Estudio (IV)    Imprimir

Jueves 31 de Julio de 2014
Publicado en: Actualidad

Antes: Estudio (III), Estudio (II), Estudio (I)


Estudio (IV). Agosto de 2014
 

Kilos de papel    Imprimir

Jueves 22 de Mayo de 2014
Publicado en: Una nueva pedagogía

(Continuación a Por el mercado de Tánger)

Hace ya un tiempo que decidí ir colgando en un apartado de nuestro campus digital los croquis que dibujaba en clase. Son, por lo general, unos dibujos bastante torpes, hechos de cualquier manera durante las sesiones de taller, sobre unas cuartillas A4 de papel cebolla: un papel, eso sí, de una textura estupenda para dibujar a mano, con el grado de transparencia justo para ver bien a la vez lo que se calca y se dibuja, y de un formato totalmente estándar que permite transportarlo cómodamente en la mochila, para luego digitalizarlo en el escáner del estudio. Un material ya imposible de encontrar, desde que la Sra. Elvira de Montreal agotó las últimas existencias, que aún tenía etiquetadas en pesetas. Aunque hice —en su momento— acopio, no sé qué será de mí cuando gaste estas reservas.

Cada año me llevo de vuelta tras las clases del PTEe más cantidad de ese papel emborronado, de colores dorado y azul. Tanto (a veces son casi kilos) que ya me empieza casi a dar vergüenza. Son dibujos que no tendrían ningún interés si no fuera porque resumen, de forma gráfica, la conversación en grupo que ha tenido lugar durante la sesión de taller; ésa es, exclusivamente, la razón por la cual comparto algunos de ellos antes de tirarlos todos. Con el tiempo, bastantes alumnos se han ido animando a subir también ellos los suyos: muchos dan lugar a interesantes discusiones en línea, que son prolongación natural de las de clase; a veces, al descubrimiento por su parte de nuevas referencias, que también comparten ahí con sus compañeros; y, lo que es más importante, a preparar contenido para la siguiente clase. Así, lo que empezó como un experimento informal (el campus digital como soporte del día a día del taller) ha ido dando lugar a una rueda bien engrasada, que une docencia presencial y en línea, y sin la cual no podríamos entender, ahora, nuestra pedagogía sobre el proyecto arquitectónico.

En un mundo ideal, lo suyo sería quizás desplegar una hoja de papel cebolla del tamaño del testero de la mesa alrededor de la cual formamos un corro para la discusión; que todo el mundo dibujara en ese pliego enorme lo suyo, y que se pudiera finalmente escanear y subir al calendario del Basecamp (software con el que manejamos el curso) en la fecha que corresponda. Puestos a pedir, por qué no, una enorme tableta digital, ¡seguro que todo llegará! Mientras, un buen sustituto es esa categoría de Procesos, más interesante si cabe que la que reúne los PDF's formales de las cuatro entregas que componen, durante el cuatrimestre, la evaluación continuada. Un material (el de las entregas de los demás) que acaban estudiándose con cuidado para poder hacer sus ejercicios de crítica cruzada.

Todo esto podría resultar irrelevante de no ser porque acaba desembocando en la pregunta de si se puede —o no— proyectar en grupo. No digo que debamos poner en duda si el proyecto es un proceso propio de cada alumno (que estoy convencido que sí: y, con ello, el aprendizaje una evolución profundamente personal), sino que me pregunto cuánto aportan al resultado final las discusiones corales, cuánto los ejercicios de evaluación entre alumnos, cuánto las dudas que ellos provocan en sus compañeros (muchas veces de manera implacable, más duros que nosotros)... todas ellas están, en cualquier caso, en el germen de los desbloqueos, las soluciones posteriores, o los nuevos caminos por los que tirar. ¿Y el profesor? Como ya expliqué en Mis alumnos, cuando esta rueda de fuego cruzado comienza a funcionar (no siempre es así; no siempre es fácil conseguirlo) no puede hacer otra cosa que echarse atrás sobre el respaldo de su silla, y callar mientras dibuja, para entenderlo, lo que otros están sugiriendo. Pensando, eso sí, si en su empeño por potenciar la dinámica de grupo no se habrá dejado atrás otros experimentos pedagógicos, que en su día también le importaron mucho.


Categoría Procesos del curso sobre El Singuerlín (con aportaciones de MC, RF, ES, MS, y EY)
 

Más allá de la frontera Este    Imprimir

Domingo 27 de Abril de 2014
Publicado en: También de letras

(Continuación a Al retirar los andamios)

Cuando la protagonista (sin nombre) del pequeño relato Sueño, de Murakami, descubre que puede vivir mejor sin dormir (en un permanente estado de vigilia que cada día le hace sentir más fresca), intenta esquivar toda interferencia con un mundo (el del día) que ya no es el suyo, releyendo una y otra vez Anna Karénina, y descubriendo cómo en el interior de la novela (así lo explica ella) igual que en una caja labrada, dentro de un mundo existe otro mundo más pequeño, y dentro otro… hasta que la suma de todos esos mundos constituye un universo compuesto. Cuando la ha releído ya tres veces, decide pasar de Tolstói a Dostoiévsky.

Este poder hipnótico de mantenerte en un mundo paralelo que tienen los grandes rusos llega a un punto en que, explica Eduardo Mendoza, durante el tiempo que dura la lectura tienes la sensación inequívoca de que el mundo real es el que te presenta el libro, mientras que el otro, el que te rodea, es algo vago e impreciso, como una ficción. Una sensación de evasión extrema que, añade, en algunos momentos es de una crudeza y precisión tan dolorosa, tan potente, que te obliga a parar por un rato la lectura (en su caso, de Guerra y Paz, en cuyo prólogo explica estas sensaciones).

Ya sé que no está de moda (ahora que nuestra frontera Este está en llamas, y ellos son otra vez los malos) pero yo no puedo hacer otra cosa que declararme rusófilo sin remedio. Y si se trata de su literatura, más aún. En el caso de Dostoiévsky, nos cuenta Luis Goytisolo, existen ciertos pasajes cercanos a la mística que tiene que ver con el llamado ‘momento aúreo’, ése de una cierta enajenación que precede al ataque de epilepsia: “(…) Hay segundos” [explica un personaje de Los Demonios a otro] "(sólo cinco o seis cada vez) en que de pronto siente uno la presencia de la armonía eterna plenamente lograda. No es nada de este mundo. No quiero decir que sea divino, sino que el hombre, en cuanto ser terrenal, no lo puede sobrellevar. Tiene que cambiar físicamente, o morir." Dostoievsky era él mismo epiléptico, y se diría que a un origen similar a ese momento responden las acciones que toman bastantes de sus héroes.

Cuando estéis en dificultades, o simplemente, cuando os queráis evadir: leed a los rusos. O, mejor aún, id a verlos. “Bebemos porque no nos gusta la vida que tenemos, y así nos inventamos una, llena de ilusiones”, explica Vania en un momento de la obra de Chejóv, cuando ya los acontecimientos se comienzan a desmadrar en la dacha familiar que administra. No sé si además, y como él, debemos comenzar a beber (que probablemente, pero no porque no nos guste la vida que llevamos, ¡que nos encanta!) pero sí debemos correr a ver a la increíble compañía Les Antonietes, para comprobar si en su próximo montaje van a ser capaces de reproducir la intensidad del anterior; y, ver si, de nuevo, Mireia Illamola podrá otra vez representar un papel al que prácticamente no le hubiera hecho falta hablar: todo, o casi todo, lo podía explicar sobre Yelena tocándose la cabellera pelirroja (un séptimo e inédito personaje del montaje), dejando que otros le hicieran y deshicieran la trenza, o arrastrándose por las tablas viejas del Teatre Lliure al lamento de “¡Me aburro… me estoy aburriendo!”


