que comenta el arquitecto Gonzalo García en un artículo de título Sobre los arquitectos y sus honorarios, que distribuyen los Colegios profesionales de Madrid y Cataluña, y que aparece publicado en la edición electrónica de la revista Scalae (los subrayados y las negritas son míos):
“(…) Los arquitectos, como profesionales liberales, aspiramos a obtener de nuestro trabajo el dinero necesario para mantenernos.
(…) Eso implica esforzarse por ganar dinero, algo habitual entre otros profesionales. Sin embargo, nosotros pensamos que ganar dinero, y más aún, esforzarse en ello, no es compatible con nuestra misión, o por lo menos es sospechoso de incompatibilidad.
(…) Durante muchos años hemos vivido en un ambiente aristocrático: éramos pocos y la sociedad no discutía nuestra autoridad. Podíamos elegir el trabajo que hacíamos y el que descartábamos. Trabajábamos con honorarios protegidos y márgenes holgados, que nos permitían no ser muy cuidadosos con el dinero.
(…) Los arquitectos nos sentimos artistas, científicos y técnicos (…) Al enfrentarse a un problema, un científico profundiza lo más que sabe, sin atender a los recursos que consume (…) Un artista igual, puesto que busca acercarse a la belleza cuanto sea capaz. Pero un técnico tiene como misión resolver un problema consumiendo recursos y plazos predecibles. (…)
(…) Nadie nos ha informado de cómo se gana dinero: vivimos convencidos de que bastará con trabajar duro y bien para que llamen a nuestra puerta los clientes ansiosos por llenarnos la cartera de billetes. Y cuando comprobamos que eso no sucede, apelamos a la teoría de la conspiración: unos arquitectos sin escrúpulos están arrebatándonos el dinero.
(…) Una alternativa fecunda consiste en pensar qué hacemos mal y qué hacen mejor ésos que ganan tanto. Entre ellos habrá algunos que recurran a conductas poco éticas, que no nos sirven de modelo. Hay otros que, simplemente, ponen los medios. Ésos nos interesan.
(Querer ganar dinero) El primer paso consiste en admitir (…) que queremos ganar dinero a cambio de nuestro trabajo. Todo el mundo lo verá razonable, porque forma parte del sistema en que nos encontramos. Por supuesto, puede haber otros muchos objetivos en nuestro trabajo: adquirir prestigio, que publiquen nuestras obras en revistas, ayudar a los demás, vivir cómodamente (…)
(Saber ganar dinero) Ganar dinero consiste en cobrar más dinero del que se paga. Esta afirmación es un derivado de la famosa fórmula de Dupont de Nemours, que dice que el beneficio es la diferencia entre ingresos y gastos. Prefiero mi formulación, porque no es lo mismo ingresar que cobrar: lo primero es anotar una minuta en nuestro haber y lo segundo es culminar la operación, con el correspondiente ingreso en cuenta (…)
(Cobrar mucho) El arquitecto que trabaja en su propio estudio debe llevarse a casa dinero por dos conceptos: como empresario, propietario del estudio, en el que ha invertido dinero, horas y riesgos, debe llevarse el dividendo, que es la cantidad del beneficio después de impuestos que no es necesario reinvertir en el estudio para mantenerlo operativo (…) Quizá no seas consciente de haber invertido en tu estudio. Sin embargo tu estudio existe y funciona, y antes no. Todo el trabajo inicial, sin cobrar nada, los muebles y el ordenador que trajiste de casa, son la diferencia entre ser y no ser: son una inversión.
(…) Considera además tu riesgo como empresario: tener una nómina sobre tu espalda, que tienes que pagar tengas o no trabajo. Aquella inversión y este riesgo se retribuyen con dividendos. Te sugiero destinar a dividendos todo el beneficio después de impuestos que no sea indiscutiblemente necesario para mantener el estudio en marcha.
(…) Como empleado, que trabaja en el estudio, tienes que cobrar un sueldo mensual (…): si el principal recurso productivo del estudio sale gratis, las cuentas sobre tus costes estarán mal.
(…) Para que el estudio cobre mucho, hay que: a) Vender mucho; b) A un precio sostenible; c) Y cobrar siempre.
(Vender mucho) Vender mucho (…) depende de definir correctamente tu posicionamiento en el mercado: definir una o dos ventajas diferenciales de tu servicio, atractivas para tus clientes, localizar a esos clientes, y comunicarles tus ventajas. Y, después, lucha a muerte por dejarles muy satisfechos con tu trabajo. (…) Vender mucho requiere también disponer (…) de la capacidad de producción necesaria para ese volumen de ventas. Lo mejor es definir un objetivo de facturación, congruente con la capacidad, y luchar por conseguirlo año tras año.
