¿Qué le pasa a Barcelona?    Imprimir

Sabado 24 de Mayo de 2008
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Tengo mala suerte con las ciudades: un extraño magnetismo me hace acercarme a las ciudades con mala suerte, en decadencia, o a aquéllas que han perdido la estrella que tuvieron -y que nunca llegué a conocer-; quizás (no lo querría así) sea al revés, y esas ciudades inician su declive cuando aparezco en ellas.

Así viví varios años en el Londres de mediados de los años 90: las ratas campaban a sus anchas por los andenes de mi estación de metro de Belsize Park y John Major agotaba el tiempo del post-thatcherismo antes de que llegara Blair; Ahora (cuentan, yo no volví) parece que ha cambiado, y que el viejo Londres gris y mugriento es como un puerto mediterráneo con la gente charlando en las terrazas de los cafés. Antes y después, sufrí el Madrid neo-castizo del alcalde Álvarez de Manzano (¿se acuerdan?): fueron unos larguísimos y grises años llenos de violeteras, chirimbolos, perfil mediocre y ánimo colectivo bajo mínimos. Nada que ver, desde luego, con la ciudad hiperactiva, hormonada y metrópoli mundial en que se ha convertido ahora.

¿Y Barcelona? Lo que le pasa a Barcelona (que no es fácil de entender, como casi nada aquí) viene magníficamente explicado en un artículo que el economista Antón Costas publicaba hace unas semanas en El País (puedes leerlo en fomato digital, o también descargarlo en pdf). Suscribo cada una de sus razones, y sólo le critico que acabe siendo demasiado benévolo con la política municipal y su búsqueda imposible de una ciudad-marca (como si las ciudades pudieran reducirse a eso); pero... cómo explicarlo, este sitio es seductor hasta en su decadencia, hasta en el colapso, en la incertidubre (y eso bien lo sabe Woody Allen)...

Y también (muy probablemente) tiene esta capacidad de avanzar para todo el país las tendencias de lo que vendrá en breve para todos los demás. Ante mis dos experiencias anteriores, esta decadencia de mi tercera ciudad la vivo personalmente con resignación, es verdad, pero también con buenas dosis de humor e incluso de placer, pues toda decadencia de un lugar vitalista lleva implícito un futuro prometedor al que despertarse.

(Sigue en Porqué nos sigue gustando La Rambla)


Pero... ¿qué le pasa a Barcelona? Las razones de Antón Costas en El País del 13 de Abril 08
 

Sotabanco    Imprimir

Domingo 18 de Mayo de 2008
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(Continuación a El techo de cañizo, 1 (Capri))

sotabanco.
(De sota, debajo de, y banco, por hilada).
1. m. Piso habitable colocado por encima de la cornisa general de la casa.
2. m. Arq. Hilada que se coloca encima de la cornisa para levantar los arranques de un arco o bóveda y dejar visible toda la vuelta del intradós.
(Diccionario RAE)

El Ensanche de Madrid hubiera sido otro si la solución que proyectó Secundino Zuazo para la manzana situada en la esquina de las Calles Gaztambide y Rodríguez San Pedro se hubiera generalizado. Refugio de lo más nutrido de la intelectualidad republicana durante la guerra, esta obra cumbre del racionalismo español guarda hacia su patio gratas evocaciones de arquitectura popular; entre otras cosas un hermoso sotabanco que aún hoy pervive y que sirve como prolongación del ámbito doméstico en la azotea, además de constituir un excelente regulador térmico para todo el edificio.

(Foto de autor desconocido, escaneada de Secundino Zuazo, libro de Lilia Maure -ver ficha-).


Sotabanco de la Casa de las Flores de Secundino Zuazo, Calle Gaztambide (Madrid)
 

Las fidelidades tangentes    Imprimir

Viernes 9 de Mayo de 2008
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Manuel, no pudiendo descifrarlo ni describirlo, lo llama con gracia la blogocosa.

Según Enrique, es “(...) como esas vecinas que se sentaban en las puertas de las casas de los pueblos buscando ‘la fresca’. Si uno lo piensa, hay algo de mágico en todo esto (...), algo muy antiguo, como esa hoguera ancestral donde se contaban historias.” (leerlo completo).

Para Elena se justifica, entre otras razones, “(...) porque nos gusta ir conociéndonos unos a otros sin conocernos realmente”.

“(...) Hay personas que se han incorporado a mi vida como esos gatos callejeros a los que invitas a un plato de leche tibia y con dos lametazos en la cara, te conquistan los entresijos y los consideras amigos de toda la vida, pero sin más contacto que la falta de adhesivo”, explica El Instigador en la despedida que hizo el último día del año 07.