¿Puede una viña convertirse en una hidra que se mete por las ventanas? Sí: ¡en Rusia!
 

Sakura    Imprimir

Martes 18 de Marzo de 2014
Publicado en: La vida que pasa

(Continuación a En compañía)


Flores de cerezo (sakura) recién brotadas en Collserola, Barcelona (Marzo de 2014)
 

Bajo el barco de Lewerentz    Imprimir

Viernes 28 de Febrero de 2014
Publicado en: Sobre el oficio

(Continuación a 3 acosos, 2 derribos)

Los últimos años de su vida, ya apartado del ejercicio de la profesión, el gran Sigurd Lewerentz los dedicó básicamente a dos cosas: la primera —y más importante— a cuidar a su mujer Etty, víctima de una enfermedad que la mantuvo inmóvil durante mucho tiempo, y hasta la muerte; la segunda —no menor— a clasificar, para el museo de arquitectura de Estocolmo, su ingente colección de dibujos y croquis. No parece mala dedicación para una vejez: entregarse a la vez a la persona querida y a una labor taxonómica sobre su propia vida de trabajo. Cuando finalmente enviudó, un ya anciano Lewerentz se mudó a la plácida ciudad universitaria de Lund. Allí, en su nueva y modesta casa, se hizo construir, para sus ratos solitarios de trabajo, una cámara oscura como estudio. Esta sorprendente black box (que era una habitación sin ventana alguna) había tenido su precedente en el desván sobre un granero, junto a la residencia conyugal con Etty en Skanör: es en el que aparece, solitario y encendiéndose una pipa, en la fotografía de aquí debajo.

Era el espacio en desuso bajo una cubierta inclinadísima (tanto como sólo pueden serlo las cubiertas tradicionales escandinavas) que Lewerentz revistió, por dentro y en toda su superficie, con una delgadísima lámina de papel aluminio (sí: el mismo "albal" con que hacemos los bocatas de los niños para el cole por la mañana), con tal de conseguir una perfecta difusión de la poca luz que entraba por las ventanas. Ventanas que, de hecho, no eran tal, sino tan sólo un par de tablas desmontadas de la madera de la cubierta, unos huecos que protegía de los cambios de luz enrollando y desenrollando las bobinas de papel vegetal que le servían para dibujar. En el centro, una gran viga de madera, que arriostraba de lado a lado la estructura, servía también como barrera contra las visitas inesperadas: cualquiera que apareciera por ahí sin tener la costumbre se llevaba un buen coscorrón en la frente, al salir al estudio desde la trampilla de acceso. Él mismo confesaba haber recibido unos cuantos buenos golpes en la cabeza en los primeros meses tras inaugurar este espacio, hasta que se acostumbró.

Es inevitable que este lugar increíble de trabajo nos traiga a la cabeza el casco invertido de un barco. De hecho, el tema no era en absoluto nuevo a la arquitectura, y había estado presente desde hacía siglos... tantos, al menos, como los que habían trascurrido desde que Palladio se inspiró en las grandes estructuras de cuadernas para levantar la bóveda del Pallazzo de la Ragione de Vicenza. Incluso el propio Lewerentz había llevado su interés por la construcción naval (un lugar común, por otro lado, entre los arquitectos modernos) más lejos: él mismo diseñó y fabricó su preciosa barcaza Ewa, bautizada así por el nombre de su hija, a cuya exultante juventud en una ocasión fotografió sobre su borda. Además, encuentro que hay en nuestra imagen varios guiños náuticos en el mismo sentido, como esos rollos de papel envueltos como una vela mayor alrededor de la viga-botavara, o esa desconcertante polea manual... ¿para qué? ¿para desenrollar los dibujos?

Todo esto quedaría en mera anécdota si no reflejara, creo, una manera de entender la arquitectura como oficio a la vez artesanal, solitario, y profundamente emocional. Porque esa imagen del arquitecto sueco en el vientre de su propia ballena (rodeado de sus muebles, envuelto en sus rollos de papel, a la lumbre de su pipa... y el mundo de autoprotección que sugiere) parece el complemento necesario de esas otras que nos quedan de su trabajo en obra: las de un auténtico gentleman (sombrero de fieltro, foulard y puro; como Wright, Mies, u otros que supieron Vestir bien) que se pasaba horas paseando solo con su paraguas (la americana doblada bajo el brazo, la corbata dentro de la camisa a la altura del tercer botón) en busca de nuevas soluciones, hablando con los albañiles (de los únicos que creía poder aprender algo allí), agachándose para colocar, con sus propias manos, los ladrillos del nuevo aparejo que estaba inventando.

(Nota: Tanto la información biográfica sobre Lewerentz como las fotografías escaneadas proceden del libro: Ahlin, Janne: "Sigurd Lewerentz, architect. 1885-1975". Byggförlaget. Estocolmo, 1987).


Lewerentz, en el desván de su granero en Skanör (ampliar)
 

En sección    Imprimir

Lunes 27 de Enero de 2014
Publicado en: Actualidad

(Continuación a casa en Vallvidrera)


(Dibujo: AM. Junio de 2013 - ampliar)
 

Desde lo alto del Singuerlín    Imprimir

Martes 14 de Enero de 2014
Publicado en: Una nueva pedagogía

(Continuación a Con España en la retina)

Me lleva al alto del Singuerlín (¡vaya sitio!) la segunda parte del proyecto Archivo de la Memoria Geográfica, colaboración encargada por el grupo de investigación Paisaje y Territorio a través de la FUAM. Si la primera la dediqué a analizar la consolidación de los barrios periféricos de Madrid en los últimos 40 años a través de la mirada del arquitecto y urbanista José M. Sarandeses (JMS: Madrid, 1940-2003), esta segunda me ha permitido (una vez acabada, a finales de 2013, y previa a su rodadura dentro de un programa de investigación competitiva) entender las dinámicas de transformación de Barcelona y su entorno inmediato, en esas mismas cuatro décadas, y mediante la del geógrafo Rafael Mas (RM: Barcelona, 1950 - Madrid, 2003). Como en el caso anterior, se trataba de recuperar algunas diapositivas de su colección fotográfica personal, para volver a visitar los emplazamientos que él fotografió en su día y (a través de la toma actual y de su cotejo con la original) ver en qué ha cambiado la ciudad, y cuánto de lo ocurrido estaba ya latente en la intención original del autor.