(A un precio sostenible) Se trata de que vendas tus servicios a un precio tal que compense los costes de producción, el coste de las ventas, los impuestos, las inversiones que el estudio requiera, el beneficio que esperas y la capacidad cesante, es decir, los lapsos de tiempo en que te falta trabajo para tener a todo el mundo produciendo. Es un precio calculado y meditado, que no se improvisa ni se adapta a cada cliente. Y no se hacen descuentos, que carecen de justificación en el mundo de los servicios, aunque te vas a ver rodeado por colegas que hacen descuentos temerarios. No se te ocurra competir con ellos en precio (…); compite por tus ventajas diferenciales, que te harán aparecer como exclusivo ante tus clientes.
(…) El límite inferior del precio son los costes (de producción, de ventas y fiscales). Si es menor que ellos alguna vez, puede no tener consecuencias graves; si es habitualmente menor, perderás dinero al trabajar y, o lo aportas de tus ahorros, o terminarás rodeado de deudas.
(…) El límite superior lo fija el mercado, ya que es la cantidad de dinero que los clientes están dispuestos a pagarte a cambio de tus servicios. Les debe parecer equitativo o ventajoso a cambio de lo que reciben. Ese límite depende de varios parámetros: el número de competidores, el valor que aportas, el riesgo que asumes y la negociación política corporativa.
(Cobrar siempre) Cobrar siempre quiere decir que evitarás los encargos incobrables, sin sucumbir a su atractivo ni a falsos argumentos del tipo “es mejor tener trabajo aunque sea mal remunerado, que estar mano sobre mano”. Presta atención y obedece a esa vocecilla interior que te informa, nada más conocer a un nuevo cliente, de que te causará problemas. Es mejor no trabajar que trabajar y no cobrar. Ya se que es duro decir que no a un encargo cuando se tienen pocos; pero esto se resuelve aumentando el número de encargos, no intentando que se vuelva encargo lo que en realidad es una estafa.
(…) Para mejorar la eficiencia hay que: a) mejorar la productividad; b) reducir los procesos a los imprescindibles; c) evitar el perfeccionismo; d) planificar el trabajo.
(…) El perfeccionismo es la falta de límites en la búsqueda de soluciones para los problemas que plantea el trabajo. Marcar límites forma parte de tu trabajo en el estudio (“Al croquis de este encargo le vamos a dedicar 50 horas”) y hacerlos cumplir, también, empezando por ti mismo.
(…) La planificación ordena el trabajo en el tiempo, encadenando una tarea tras otra, eliminando las calvas, lo que facilita que cada uno haga lo que debe, sin dar opción a las tareas de relleno. Y exige informar al cliente cómo te comportarás con los reformados, explicándole el sobreprecio de cualquier modificación en fase de croquis (muy pequeño o nulo), en fase de estudios previos (perceptible), de proyecto de ejecución (disuasorio) y de dirección de obra (ni te lo imaginas).
(Conclusión) Ganar dinero no es espontáneo, pero no es imposible. Requiere dedicarle algo de tiempo a comprender cómo se consigue y a organizar las cosas para lograrlo. Requiere algunas renuncias y mucha disciplina. (…)”.
(© Gonzalo García. gonzalog@soft.es)
La continuidad del espacio público 
Viernes 7 de Septiembre de 2007
Publicado en:
Con motivo de la concesión de una Mención de los XXI Premios de Arquitectura y Urbanismo 2006 del Ayuntamiento de Madrid (lo cual nos halaga y nos causa desconcierto a partes iguales -por el tipo de interveción que se ha llevado el primer premio-), recuperamos algunos de los dibujos de aquél laborioso proceso.
La idea fuerza del proyecto fue en todo momento conseguir una continuidad amable para el peatón (y accesible) en un conjunto de espacios libres muy inconexos y con importantes desniveles entre ellos.
El documento esencial para conseguir esa continuidad (que hoy funciona con razonable éxito) fue la elaboración de estas tres secciones que mostraban a la vez las edificaciones colindantes, las de nueva planta, y las calles: todos los elementos que, con nuestra intervención, debían quedar "zurcidos".
Secciones de los Espacios Libres de Daoiz y Velarde (Fase Concurso, 2003)
El interior de cabina 
Jueves 30 de Agosto de 2007
Publicado en:
(del Lake Shore Limited a su paso por West Point)
Interio de cabina (Foto: AM, verano 06)
Sobre trenes y ríos 
Miercoles 29 de Agosto de 2007
Publicado en:
El comentario de un amigo blogger a un post anterior me ha hecho rescatar una vieja afición por aquellas líneas de tren que recorren el curso de un río.
De las que conozco (Karlsruhe-Colonia por el borde del Rhin; Oporto hacia el interior sobre el Duero, entre otras) ninguna supera la experiencia del viaje NY-Chicago por el curso ascendente hacia el Norte del río Hudson, al que sigue durante al menos 6 horas.
(Ficha del Lake Shore Limited)
El lake Shore Limited a su paso por West Point (Foto: AM, verano 06)
(Et la France aussi) 
Martes 28 de Agosto de 2007
Publicado en:
(Continuación a Vive le Midi Libre!)
Navegando por el Canal du Midi, Languedoc-Rousillon (AM, verano 07)