Éstas son solo algunas de las (muchas otras posibles) explicaciones que con cierta periodicidad van apareciendo en la blogosfera para intentar explicar, o al menos entender, el porqué de este artefacto (el blog) que nos tiene a tantos cautivados, y en el que todos (y no hay excepción) empezamos por casualidad, azar, o accidente.

Pero... ¿qué gran hueco, qué carencia, ha venido a rellenar este medio y actividad tan prosaicos y convertirse en la horma de nuestros zapatos? Y... ¿qué es lo que ofrece este formato que sea tan singular para poder absorber sin grandes problemas algo tan diverso y versátil como la sensibilidad y peculiaridad de cada uno de nosotros? No soy amigo de decálogos, maximalismos o listados, pero aquí va, desordenado, un puñado de buenas razones que pueden explicar este inesperado idilio:

. a) Porque su organización interna es lo más parecido a un calendario mental que explique la relación entre vida/tiempo. Este término lo descubrí en un acertadísimo post de Eduardo Moratinos, sobre el que algún día deberé volver (y tratar de paso de dibujar el mío). Este hallazgo (tan sencillo, tan eficaz) de estructurar las entradas y comentarios por fechas decrecientes y a la vez cruzado por una matriz transversal de temas es, sencillamente, el estándar más útil que se ha inventado en mucho tiempo. Igual que el reloj de arena de las saunas escandinavas o los estratos sedimentarios de los deltas de los ríos, es una formato que te pone delante de las narices que la vida pasa (irremediablemente) pero que lo hace sin causar angustia: los pecios, los fragmentos con que la consumimos, quedan ahí, a la vista de nosotros y de los demás, irrecuperables, pero disponibles.

. b) Por el provecho que hace de la no-simultaneidad: las vidas de la gente ocurren a la vez, pero no todo (ni mucho menos) en el mismo momento. Esta puesta en duda (e incluso negación) de los valores de lo simultáneo son el embrión, pienso yo, de la nueva cultura de trabajo que emana de la era digital, una cosa que la gente de 37Signals (que no me cansaré de recomendar) saben bien.

. c) Porque (¡gran descubrimiento!) no todo el darwinismo es malo (Porqué las afinidades se juntan solas), y no toda la tecnología deshumanizada (Vuelve la artesanía).

. d) Porque diluye (por mucho que la gente lo tema o lo evite) de forma irremediable las fronteras entre lo profesional y lo personal, entre lo privado y lo público. Esta realidad aparece muy bien explicada en un reciente artículo llamado La identidad digital profesional, que viene a decir que quien quiera encontrarte lo acabará haciendo, para lo bueno y para lo malo, y en ese momento de poco servirá desdoblarse, los seudónimos o el camuflaje; ¿porqué no ponerlo todo entonces, con sus riesgos pero también sus posibilidades, bajo un único paraguas?

. e) Porque es una universalización accesible y didáctica de lo que toda la vida ha sido el método único de escribir: fragmentado pero unitario, claro y enredado al tiempo, particular aunque universal, constante pero difuso; lo sabía bien Borges (¡Ah, J.L. Borges!), y lo recupera (valga la asociación) Agustín F. Mallo al explicar que “(...) el mundo se rige por el azar de un parchís, no por las mecánicas leyes del ajedrez” (a lo que yo puntualizaría que más bien por una curiosa mezcla de ambas).

. f) Porque ni el más avispado técnico de marketing se pudo imaginar nunca una herramienta de fidelización tan potente como la que constituye el artesanal Feed o RSS. En vez de relaciones jerárquicas de intimidación tan propias de la publicidad de antes, lo que se acaba creando es más parecido a un ecosistema de fidelidades tangentes, que se cruzan, que se hacen y deshacen fácilmente, pero que cuando se mantienen lo hacen (como decía una geógrafa) como las hojas de los robles, con costura de doble hilo.

Podía seguir y no parar. Creo que es un poco de todo: la calle del pueblo de la Mancha con mujeres y bolillos de alguna peli de Almodovar; o ese “(...) perro –que es la vida- que primero te lame los tobillos y luego te acaba mordiendo la pierna” que ponía David Trueba en boca de alguno de sus personajes; o ese acabarse abochornando porque uno se ha llegado a preocupar casi más por un amigo blogger (al que ni tan siquiera conoce, y que un día ha faltado a la entrada que cuelga a una hora muy puntual de la mañana)... que por los niños cuando alguna vez tardan en llegar a casa desde el parque un poco más de lo habitual.


Netvibes (re-mix the web): en el centro de nuestro pequeño ecosistema (montaje: Am)