El trabajo, aunque por momentos difícil (tanto en lo práctico como en lo emocional) ha sido una experiencia muy gratificante, y por tres razones. Primero, por descubrir sitios insólitos, como es el caso de esta loma pelada de la sierra de la Marina, última estribación de la litoral catalana antes de la depresión del Besòs, que visité en una mañana de invierno de aire transparente y luz mágica. Un lugar que un amigo describe, no sin razón, como casi onírico... y eso que él sólo ha mirado sus ristras de bloques de colores desde el nudo de la Trinitat, antes de enfilar la autopista de Francia. Es, creo, el único sitio de esta costa en que se puede disfrutar de una perspectiva completamente panorámica, que por puntos llega a alcanzar los 360º: primero, hacia Poniente y el Montseny, vemos Montcada i Reixac dividido en dos por las infraestructuras de transporte, luego los grandes núcleos del Vallès, detrás el macizo de La Mola, y también la montaña de Montserrat; girando la vista y de frente, la Sierra de Collserola desde su lado más pobre (donde las casas autoconstruidas se confunden con matorrales y chumberas, por encima de Trinitat Vella), y, a medida que sube en cota, con sus hitos del Tibidabo y la torre de Foster; también, hacia el Sur y detrás del meandro del río, el llano entero de Barcelona, que se cierra con Montjuïc, detrás del que se adivina el Garraf; hacia el Norte la costa larguísima del Maresme; por último y mirando a Levante, en descenso desde la montaña al mar, Santa Coloma, Sant Adrià y Badalona con las tres chimeneas de la térmica: hoy un continuo edificado, tanto entre ellos como respecto a la metrópoli, de la que sólo separa el ancho cauce del Besòs.

El Singuerlín permanece hoy extrañamente ajeno a las dinámicas demográficas recientes del área metropolitana, con poca o ninguna de la emigración extranjera (china o sudamericana) que se ha ido implantando en la parte baja de Sta. Coloma. Quizás, bien pensado, no es tan de extrañar, si atendemos a lo surrealista de su ubicación, a lo alocado de su tipología edificatoria: el transporte público apenas llega (sólo unos buses amarillos que suben las últimas rampas con dificultad), y la población se encuentra aislada y envejecida. Uno se pregunta si esos ancianos de tez curtida, a los que el destino arrojó un día a este sitio inverosímil, estarían mejor esta mañana jugándose su ruidosa partida de dominó en el pueblo que dejaron atrás en (supongamos) el olivar de Jaén, que en este bar Los Martínez.

Aunque probablemente, ni tan siquiera se lo habrán planteado. Narcotizados como se está aquí por las vistas, orgullosos seguro de haber conseguido, con su sacrificio, sacar adelante a unos hijos que (a pesar de las dificultades) han podido labrarse una vida digna; y, por extensión, a unos nietos que ahora estudian en la escuela en catalán. Por cierto, que es éste y no otro el verdadero e importantísimo logro de la inmersión lingüística escolar: conseguir la cohesión social entre barrios y clases, para una sociedad diversa y siempre con riesgo de fractura como la catalana ¿es esto poca cosa? Algo que nadie se atreve a reivindicar como lo que es (un éxito indudable, una política para la que las alternativas hubieran sido siempre peores). La derecha catalana porque está a lo que está —camuflar su extrema debilidad—, la española porque encuentra que la catalanofobia es una excelente arma electoral —y el asombro no es tanto que se lance el mensaje, sino que acabe calando—, y la izquierda catalana —que fue su artífice; de la cual éste, junto a la política municipal, fue el principal logro— porque hace tiempo que desistió de explicar el catalanismo desde una vertiente social, que es la que de verdad importa. Roberto Bolaño (RB) contaba que había aprendido de Cataluña el difícil arte de la tolerancia, y se excusaba ("sé que suena cursi", aclaraba) al decir que su verdadera patria eran sus hijos, para añadir que estaba encantado de vivir aquí, dado que sus hijos eran catalanes (leer Bolaño y la extraterritorialidad). Pues eso: deduzcan vds. la parte que le falta al final de su ecuación para entender cómo se sentía RB. Y yo. Y tantos otros... incluidos, supongo, los viejos del dominó.

También me ha dado mucho gusto (segunda de las razones) trabajar sobre la ciudad a través de una mirada ajena a la de mi profesión, tan a menudo teñida de prejuicios estéticos, aún desgraciadamente distorsionada por su problemática relación con el ego. Ha sido la de la geografía, en particular la geografía urbana, y, dentro de ella, su gran maestro en España, que fue Rafa Mas. Ni la ciudad es patrimonio nuestro (de arquitectos y urbanistas), ni podemos seguir interviniendo en ella sin ser permeables a cómo la consideran otros oficios. Cuentan sus allegados que RM se implicaba tanto en las explicaciones del trabajo de campo que no llevaba encima su cámara; de ahí que, siempre que podía y desde sus veraneos familiares en Tarragona, se escapara a Barcelona para hacer un reconocimiento previo y —entonces sí— tomar fotos. Son éstas, entonces, fotografías básicamente instrumentales (lo cual no les quita valor, sino al contrario), de reconocimiento, nunca neutras en su intención. Como en los "servicios de diagnóstico por la imagen" de los hospitales, imágenes que luego hay que interpretar: Rafa lo debió de hacer en su momento como preparación al viaje con sus alumnos; nos toca ahora (con la perspectiva que conceden más de 30 años de radicales transformaciones) actualizar ese diagnóstico.

Rafael era, además, un geógrafo de marcado carácter social (aquí el tercer y último motivo de mi interés). Le preocupaba especialmente la manera en que las dinámicas de distribución de la propiedad podían convertirse en factores determinantes en la conformación de la morfología urbana. Sin quitarles los méritos evidentes que tienen en su diseño, criticaba la dinámica perversa con que se habían gestionado los ensanches del XIX, convertidos con el tiempo en herramientas de centrifugación social al servicio de la burguesía, que había logrado convertirlos en una reserva de suelo de gran valor en el mejor sitio de la ciudad. El Eixample de Barcelona no es una excepción, y el Singuerlín no deja de ser un resultado más (uno entre tantos) de esa dinámica desde dentro hacia afuera. Aunque sí vivió la consolidación de las transformaciones cruciales de la olimpiada, por su muerte prematura no llegó a ver cómo la ciudad (no sólo su política, sino también su fisionomía) se ha ido deslizando desde el admirable modelo Barcelona de los '80 (intervenciones de pequeña escala, a través del espacio público, y de marcado carácter social) hacia la lamentable marca Barcelona actual, donde todo ha acabado puesto al servicio de los intereses turísticos; en suma, del capital privado, y en contra de lo que todos entendemos por urbanidad o ciudadanía. No sé dar respuesta a la disyuntiva que se hacía JmMontaner hace unos años (si la marca ya estaba implícita en el modelo, ¡buena pregunta! —ver Del modelo a la marca), aunque sí soy capaz de afirmar que la segunda, en cierto sentido, aniquila los logros del primero (leer Mi ciudad, a la venta).

Al respecto, es sintomático comprobar (mediante el estudio comparado de las tomas desde el Singuerlín —entre el año '82 y la actualidad) cómo los cambios importantes de perfil urbano de los últimos 15 años se han producido sólo dentro del municipio que da nombre a la marca; en las ciudades suburbanas (de las que no se distingue en un plano) hay pocas diferencias entre entonces y ahora, y todo se continúa manejando a nivel de suelo. En cierto modo, es como si el modelo hubiera salido de la ciudad que lo generó, para pervivir, una vez que dentro de ella se ha corrompido, en los municipios limítrofes a los que lo contagió por osmosis. Me parece que algo de intención de influencia suburbana subyacía ya de las palabras de Pasqual Maragall, cuando explicaba que "(...) en la ciudad hay zonas iluminadas y zonas oscuras. Un gobierno democrático de la ciudad se ha de comprometer a encender algunas de las luces en las zonas oscuras", aunque "no se trate únicamente de que los habitantes de las zonas oscuras se puedan mover por el conjunto del territorio metropolitano. Se trata también de 'iluminar' estas zonas para que sean visibles al resto de la ciudadanía (...) Todos tenemos derecho a sentirnos orgullosos del lugar donde vivimos y que otros reconozcan la dignidad de nuestra zona de residencia".

