En casa había demasiados libros 
Jueves 20 de Diciembre de 2007
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(como contestación a una reseña de Frédéric Nantois sobre Habitar la Cubierta, aparecida en el nº 361 de l’Architecture d’Aujourd’hui, Noviembre.Diciembre de 2005 –descargar reseña en Pdf–).
Parte 1ª:
El título alternativo a este post podría haber sido también: “Monsieur, ça fait 22 ans que je suis sorti du Lycée Français”. Después de los 3 años (largos) de batalla que supuso la documentación, escritura y publicación de Habitar la Cubierta, leer esta reseña, pocos meses después de su salida a las librerías, supuso, al menos, un buen jarro de agua fría.
Releída hoy, más de dos años después, aquélla crítica me hace más bien esbozar una media sonrisa, pues viene a ser (más que otra cosa) una pesada broma, una especie de espectro de aquellos maestros del Liceo Francés de Madrid que representaban la peor parte del (en otras cosas excelente) sistema educativo público francés. Éstas son algunas de las perlas que el Sr. Nantois nos dedica (los subrayados, que destacan más bien lo repelente del tono, son míos):
“(...) Ésta advertencia preliminar (sobre la dificultad de catalogar en algún género el texto) no excusa para nada las torpezas (“maladresses”) del texto. (...) En verdad, la obra no parece poseer ningún tipo de progresión clara en su desarrollo, y en la manera en que se encadenan los argumentos. (...) La razón probable de esta debilidad es que su autor no ha parecido tener problema en no enfocarlo desde una problemática precisa, o en no adoptar ningún sesgo particular con que abordar su tema. (...) Faltan, no obstante, los cruces de problemáticas, superando la simple constatación, y susceptibles de poner en el tiempo aproximaciones de épocas diferentes, y de dejar entrever las filiaciones. (...)”
Ésta era la tónica general del extenso análisis (al menos, hay que reconocerlo, FN se había leído el –largo- libro entero), para acabar recriminando (¡cómo no!) la falta de una “verdadera conclusión”. Sus dos únicas concesiones no incisivas se referían a la “rica colección iconográfica” (vaya, la única parte, salvedad de la recopilación, de la que yo no era autor...).
Quiso el azar que la única reseña sesuda que recibió este libro (recibió otras, positivas, pero más light en cuanto a la profundidad de su análisis) proviniera... ¡en forma de reprimenda de fantasma de profesor de literatura del Liceo Francés (“Martinez!: Il vous manque un chapitre en guise de conclusion!”), salido de las tinieblas del tiempo. Ya sé que queda mal, pero yo... no puedo hacer otra cosa que romper una pequeña lanza a favor de mi maltrecho “Habitar...”:
Es cierto que, en muchas partes puede resultar farragoso, quizás aventurado, quizás confuso. No se le puede reprochar, no obstante, que... a) no sea sincero en la dificultad de clasificación de género (se menciona de hecho en la introducción); b) tampoco que no esté ordenado cronológicamente (el gran rompedero de cabeza fue crear divisiones temporales premeditadamente descompensadas, así se explica, y como tal aparecen en el índice); c) menos aún que no se entrelacen argumentos (no trata de hacer otra cosa); d) algo más, quizás, la falta total de una conclusión explícita (pues fue ésta la única observación que me devolvió mi -por lo demás satisfecha- editora, Mónica Gili, al recibir el manuscrito).
Entiendo que (por muy torpemente que se hiciera) dejar al lector entrelazar argumentos por caminos que quedan sugeridos, o elaborar su propia conclusión debieron ser... licencias demasiado atrevidas para un crítico francés de arquitectura... convertido en crítico literario. Y hasta aquí, amigos, el rencor (que, como hubiera dicho mi padre, es mal consejero).
Parte 2ª:
Probablemente haya sido también el azar el que ha reunido en mis manos, en los últimos días, varios textos interesantísimos que reivindican la pureza del acto lector (o quizás es el aniversario de algo, o el “día del libro bien entendido”, y yo no me he enterado).
Por un lado, Miriam G., una amiga bloguera, me remite sendos textos de Muñoz Molina y (el siempre imprescindible) José Antonio Marina (“Elogio de la lectura”) (¡Graciasss Miriam!); por otro, me topo, en la separata del NYT que viene el jueves dentro de El País (una muestra más, por cierto, de que sólo los suplementos independientes –éste, el Cyberpaís, Propiedades- han sobrevivido al alucinante hundimiento de este diario como referencia de calidad), con un estupendo artículo de Motoko Rich reivindicando “La Magia de la lectura”.
