Devolver la naturaleza a la ciudad    Imprimir

Martes 17 de Noviembre de 2009
Publicado en: En proceso

(Continuación a Parques agrarios metropolitanos)

¿Qué demonios pintamos los arquitectos ocupándonos ahora de la naturaleza y las especies vegetales? Nosotros, que nos quejamos tanto del intrusismo de otras disciplinas en lo que considerábamos nuestro coto privado, ¿no estaremos metiendo las narices y las manos en territorio ajeno, donde se desenvolverían infinitamente mejor biólogos, geógrafos, paisajistas o arboricultores?

El título de esta entrada es resultado de una acertada traducción por parte de Manu Fernández (alias Mr. SuperGlue, dada su capacidad de lanzar retos ideológicos a la blogosfera y después re-ensamblar sus resultados dispersos) de la frase en inglés (Bringing Nature Back to Town) que inspiró al congreso del IGRA al que tuve la suerte de asistir en Stuttgart en Mayo de este año, y su publicación homónima.

Sí: debemos devolver la naturaleza a la ciudad. Haya estado contenida alguna vez en su interior de forma seria o no (la naturaleza dentro de la estructura urbana, pero esa sería otra discusión), parece claro que la actual insatisfacción que tenemos con el ambiente de nuestras ciudades (y la razón que nos hace huir de ellas de forma sistemática cada vez que podemos enlazar un par de días libres seguidos) tiene mucho que ver con un déficit crónico y aún no satisfecho de espacios verdes en su interior.

En la época de la movilidad permanente, el espacio verde urbano ya no puede seguir constituyendo un elemento aislado y estanco a la escala del barrio: debe enlazarse, mediante una malla verde, con el sistema de espacios verdes a escala territorial (por la parte alta de la escala) y con la suma de las micro-intervenciones en los rincones urbanos (en la parte baja); conectividad parece ser la palabra clave, en una era en que la ciudad y el territorio que la circunda ya no se pueden seguir dándose la espalda y perjudicándose la una al otro.

Y sí: los arquitectos sí tenemos algo que decir en esta dinámica de re-naturación de la ciudad y reurbanización sensata del territorio; primero, porque cualquier intervención con vegetación sobre los edificios supone un problema delicado de orden constructivo en el que serán útiles nuestros conocimientos; segundo, porque como urbanistas somos los profesionales que mejor se pueden enfrentar al dilema disciplinar que supone darle la vuelta a la situación marginal del proyecto de espacio público (era el intersticio resultante después de acciones inconexas de planeamiento) para así revalorizar su nuevo protagonismo como elemento vertebrador del proyecto urbano, a todas las escalas, en el Siglo XXI.

Tercero y último: porque cualquier colaboración en entornos multidisciplinares con esas profesiones, tan específicas, relacionadas con las ciencias de la naturaleza, servirá para alejarnos de los cantos de sirena del ostracismo (ver Arquitectos, el ocaso de una profesión) y para realzar el perfil transversal, integrador y holístico, que, hoy día, supone nuestro verdadero carácter diferencial.


También te puede interesar:

. Hay una falta de cultura del terriotorio (Entrevista a Arancha Muñoz en El País, Valencia).
. Granjas urbanas (post de Federico García Barba).
. Devolver la naturaleza a la ciudad y La piel vegetal de las ciudades (posts de Manu Fernández).
. Tipolgía Vs. Tecnología y El paisaje: una superposición de tramas (Líneas de investigación).
. La huerta y el paisaje valencianos (post de José Fariña).


Huertos para uso vecinal, en el interior de un patio de manzana en Berna, Suiza (foto © JMSarandeses)
 

¡Qué pena de escuela!    Imprimir

Martes 3 de Noviembre de 2009
Publicado en: Una nueva pedagogía

. Artes plásticas: Dibuja en cualquier lugar, salvo en clase
. Música: Parloteo incesante
. Educación física: Demasiadas ausencias
. Francés: Alumno alegre, pero triste alumno
. Historia y geografía: Puede hacerlo aún mejor
. Matemáticas: Falta de bases
. LV1, Inglés: Habla mucho, pero ni una palabra de inglés
. SVT: No debe desmoralizarse
. Tecnología: No ha hecho nada, no ha entregado nada
. Decisión: El tercer trimestre será determinante

(Boletín de evaluación trimestral, en algún curso de la infancia de Daniel Pennac -en francés en la imagen que cierra el post-)


1. Chagrin dŽécole

De Daniel Pennac (DP) y su Chagrin dŽécole ya hablé, hace no mucho, en un post anterior de este sitio (ver Hacia una nueva pedagogía); comentado entonces a través de las reseñas de un clarividente tercero, toca ahora traerlo de nuevo tras la lectura completa del texto original.

Publicado en español bajo el desconcertante título de Mal de escuela (Mondadori) , Chagrin dŽécole constituye un verdadero manual de pedagogía: uno revolucionario y transgresor, eso sí, y ahí reside su gracia. Aunque despista por su tono divertido y novelesco, DP no deja títere con cabeza sobre el pretendido prestigio de la école de la république, la escuela pública y laica francesa. Pero no se engañen: como bien indicaba Mariano F. Enguita en ese artículo de La Revista de Libros que reproduje entonces, las conclusiones son del todo extrapolables y generalizables a cualquier estructura docente contemporánea, sin importar su país o fase educativa.


2. ¿De verdad no los vas a llevar ahí?

Si ustedes tienen hijos en su tierna infancia, sabrán de sobra que muchas de las conversaciones entre padres (aparte de las estacionales, que versan sobre fiebres y antitérmicos -en la época fría- o sobre qué hacer con los niños en sus larguísimos períodos de vacaciones -en la cálida-) acaban protagonizadas por las dudas crónicas en torno a la educación escolar que se les está dando o se les dará: tal parece ser el abanico de posibilidades, que muchos se consumen en la duda de si a los retoños les conviene dos, tres o cuatro idiomas, o si deben desarrollarse en un ambiente más bien autoritario versus otro absolutamente lúdico, etc.