Un recordatorio más (y también la respuesta a otras preguntas, incluidas las de doble formulación) de que Barcelona necesita volver a ser y sentirse metropolitana para sobrevivir y definir su futuro. (la cita de Maragall la hace J. Borja en: "El desafío del espacio público", dentro de Ciudades para la sociedad del Siglo XXI. Ícaro, CTAV. Valencia, 2001. Pp. 55-78.)


En el Singuerlín, mirando al mar: detrás del fotógrafo, los bloques de colores (Foto AM, Dic13)
 

Vallvidrera    Imprimir

Martes 26 de Noviembre de 2013
Publicado en: Actualidad

(Continuación a Lluís Vives, sigue en En sección)

+ Info y fotos en: Sección Obras > Ficha nº20 > Casa en Vallvidrera


"Con estupendas vistas sobre Barcelona y el mar" (foto © Mariano Herrera, Noviembre 2013)
 

Mi ciudad, a la venta    Imprimir

Martes 8 de Octubre de 2013
Publicado en: Una nueva pedagogía

(Continuación a Salid a vuestras terrazas)

A menudo despreciamos la capacidad que tiene la arquitectura de hacer política. Quizás es sólo debido a que es un discurso que se otorgan, casi en exclusiva, una serie de arquitectos a los que, en mi modesta opinión, no vemos hacer ni lo primero (política), ni lo segundo (arquitectura). No voy a ser yo el que desmonte ese castillo de naipes que flota en torno a los proyectos curatoriales, los happenings, o las instalaciones efímeras: para eso ya está el gran Fredy Massad (FM), que no deja pie con bola al escribir, por ejemplo, De esta manera no, Motivos personales, o La desobediencia debida.

Nunca frívolo, siempre serio, a cada vez valiéndose de un arsenal de argumentos, FM destripa como un cirujano las trampas de esa aparente modernidad que se esconde detrás del cascarón, y que no denota otra cosa que las últimas bocanadas de una cultura dirigista, dirigida, y de falsa rebeldía. Defiende, frente a ello, la seriedad de la crítica (como la que él practica) como parte complementaria e indisociable de la práctica y cultura arquitectónicas. Simpatizo y disfruto con él y sus polémicas, que me recuerdan a algunas de las más sonadas que tuvo el también grande Ignacio Echevarría con escritores contemporáneos de dudoso talento (desde luego menor que el suyo), y siempre en defensa de la importancia de la crítica; en su caso, la literaria.

Yo creo que política se hace no con happenings ingeniosos encerrados en salas de exposición y dedicados a llamar la atención de los focos, sino, como casi todo en nuestra profesión, saliendo a la calle, y mediante el hecho construido: ya quiera decir esto ensamblar materiales en una fachada orientada a mar, o abrir una calle nueva en un casco antiguo denso e infecto...

Cuento todo esto porque he asistido muy contento a la polvareda de discusiones que ha levantado entre nuestros alumnos un enunciado, el de este curso, que tomamos en sus inicios como bastante inocuo: la recuperación y transformación, para potenciar su uso original (la pesca, y todo lo que gravita en torno a ella) del viejo muelle de Baleares del puerto de Barcelona. Un muelle que resulta estar, para su fortuna y desgracia, en el epicentro de todas las fuerzas de destrucción que pesan sobre esta ciudad, y es buen testigo del duelo que, a pesar de muchos, consigue mantener contra los intentos de expolio a manos privadas, de convertirla en un monocultivo turístico.

Dudábamos de la capacidad de un puñado de viejos barcos de pesca sin pintar, de una lonja que se cae por el óxido, o de una pila de cajas de pescado azul apresado al amanecer, de plantar cara a los planes (vergonzosos) de convertir el puerto antiguo en una sucesión de marinas de lujo para atracar yates de multimillonarios (la última fase, ésta de la Bocana Norte). Tampoco estábamos seguros sobre si incorporar al muelle el flujo de turistas que podrían llegar prolongando la Rambla de Mar acabaría definitivamente con su esencia (mantenida hasta hoy sólo por su condición de península aislada) o podía servir de excusa para recuperarlo como el espacio de contacto con el puerto que le falta a su barrio de toda la vida: la Barceloneta.

Tras mucho debate, parece que se impone la idea de que no todo está perdido en la lucha contra esos intereses anti-ciudadanos (sólo el hecho de que se plantee la duda, ¿no nos dice ya lo grave que es la situación?) y que como arquitectos tenemos mucho que decir, y bastante que proponer, para que esta tendencia se invierta. Porque, ¿no es todo, al fin y al cabo, política? ¿No ha llegado nuestro momento —como profesionales; pero también como ciudadanos— de usurpar el debate político (que nunca debimos perder) a una casta (gigante en su tamaño) que sólo vela por sus intereses y los de quienes les financian? ¿A una cultura afin que no hace más que bailar a su ritmo?


Pescado recién descargado en el muelle de Baleares (foto cortesía PFuertes, Otoño13)
 

En la cueva de arena    Imprimir

Miercoles 4 de Septiembre de 2013
Publicado en: También de letras

(Continuación a Tajamar, sigue en Segona cançò)

¿Cuándo dejará de sorprendernos el poder evocador de la literatura? ¿Su capacidad, no ya de hacernos felices, sino de conseguir que revivamos cosas que ni siquiera nos han pasado? Al llegar a Sandycove, en la península que cierra por el Sur la bahía de Dublín, para la visita de la James Joyce Tower (¡qué buen sitio, por cierto, al que ir con niños!) se experimenta una extraña sensación de felicidad que dista mucho del incómodo déja-vu: ese increíble fenómeno según el cual uno tiene la sensación de ya haber vivido el momento presente, y que tiene que ver con lapsos entre diferentes conexiones neuronales, que viajan, como el rayo precede al trueno, a diferentes velocidades desde los órganos sensores hasta el cerebro.

Al entrar en la única habitación, y subir a la cubierta, de la que fue una antigua torre de Martello (una de las puntas de la línea defensiva que los ingleses establecieron contra la invasión de Napoleón en la costa este irlandesa), se recuerda con una sonrisa el buen rato que se pasó ahí en los dos capítulos inaugurales del Ulises junto a los excéntricos Mulligan, Dedalus y Haines. Incluso da ganas, en esta tibia mañana de Agosto, de bañarse desnudo, como Mulligan, en la playa de Forty Foot que está al pie de la torre; una preciosa piscina natural de roca (¿quizás la cueva de arena que conforma el topónimo?) que aún hoy es lugar de encuentro de fornidos irlandeses entrados en años, que se zambullen cada mañana en las heladas aguas del mar de Irlanda.

No puedo hablar demasiado del Ulises, que aún tengo en proceso, pero sí creo que James Joyce (JJ) colocó esos dos crípticos capítulos al principio (son desternillantes; pero realmente hay que leerlos dos veces para entender algo) para desanimar a los lectores más perezosos. Puede que sea sólo que uno se va acostumbrando a su estilo archimoderno, o que, efectivamente, todo resulta más fácil desde que (unas páginas después) Leopold Bloom entra en escena. También he avanzado lo suficiente como para afirmar ya que es uno de los libros más divertidos (y cálidos: ¿cómo puede destilar JJ ese ambiente tan hedonista, que te hace creer que estás en una isla griega, de un lugar como el Dublín que describe?) que he leído en mi vida. Recomiendo encarecidamente olvidar todo lo que se ha oído sobre él, y lanzarse a disfrutarlo.

