Mapa estival de lecturas    Imprimir

Martes 31 de Agosto de 2010
Publicado en: También de letras

(Continuación a Eolo)

Amigos: al parecer, los expertos consideran que debemos tener cada vez más cuidado con el manejo de nuestras identidades digitales durante los períodos de vacaciones; según Pleaserobme, dejar noticia de cuándo se cierra, a dónde se va, o lo que es peor, dónde se está en cada momento (gracias a esa herramienta de incomprensible popularidad llamada Foursquare) es una invitación directa a que a uno le desvalijen la oficina o la casa. Sirva esto para justificar la ausencia del habitual post que comunica el "cierre por vacaciones" de este Estudio, y que este año ha sido sustituido por las imágenes de la menorquina Eolo, aún en venta. Ya estamos de vuelta, y esto... no creo que entrañe riesgo comunicarlo.

Para celebrarlo, hablemos un poquito de libros. Ya expliqué en el post En casa había demasiados libros... que considero que una buena dinámica lectora, la que de verdad hace disfrutar y nos pone a las puertas de la felicidad, es aquélla que establece extrañas conexiones entre un libro y los siguientes, que tira de una soga de incierto trazado para trasladarnos de una a otra lectura, y así hasta el infinito. El hilo del que pende mi mapa actual de lecturas, el que ha formado una tupida madeja con baricentro en este largo verano, y que comienza (cómo no) en la ya lejana obsesión por Bolaño, podría tener esta configuración:

Bolaño condujo enseguida a Echevarría, del que éste es prologuista, albacea, y personaje oculto de Los detectives salvajes. Por Echevarría sentía curiosidad Elena, lo cual ya era en sí toda una garantía, y me llevó primero a Fresán, al que también había escrito un prólogo impecable, en un libro que, por cierto, también recomendaba Enrique (otra buena garantía); compré su obra de recopilación Trayecto, que me dirigió enseguida a Goytisolo, pero al bueno de los tres hermanos, y desconocido hasta la fecha para mí, Luis: no os perdáis esa obra suya estupenda que se llama Diario de 360º, extraño híbrido de fábula, ensayo y libro de memorias, alguno de cuyos comentarios ha acabado conduciéndome a Melville, y el imponente volumen de Moby Dick que hacía años dormía en mi estantería: ¡qué placer recuperar el gusto de leer una edición ilustrada!; Entre Goytisolo y Melville se han colado Enric González (cuánta melancolía camuflada de ironía en Historias de Nueva York) y Ferrater con Les dones i els dies (que se disculpa por tratar temas de lo más diverso en verso: "Pero l’autor no ha arribat encara a escriure una prosa que no tingui forma d’esponja"), cuyas conexiones dentro del mapa no logro establecer, aunque seguro que existen.

Pero si debo quedarme con solo una de estas lecturas, será con la de Melville, por eso de que tras tantas novelas de líneas argumentales divergentes, tramas desestructuradas y ejercicios de estilo, el verano agradece una que sea ortodoxa, de las de toda la vida, donde todo converge y en la que, camuflada tras la cetología o ciencia de caza de ballenas, el argumento acaba siendo el mismo de siempre:

“(...) el gracioso reposo de la línea, silenciosamente ondulante entre los remeros antes de lanzarse a la acción, contiene un terror más verdadero que cualquier otra vicisitud de esa peligrosa actividad. ¿Pero a qué decir más? Todos los hombres viven envueltos en líneas de arpones. Todos han nacido con dogales en torno al cuello; pero sólo cuando los atrapa el rápido, fulmíneo giro de la muerte advierten los silenciosos, sutiles, ubicuos peligros de la vida. Y si eres filósofo, lector, sentado en el bote ballenero no sentirías en tu corazón ni una pizca más de terror que frente al hogar, en el atardecer, con un atizador a tu lado en vez de un arpón”.

(Pág. 396 de la edición española de Debate, 2001; la imagen del destacado de la página Inicio es un detalle de una ilustración de Rockwell Kent correspondiente al capítulo La cofa, Pág. 229 )

(Sigue en Disfrutemos)


Vista de 360º en Albentosa (Teruel), por la vía verde Ojos Negros II (AM, Verano 2010)