Me refiero, claro está, a la escuela concertada, porque si ustedes se quiere ahorrar quebraderos de cabeza (y bastante dinero) quizás la decisión más sabia sea encaminar sus pasos hacia el centro público que por sorteo y proximidad a su domicilio le sea otorgado. Aunque también existen casos ciertamente enrevesados, como la escuela en que estudié y en la cual convivían en el mismo aula beneficiarios públicos de la École de la République y familias locales, honestamente ansiosas de un nivel que no encontraban en otro sitio, aunque atrapadas por ello en un círculo restringido y algo elitista. Con esos ambientes ultra-exigentes, que por otro lado recuerdo con especial cariño, ya rendí cuentas en En casa había demasiados libros, así que no me extenderé de nuevo sobre ellos, porque además Pennac lo hará por mí a continuación; mientras, mis amigos me siguen preguntando el porqué de la elección de una modesta escuela concertada de barrio (la de debajo de casa, literalmente) para la escolarización de las dos criaturas que nos amenizan la existencia.


3. Exigir, ¿qué y para qué?

Antiguo maleante y detritus escolar, Pennac se convirtió (paradojas de la vida) no sólo en un brillante y exitoso escritor de renombre internacional, sino también en un talentoso profesor de enseñanza primaria: tan talentoso que en él acababan los individuos y grupos más difíciles, aquéllos que parecían inmunes e impermeables a cualquier entrada de la civilización y la cultura en su cuerpo, algunos de ellos, desde luego, verdaderos peligros sociales.

Su planteamiento es sencillo: la escuela de la República, sí, tiene calidad, pero ¿a qué coste? ¿A cambio de generar una bolsa de rechazados y marginados escolares, que van sobreviviendo como pueden en las trampas y los intersticios del sistema? ¿Un grupo de alumnos que, ya escépticos a edad demasiado temprana, ven cómo sí funciona a su lado el ascensor social para los que sí cuadran con el estereotipo del triunfador laico y republicano? Si éste es el coste, no gracias.

Su principal crítica: trufar la educación de juicios de valor (¿en virtud de qué estándares, qué parámetros?), que muchas veces minusvaloran (y lo que es más grave, taponan) las verdaderas vías de progresión personal de cada individuo. Ver sino lo lejos que llega y espabilada que está la protagonista de la novela de moda este verano, verdadera escoria social por la que nadie hubiera dado un duro, salvo el bueno de Stieg Larsson, que la rescata del fango para alegría de sus lectores.


4. Compartimentos estancos

Aún más grave que ese dirigirsmo educativo y determinismo social que denuncia DP hacia un tipo preestablecido de triunfadores (los conocidos en francés como grands cadres, o gente que sale de las Grandes Écoles), resulta la revelación de que la sociedad de consumo parece por fin haber logrado su acomodo en el interior de la escuela, y lo ha hecho a través del lenguaje adolescente subyacente a la proliferación de marcas.

Frente a ello, Pennac propone que el docente se plantee el grupo y el curso como compartimentos estancos, en el espacio y en el tiempo: yo, mis alumnos (que son 20ytantos y entre los que, por infalible estadística, hay de todo) y mi curso, que empieza en Septiembre y acaba en Junio. ¿Antes? Sobre lo que pasó antes de este grupo y este momento no hay nada que añorar, menos aún que reprochar -¡qué mezquino y cómodo es ese falta de bases!-; sobre lo de después, nada más que probabilidades y potenciales, que (estos sí) dependen del alumno y no del profesor.


5. El compromiso pedagógico

Pero ¡cuidado!, no debe parecer que DP denoste la cultura del esfuerzo, al contrario: como todos, la añora, la reivindica, y vincula su pérdida precisamente a esa irrupción del mercado de consumo en el espacio sagrado de las aulas; si la libertad, nos enseña la sociedad, se alcanza por el mero (y simple, y barato) acto de consumir, ¿cómo vamos a enseñarles a nuestros alumnos lo contrario y evidente, que es que la libertad sólo se alcanza por el crecimiento y mejora personal conseguidos con gran esfuerzo?

Es interesantísimo también su acercamiento epistemiológico y de vivisector a la pedagogía, metiendo el bisturí y triturando gramaticalmente (es profesor de francés) esos "y, ça" : "esto, eso", pronombres apersonales que al principio de curso trufan las respuestas de sus alumnos, a los que obliga a sustituir por las cosas con su nombre y apellido; camuflar como un mero ejercicio de análisis gramatical lo que en realidad acaba siendo un auto-aprendizaje sobre las trabas vitales que la sociedad y ellos se están poniendo... ¡esto sí que tiene mérito!

Queda apuntar un aspecto importante y revelador: un buen pedagogo, ¿debe haber sido necesariamente un mal alumno? DP deja claro que el vínculo entre una y otra cosa en su propio caso es evidente, como si sólo a través de la proyección positiva y optimista a terceras personas en dificultades se pudiera resarcir respecto al sistema que como joven le denostó. Bueno, eso y el haber tenido (este detalle, listo de él, no lo explica más que de pasada) el respaldo incondicional de un padre (no así el de una madre) que le ofreció en toda su zozobra infantil una cercanía y apoyo casi clandestinos, con tal de hacerle entrever que... quizás... no era tan inútil para la vida: como al final quedó demostrado al Torpe Pennac, porque Los más listos no triunfan siempre.

(Sigue en Para los alumnos)


Boletín de notas del joven Pennac (contraportada del libro)