Aunque puede que esto tenga que ver no tanto con Joyce como con esa mentalidad tan particular de los irlandeses, ese gusto por la conversación, la comida (y la bebida ¡claro! si es con alcohol mejor)... en suma, del disfrute lento de la vida; tan lejana a la vez de lo anglosajón, el protestantismo y la cultura del esfuerzo, tan cercana en muchas cosas (las buenas) a nosotros los meridionales. Porque puede que, al final (y después de tantas vueltas) no sea todo más que una cuestión de religión, y por eso debamos (incluso los que somos ateos militantes) dejar de renegar tanto de nuestras raíces católicas, y asumir que algo pueden tener que ver con esa parte socarrona que hace que soportemos mejor la adversidad. Así lo piensan del propio JJ sus estudiosos, diciendo que es imposible entederlo, a él ni a su obra, sin su educación jesuita. Porque, lo que está pasando ahora en esta Europa que no reconocemos (¿Europa era esto, de verdad?) no es más, parece, que un choque entre sus dos almas, la del Norte y protestante (que cree en el escarmiento y lo impone) y la del Sur y católica (que se deja hacer).

Dejando de lado las divagaciones, lo dicho: ¡visiten Irlanda! Y si es con un ejemplar del Ulises entre las manos, mejor. Y que: ya estamos de vuelta; así que los comentarios son, como cada año, ¡deseados y bienvenidos!


La JJTower (izquierda) y la piscina de Forty Foot (centro) en Sandycove, Irlanda (fotoAM, Ago13)
 

Cambiarse de casa    Imprimir

Miercoles 31 de Julio de 2013
Publicado en: En proceso

(Continuación a Cap de Creus)

Leyenda

. Rombos negros: estaciones de metro en la línea del colegio de los niños.
. Líneas de puntos: batidas a pie, y su fecha.
. Chinchetas violetas: no nos gustaron.
. Chinchetas amarillas: nos gustaron, pero no llegábamos o no nos convenían.
. Chinchetas rosas: nos gustaron, y fueron firmes candidatas.
. Chincheta blanca: casa ganadora.

Total de propiedades visitadas en la búsqueda: 46


El mural analógico: un método que recomiendo para buscar casa (Foto AM, julio 2013)
 

3 acosos, 2 derribos    Imprimir

Martes 16 de Julio de 2013
Publicado en: Sobre el oficio

(Continuación a El drama social de los arquitectos, sigue en Bajo el barco de Lewerentz)


0-0

Muchas veces mis compañeros y yo nos sentimos como esa figura pequeñísima en el interior de un juego de muñecas rusas; la que ya no se abre, la que siempre se pierde. A pesar de que intentamos trabajar tan duro, honesto, y constante como podemos, seguimos sin comprender bien por qué nos llevamos todas las hostias, por qué todos nos tienen tantas ganas. Aunque por lo general nuestros alumnos y clientes nos aprecian (muchos de ellos, hasta el punto de repetir), nos desconcierta el desdén con que nos tratan quienes deciden, desde arriba, sobre nuestra suerte.

No aburriría de nuevo a los lectores no arquitectos de esta página con intrigas departamentales de medio pelo, con lamentos de quiebras universitarias provocadas por agujeros gigantes de corrupción, ni con hecatombes corporativas... si no pensara que ellos también (sí, vosotros), como sociedad, se están jugando algo con lo que pasa en España con la arquitectura.


1-1

Doy clase en un departamento de Proyectos Arquitectónicos (DPA). Lejos del mito fácil, he de decir que me parece, con diferencia (si uno se la toma en serio, claro) la pedagogía más difícil, comprometida y delicada que se puede ejercer dentro de una escuela de arquitectura. Entré en mi escuela (ETSAV), por encima de otras razones, porque en ella se enseñaba el proyecto desde una aproximación interdepartamental: una colaboración entre todas las áreas de conocimiento, que acababa convergiendo en el proyecto (de cuya metodología nos ocupábamos los profesores del DPA), y en su taller (cuya coordinación estaba a nuestro cargo). No sin las normales fricciones, he formado parte, en esos talleres, de verdaderos "equipos multidisciplinares" que han funcionado, casi siempre, la mar de bien. Nuestra actitud (así lo han reconocido siempre nuestros compañeros) ha sido en todo momento respetuosa y dialogante.

Por desgracia, parece que ahora todo esto (que se había tomado como ejemplo a nivel español e incluso europeo) se va a ir al traste. La presión entre bambalinas de los otros departamentos (Historia, Tecnología, Dibujo, Urbanismo, etc.) con tal de ganar peso dentro de los talleres, ha sido tal que ha conseguido desconfigurar por completo el nuevo plan de estudios, a punto de implantarse. Sin soltar ellos sus asignaturas propias, han arañado tanto terreno a nuestra única asignatura (que es troncal, que vertebra la carrera de principio a fin), que pronto no habrá quien la reconozca. Se me escapa el por qué de tanto ansia por hacerse más hueco en una parcela tan difícil y complicada, que, por otro lado, ya compartíamos de forma bastante natural e ingenua. Acoso: 1 - Derribo: 1


2-2

Queda claro, a estas alturas, que las escuelas de arquitectura dormimos con nuestro enemigo. Unas estructuras gigantescas (las politécnicas) dudosamente gestionadas, con los puestos de poder acaparados en su totalidad por ingenieros, en donde los arquitectos éramos, hasta ahora, una colorista excentricidad que —mientras no diéramos demasiado la lata— les seguía dando una pátina de prestigio.

Sin embargo, parece claro que sus rectorados o bien no entienden, o bien han decidido no apoyar lo que de específico tiene la arquitectura como área de conocimiento (a caballo entre las humanidades y la técnica) y lo diferentes que deben de ser a las suyas las metodologías —de investigación, de docencia— que nos son propias. Es por eso que el tiempo de la arquitectura dentro de las politécnicas hace mucho que ha pasado, y es urgente que la reubiquemos dentro de las universidades generalistas, que tendrían sin duda una comprensión más clara de nuestra dimensión humanística, o dejarían al menos de ponerle palos en las ruedas.

Sé de buena fuente que las universidades públicas no politécnicas de Barcelona (UB, UAB, UPF) estarían encantadas, si tuvieran algo más de dinero, de acoger dentro de ellas, si no pueden a todo el ámbito de la arquitectura, sí al menos a la pequeña ETSAV; constato también que las escuelas nacidas en el seno de instituciones de este tipo (como la de la RiV) llevan una existencia más equilibrada e independiente, y con menos disfunciones en su relación con los órganos de poder que las gobiernan. Acoso: 2 - Derribo: 2


3-2

No me extenderé aquí hablando sobre la LSP. Muchos compañeros llevan meses embarcados en una meritoria lucha sin cuartel contra este proyecto de ley nefasto, que por fin parece haber cristalizado en algo que —aunque no es del todo una victoria— sí es un positivo aplazamiento de su aprobación, que se pensaba hacer a hurtadillas este verano. Así que, probablemente, llego tarde y despistado a este debate.