En él, M. Rich, tomando como excusa un comentario sobre la novela de Alan Bennet “The Uncommon Reader”, en la que “(...) uno imagina a la Reina de Inglaterra convirtiéndose de repente en una lectora voraz en los últimos años de su vida (...)”, desgrana con lucidez las razones y episodios clave que lo pueden transformar a uno en una persona emocionalmente “libro-dependiente”:
“(...) Tener unos padres que lean ayuda mucho, pero no es una garantía. Los profesores y bibliotecarios devotos también puede influir. Pero, pese a la proliferación de grupos y blogs literarios, leer es en última instancia un acto privado. (...) Hay pistas sobre qué puede transformar a alguien en un lector asiduo. “The Uncommon Reader” plantea que el libro adecuado en el momento adecuado puede desencadenar un hábito de por vida (...): si das con el libro que haga que esa persona se enamore de la lectura, querrá otro. (...) ¿Qué convierte a ese libro en el desencadenante de una lectura continuada? Para algunos, el descubrimiento de un personaje del libro que es como nosotros (...), para otros, es la adopción de la otredad. (...)”.
Sigue Rich su muy pertinente análisis apuntando que estas dos cuestiones (sentirse reflejado o, al contrario, sentirse otro) son experiencias que, en la era digital, ya nos suministran con éxito otras herramientas mucho más inmediatas (los blogs confesionales, MySpace, o los programas de televisión); cierra su ensayo con una cuestión no resuelta y un interrogante (Lo siento, Monsieur Nantois), donde viene a decir que él no es capaz de explicar las razones de la supervivencia del libro, pero que si “(...) ha sobrevivido a peores sentencias de muerte, es probable que lo siga haciendo. (...)”.
Yo personalmente, no lo dudo (que sobreviva): quizás contaminado por mi natural tendencia a buscarle el lado positivo a las transformaciones a que induce la era digital, me parece que más bien saldrá reforzado. Perderá carga simbólica, se desmitificará, para convertirse en lo que nunca debió dejar de ser, una herramienta de mejora personal de uso estrictamente privado y voluntario (aquí, J.A. Marina, verás que no estoy de acuerdo contigo).
Recuerdo bien una entrevista póstuma con el historiador Javier Tusell que publicó El País a los pocos días de su muerte. Tusell había estado luchando durante años contra una penosa enfermedad, que fue la que finalmente se lo llevó. Aparte de reconocerme en su vertiente de “sano híbrido madrileño-barcelonés”, me emocionó leer cómo explicaba cómo, entre las pocas cosas buenas que le había aportado la enfermedad, estaba la recuperación de un hábito lector desprejuiciado, libre de ataduras y obligaciones, de academicismos, y transversal entre géneros, idiomas y épocas...
Toda una lección. Yo nací y crecí en una casa donde había muchos, y muy buenos, libros; tantos, que intimidaban; ésto, unido a las sobredosis de Baudelaire, Mallarmé y similares, inyectadas por los Monsieurs/Madames del Liceo (introducir a estos autores 20 años antes del momento vital en que se pueden comprender, ¡qué error!), no fueron cosas que ayudaran, precisamente, a crear un hábito lector fluido.
Por suerte, con los años he ido adquiriendo sin quererlo una manera de leer bastante libertaria, y en la que, aparte de lo que menciona Tusell, también aplico a rajatabla que... a) se pueden y se deben abandonar libros a medias, o recién comenzados (si no logran enganchar, ¿no tendrá quizás algo de responsabilidad el autor?) y b) se pueden y deben despojar las estanterías de nuestra biblioteca personal de todo aquello que sobra, que es mucho: si uno se quiere librar de la mala conciencia (¡ah la culpa, siempre presente!), recomiendo despojarse de ellos en el contenedor de reciclaje de papel. No sé si todo esto es correcto, o tan siquiera lógico; sólo sé que, a mí, me hace bastante feliz.
(Sigue en ¡Qué pena de escuela!)

Un buen misterio: ¿porqué leemos libros? (NYT, dic 07)