Sí creo útil, en cambio, enlazar un breve artículo de NoCountryForArchitects que me ha abierto los ojos ante este problema, sobre cuya intencionalidad (como en los acosos 1º y 2º) no entendía nada hasta ahora. Sostiene en ese texto @MrLombao que la LSP es la última de las 3 fases de un acoso sobre la arquitectura por parte de la ingeniería absolutamente meditado y planificado. ¿Qué botín —se pregunta— de los restos ridículos que ahora quedan por repartir, se persigue al abrir las competencias sobre toda la edificación a los ingenieros? ¿Es realmente económico? Difícil encontrar, en el aquí y el ahora, alguna razón de este tipo. ¿Es, como explican desde el Ministerio, un problema de tarifas y competencia? Cualquiera que conozca la realidad de las tarifas que se están aplicando, sabe que este argumento... ¡es ridículo y raya el insulto!

Se habría tratado (primero y con el CTE) de dificultar tremendamente el terreno; de debilitar al enemigo sacándole de sus competencias y habilidades habituales, para las que había sido formado; en segundo lugar (actualmente y con la LSP) vendría la fase de acribillar a un oponente disperso y desconcertado, pero aún con una importante autoridad (en su número, en su conocimiento, y como referente moral) sobre la materia: aún, por tanto, un competidor directo y peligroso de cara a cuando la rueda de la construcción vuelva a girar.

Sería sólo entonces (en esa futura recuperación) cuando se pondría en marcha la tercera fase, que consistiría en allanar de nuevo el camino (todo lo que se complica puede luego volverse a simplificar) para hacer del ejercicio de la arquitectura de nuevo una actividad manejable y rentable. Fácil, ¿verdad? Sí, puede que sea una manía persecutoria más; pero a la vez resulta tan sencillo y claro como para parar a pensárselo, y considerarlo, por un momento, como cierto. Porque, además y por ahora, el derribo aún no se ha llevado a cabo. Acoso: 3 - Derribo: 2.

 

Lluís Vives    Imprimir

Martes 18 de Junio de 2013
Publicado en: Actualidad

(Continuación a Aqui dibujamos a mano, sigue en Vallvidrera)

Construir es sorprenderse: es difícil saber cuándo una obra irá mal, cuándo fatal, en qué momento se torcerá, en qué otro puede enderezarse. Quizás haya una ley gracias a la cual las que peor comienzan luego son las que tienen mejor final.

Ésta no la pudimos inaugurar de peor manera: denuncias de vecinos, visita de un superintendente de la Guardia Urbana, y con él una dotación completa de bomberos. Después siguieron, en varias tandas, los inspectores de licencias del distrito, que fotografiaban una y otra vez lo que creían ver como alteraciones sobre la estructura de la finca, pero en el fondo no eran más que refuerzos preventivos. Por suerte, todo quedó al final en un malentendido, y se diluyó a los pocos días.

Nunca debemos menospreciar las obras pequeñísimas: es en ellas donde, a veces, podemos encontrar el lujo de entretenernos en cuestiones mínimas, jugar incluso a ser un Zumthor de provincias. Mimemos, también, a los clientes buenísimos: esos que, aunque llegan con el dinero justo, nos dan un voto de confianza, arriesgan, apuestan, y se divierten durante el proceso... Y agradezcamos, además, el trabajo a los constructores finísimos: ¡Gracias, M. y R.!

+ Info y + fotos en: Sección Obras > Ficha nº19 > Piso en Lluís Vives


Sala, comedor y cocina del piso en c/ Lluís Vives (Vila de Gràcia, Barcelona. Foto © MHerrera)
 

Un rayo desde poniente    Imprimir

Miercoles 5 de Junio de 2013
Publicado en: La vida que pasa

(Continuación a 5 razones para un no voto)


La Diagonal, iluminada de mar a montaña por el sol de poniente (Desde un avión que entra por el Norte)
 

Barcelona en 10 edificios    Imprimir

Lunes 20 de Mayo de 2013
Publicado en: Actualidad

(Continuación a Profesor visitante en el CASB)


1. En el CASB

Durante el pasado cuatrimestre de otoño 2012 fui profesor visitante en el Consortium for Advanced Studies in Barcelona (CASB). Allí (en sus aulas, en las calles de Barcelona, en los viajes que hicimos) impartí el curso Barcelona en 10 edificios a alumnos de las universidades norteamericanas más reconocidas (entre ellas, Stanford, Brown o Northwestern) durante su year abroad en España.

La experiencia suponía, para mí y a priori, todo un reto: primero, por el nivel y procedencia de los alumnos; segundo —y sobre todo— por el hecho de tener que impartir arquitectura a no arquitectos, un campo inexplorado, aunque lleno de posibilidades.

Pero el resultado (en su proceso; en el nivel de participación; en la calidad del feedback entregado por los alumnos) fue al final todo un éxito. Varios de los alumnos decidieron ir publicando su trabajo en plataformas digitales, entre ellos: Antonia Cereijido (Northwestern University), Katie Walker (Stanford), o Whitney Ford (Stanford).

El objetivo del curso era doble: por un lado, introducir a los alumnos a una cierta cultura del proyecto y la crítica arquitectónica; el segundo, ayudarles a conocer, a través de la selección, visita y explicación de 10 edificios seleccionados, la ciudad que les acogía durante este curso: sus barrios, sus diferentes tejidos urbanos y sociales, su historia. El criterio de selección de las obras atendía a la vez a criterios de diversidad geográfica, tipológica, y cronológica:

. Edificio 1: La Pedrera (Eixample, AGaudí)
. Edificio 2: Pabellón Alemán (Montjuïc, MvdRohe)
. Edificio 3: Hospital de la Sta. Creu (Raval, VV.AA.)
. Edificio 4: Bibliotecas en Gràcia (Vila de Gràcia, PLlinàs)
. Edificio 5: L'Illa Diagonal (Les Corts, MSMorales & RMoneo)
. Edificio 6: Umbráculo de la Ciudadela (Ciutat Vella, JFontserè)
. Edificio 7: Museo Can Framis (22@, JBadía)
. Edificio 8: Velódromo de Horta (Horta, EBonell & FRius)
. Edificio 9: ETSAB (Les Corts, JACoderch)

El edificio 10 lo sustituimos por una lectura de un libro de la bibliografía.


2. En la UPF

En el mes de julio de 2013 estaré impartiendo este curso, en versión adptada y reducida, en los Cursos de verano de la Universitat Pompeu Fabra. Lo haré en docencia compartida con el geógrafo Antonio Luna, también director del Departamento de Humanidades de esa universidad.

Datos del curso:

. Título: "Barcelona en 10 edificios"
. Sección: "Monográficos sobre Barcelona"
. Código: 1545. Edición: 1ª
. Fechas: 1 a 5 de Julio de 2013
. Horario: 09,30 a 14,00 h.
. Lugar: Aula 20.047, campus de la Ciutadella
. + Info: en la ficha del curso en la web UPF
. Precio: 120,00 € (ver tarifas especiales)
. Inscripción abierta desde el 2 de mayo, inscribirse aquí)

El curso es abierto a todo tipo de personas que tengan interés sobre el tema; así que estaremos encantados, a todos los que (arquitectos o no arquitectos; amigos y desconocidos) finalmente decidáis hacerlo, de poder encontraros en el campus de la Ciutadella (y en nuestros paseos urbanos) a comienzos de Julio.


"Barcelona en 10 edificios", ahora en los cursos de verano de la UPF (1ª semana de Julio de 2013)
 

Al retirar los andamios    Imprimir

Domingo 12 de Mayo de 2013
Publicado en: También de letras

(Continuación a Los trenes de vuelta, sigue en Más allá de la frontera Este)


¿Contiene este crucigrama numérico la clave de la estructura del 2666 de Bolaño? (fotoAM)
 

¡Salid a vuestras terrazas!    Imprimir

Viernes 26 de Abril de 2013
Publicado en: Una nueva pedagogía

(Continuación a Elogio de la profundidad, sigue en Mi ciudad, a la venta)

Nada es casual en la manera en que Sáenz de Oíza diseñó los apartamentos de la Ciudad Blanca de Alcudia (Mallorca, 1961). De hecho, y bien pensado, debemos reconocer que pocas cosas resultan fortuitas en lo que proyecte cualquiera de los grandes arquitectos que admiramos. Tampoco lo es, por supuesto, la manera en que dibujan. Si alguna vez habéis tenido acceso a la colección completa de planos originales de uno de sus proyectos, sabréis de lo que hablo. Nos provocan, primero, admiración: qué claridad, qué estilo gráfico a la vez preciso y original (divertido, diría incluso yo). Y luego, seguro, envidia: quién pudiera utilizar hoy en día esa economía de medios, tan pocos planos, donde eligen tan bien por dónde se corta, en los que no hay una línea de más... ni de menos.

En la Ciudad Blanca (colección en la que, paradójicamente, aparecen unos cuantos planos en total "negro") todo está dirigido hacia un solo punto, que es el mar, y antes de él, la terraza. Queda por hacer (o yo no lo conozco) un estudio sobre cuánto ha contribuido la arquitectura vacacional, de costa, a una visión específicamente española del movimiento moderno. Explicaba Oíza, a raíz de su gran proyecto en Mallorca, que el verdadero reto del encargo había sido cómo construir una ciudad "intermitente" para una "masa nómada" que aparecería por ahí sólo unos meses al año, todos a la vez, y luego lo volverían a dejar desierto; y también, cómo tratar a todos ellos de forma igualitaria y darles lo que iban a buscar: el mar, el sol, las vistas, o el disfrute del buen clima. Esta cuestión de (y siento el término) "democratización arquitectónica" no es menor, y trae enseguida a la cabeza —para quien tenga algo de cultura— a lo mejor de la arquitectura utópica francesa de un par de siglos atrás: la de Boulée, la de Durand, y sobre todo, la de los falansterios de Fourier. También hay que reconocer lo valientes que eran los promotores de entonces (en este caso los hermanos Huarte) al confiar en arquitectos así, y al creer en ideas de este tipo. Juntos (arquitectos, promotores) supieron enlazar, desde el páramo que era nuestro país, con lo mejor de la cultura de fuera, presente y pasada: y eso que sólo trabajaron los franquistas, si lo hubieran hecho también los represaliados, ¡vaya generación!

Pero vuelvo a lo que iba, que me disperso; la terraza: ese espacio ambigüo de intercambio entre el apartamento y la bahía, que, en Alcudia, comienza casi en el vestíbulo de la casa. Sí: porque, desde el perfil quebrado de la planta (que busca las mejores vistas, la mejor hora de sol; que resguarda la privacidad respecto al vecino de al lado) hasta el escalonado en sección (que permite el total asoleo del balcón; que, gracias a la jardinera interpuesta, aísla totalmente de los apartamentos de arriba y abajo sin quitar una pizca de sol) todo está pensado con la vista dirigida hacia afuera. Igual que, en el interior, los quiebros del suelo, que permiten una visión gradual y descendiente del horizonte marino, y también la manera en que se organizan (al modo de LC en la unidad de Marsella) los muebles y nichos de la cocina y sala. En fin, una maravilla.

Nuestros alumnos de este cuatrimestre están ahora ocupados en proyectar un ala de hospitalización de larga estancia adosada al Hospital del Mar, junto a la Barceloneta. No paramos de insistirles —seguro que nos acabamos poniendo muy pesados— sobre la necesidad de tener, en un programa así y en semejante ubicación, un espacio de curación al aire libre: un lugar mediante el cual la arquitectura sea capaz (metiendo el mar en la habitación; sacando al paciente al paisaje) de ayudar a esas personas a que sanen más rápido, o, si eso es imposible, a que pasen más dignamente el trauma de su enfermedad. Los más observadores han concluido enseguida que al mar (especialmente al Mediterráneo: de violentos temporales de levante en invierno; de excesivo deslumbramiento el resto del año) no se puede mirar de frente, de la misma manera que al sol, aunque nos beneficie y guste, nunca dirigiríamos la vista sin unas gafas puestas.

Cuánto debe la terraza a los sanatorios diseñados por médicos en los años '30, a las curas de helioterapia que recetaban a sus pacientes tuberculosos, con el pecho al aire, en las cumbres de los Alpes. Sobre esto ya me entretuve en el capítulo "Del higienismo al eugenismo" de Habitar la cubierta, donde comentaba cómo, gracias a ese concepto de curación estática al aire libre, se creó un nuevo prototipo habitacional que tenía como elemento definitorio la terraza. Y antes de eso, de Döcker y su terrassentyp, habían estado, claro, los experimentos de visionarios como Loos con su hotel escalonado, o Sauvage y sus apartamentos aterrazados. Si hoy en día ya nadie duda de lo equivocado que era pretender curar a esos enfermos infecciosos mediante la inmovilidad, es necesario reivindicar que sí es posible —y mejor— una curación al aire libre. Y eso es lo único que nosotros pretendíamos con nuestro enunciado: recuperar, redefinir, el concepto de habitación con comunicación exterior, para romper de una vez con la tendencia —estanca, seriada, meramente funcional y casi inhumana— con que se ha diseñado la arquitectura hospitalaria durante ya demasiados años. Enfermos hospitalizados, ¡salid a vuestras terrazas!


Alzados laterales de la Ciudad Blanca, dibujada en negro por Oíza para su proyecto de ejecución (1961)
 

Aquí dibujamos a mano    Imprimir

Sabado 6 de Abril de 2013
Publicado en: Sobre el oficio

(Continuación a La carta, sigue en Lluís Vives)


Proyectar mancha (las manos, el papel); las obras, también (croquisAM, abr13)
 

Yo voy caminando    Imprimir

Martes 19 de Marzo de 2013
Publicado en: En proceso

(Continuación a Pasarlo bien)


1. Los señores elegantes

Como buen alumno del Liceo Francés que soy, tengo el feo vicio de mirar, casi antes que nada, a los zapatos de la gente que me presentan o conozco por primera vez: primero la cara, luego los pies, y después ya vendrá el resto. Aunque no estoy nada orgulloso de este tic pijoprogre que arrastro desde la adolescencia, debo confesar que a veces me resulta un filtro la mar de útil; por ejemplo cuando, en su día, debí atender a las reuniones informativas para el cole de los hijos, fui capaz de descartar (a priori) un centro para ellos porque en la sala había, en pies de padres y profesores, más botas de trekking de lo normal; cuando el director abrió la boca y oí su discurso, entendí que no me había equivocado.

Ya vimos en Vestir bien (al hablar de los botines afilados de Chéjov, de las botas lustrosas con espuelas de Tólstoi) cómo el calzado suele marcar la elegancia definitiva de una persona o, llegado el caso, arruinarla por completo, por muy cuidado que lleve el resto. Aunque, por lo general, y como ocurre con los zapatos de gángster de Chicago (a medida, acharolados, de cordones) que calza Mies frente al Lake Shore Drive, lo de arriba suele confirmar a lo de abajo —y viveversa— dentro de un todo elegante que se proyecta hasta los andares, la mirada, o la manera de apretar con la mano el frío tubo de acero de una barandilla. En personas así (Chéjov, Tólstoi, Mies, o Philip Roth) resulta difícil encontrar fisuras, y por mucho que se observe nunca aparecerá una sopresa incómoda del tipo calcetín blanco (otra bestia negra de los ’80).


2. La diagonal

Pero caminar es mucho más que eso, y va más allá de pasear orgulloso un buen par de zapatos (ya sean cerrados, de cordones o tachuelas), porque afecta al mismo diseño de la ciudad. Después del triunfo (en España aún muy parcial) de la bicicleta al hacerse un hueco en la calle, toca ahora reivindicar el sitio, y la importancia, del peatón. El bien que causa la bici sobre la salud, el aire que respiramos, o la movilidad, ya no lo discute nadie; pero cuidado: el espacio ganado por esa (aún precaria) infraestructura ciclista no se ha hecho, como debiera, a costa del coche, sino del eslabón más débil, que son los que van a pie.

Cualquier que se haya dado una vuelta por el tramo central de la Diagonal de Barcelona sabrá de qué estoy hablando. Es cierto, sí, que existe allí un carril-bici, pero se ubica en el sitio y de la forma equivocada. No en la calzada y protegido por separadores de goma (o, mejor aún, en una cota intermedia entre calzada y acera, como en Copenhague o Ámsterdam), sino robando una buena porción de espacio a los peatones, de los que sólo separa una raya blanca pintada en el suelo. Por no hablar, claro, del giro absurdo de los taxis que impide que circulen bien las bicis, o (peor aún) de la increíble tolerancia hacia las motos, auténtico vehículo mimado aún hoy por el Ajuntament, a las que se sigue permitiendo, contra toda lógica, aparcar sobre la acera.

Así camina el peatón por la Diagonal. Temiendo ser arrollado, por su espalda, por alguna de las bicis que bajan a toda velocidad desde la Universitaria, tragando los humos y malos modos de los motociclistas que transitan por su espacio buscando estacionamiento. Los problemas están al orden del día: coches que se llevan por delante a ciclistas; biciletas que atropellan a peatones; trifulcas varias y diarias, en cada esquina... en un lugar donde sencillamente no cabe todo lo que se le pide, si no es reduciendo carriles para coches. Sólo empujando desde abajo, desde ese eslabón más frágil, conseguiremos por fin arrinconar al vehículo de motor. Contra viento y marea, y algunos de manera muy beligerante, varios colectivos ya están en ello (destacable, desde Madrid, la labor de A pie), pero aún queda casi todo por hacer.

Y no se trata de crear "zonas peartonales", sino al contrario. Estamos en contra del monocultivo de usos sobre la vía pública, sea en el sentido que sea. Ya se trate de coches, triciclos, o gente a pie, es algo que no hace más que fomentar guetos (que son comerciales y turísticos en el caso de los centros históricos), y destruir el interesante ecosistema de interdependencias que genera la mezcla de usos. Pero no una mezcla cualquiera, y tampoco el recurso demasiado simple a la plataforma única, cuyo éxito y sentido depende de múltiples factores, como el ancho de la vía o la actividad comercial. Alfonso Sanz lo explica muy bien así (ver Guía de espacios públicos, pág. 67): “(...) todas las técnicas [de pacificación del tráfico] se basan en que los conductores tienen comportamientos inducidos por la lectura del entorno viario. En particular, determinan su velocidad como respuesta a la percepción de distintos elementos que constituyen ‘el paisaje’ de la vía [función, geometría, señalización, etc.]. Respuesta que se relaciona con el nivel de riesgo asumido por cada individuo, que sólo se modifica a largo plazo, y por la percepción que recibe de su entorno.”

Es decir, que sólo haciéndole temer el riesgo de atropellar a alguien podemos obligar a un conductor a aminorar la marcha. A pesar de lo contado más arriba, hay experiencias buenas en este sentido en Barcelona: los camareros siguen cruzando las calzadas laterales de la Rambla con su bandeja en la mano; las bicicletas siguen circulando por el mismo espacio que los coches en la Rambla de Cataluña, y consiguen con ello bajar la velocidad general; diferentes jerarquías de viario conviven en el muy interesante experimento de las supermanzanas de la Vila de Gràcia... Lástima que estas soluciones de éxito contrastado no se decidan generalizar a todos los distritos.


3. California

A Rafi Balouzian le gustaba mucho caminar; tanto, que hacía a pie todos sus recorridos por Los Ángeles (una ciudad tan poco peatonal), de la universidad a casa, de casa a la universidad, y luego al trabajo. Kilómetros y kilómetros que se podrían contar por decenas de no ser porque siempre se cansaba antes de sus zapatos que del camino a recorrer. Aunque californiano de nacimiento, Balouzian es de origen armenio, y descendiente de una larga saga de zapateros artesanos. Es, además, arquitecto, pero este pequeño detalle no se lo tendremos en cuenta. El caso es que, un día, Rafi se animó a diseñar sus propios zapatos, para adecuarlos a algo tan simple y evidente como que le ayuden a caminar, y no al contrario, como ocurre casi siempre. Estudió bien la forma de la planta del pie, su ergonomía, la deformación que sufre al pisar, hasta dar con algo tan sencillo como reproducir, en negativo, la forma del puente, pero mediante una suela que no fuera elástica, sino rígida. Fue así como nació su colección de calzado Cydwok, “zapatos hechos a mano en California”, acrónimo fonético de acera (sidewalk). Desde su fábrica de Burbank (CA) y a través de sus pocos distribuidores mundiales (en España, NuSabates) presumen de fabricar cada par artesanalmente y con materiales naturales.

Los Cydwok son para el caminante urbano lo que la Brompton al ciclista en la ciudad: no un capricho caro, sino una herramienta útil, necesaria, y cuyo rendimiento y aspecto mejora con el tiempo y el uso. ¿Te gusta caminar, pero estás harto de la tortura ergonómica de los Camper, de la falsa elegancia de los Lotusse? ¡Necesitas unos Cydwok! Quien tenga unos dineros ahorrados (por desgracia no son nada baratos) no se arrepentirá de gastárselos en un buen par de esta marca. Sentirá no sólo cómo la piel de la contrasuela es un gusto para los sentidos (¡ay el pie!, qué lugar tan sensible al tacto, y ¡qué olvidado!), sino que le dará alas en sus caminatas. Y así, si embarca la Diagonal en el punto donde ya es amable para el peatón (los coches a un lado, las bicis bien separadas tras una hilera de árboles) podrá llegar a donde antes daba la vuelta cuando le dolían los pies (L'illa), seguir hasta pasado el Corte Inglés, rebasar sin darse cuenta el Palacio Real y la Universitaria, y colocarse, bastantes kilómetros hacia afuera (¡queremos más! piden los zapatos) en el mismo borde de Esplugues, allá donde según mis hijos "acaba la ciudad"; y no sigue no por falta de ganas, sino porque, en ese punto, la acera ya se convierte en arcén de autopista.


Preciosas botas Cydwok Aim, en cuero, cordones y tachuelas: yo tambien las quiero
 

Cap de Creus    Imprimir

Viernes 22 de Febrero de 2013
Publicado en: La vida que pasa

(Continuación a Los gestos más ínfimos, sigue en Cambiarse de casa)


El Cap de Creus, visitado por trabajo en Febrero13, con tramuntana de 130km/h (FotoAM)