Un rayo desde poniente 
(Continuación a 5 razones para un no voto)
La Diagonal, iluminada de mar a montaña por el sol de poniente (Desde un avión que entra por el Norte)
Barcelona en 10 edificios 
Lunes 20 de Mayo de 2013
Publicado en: Actualidad
(Continuación a Profesor visitante en el CASB)
1. En el CASB
Durante el pasado cuatrimestre de otoño 2012 fui profesor visitante en el Consortium for Advanced Studies in Barcelona (CASB). Allí (en sus aulas, en las calles de Barcelona, en los viajes que hicimos) impartí el curso Barcelona en 10 edificios a alumnos de las universidades norteamericanas más reconocidas (entre ellas, Stanford, Brown o Northwestern) durante su year abroad en España.
La experiencia suponía, para mí y a priori, todo un reto: primero, por el nivel y procedencia de los alumnos; segundo —y sobre todo— por el hecho de tener que impartir arquitectura a no arquitectos, un campo inexplorado, aunque lleno de posibilidades.
Pero el resultado (en su proceso; en el nivel de participación; en la calidad del feedback entregado por los alumnos) fue al final todo un éxito. Varios de los alumnos decidieron ir publicando su trabajo en plataformas digitales, entre ellos: Antonia Cereijido (Northwestern University), Katie Walker (Stanford), o Whitney Ford (Stanford).
El objetivo del curso era doble: por un lado, introducir a los alumnos a una cierta cultura del proyecto y la crítica arquitectónica; el segundo, ayudarles a conocer, a través de la selección, visita y explicación de 10 edificios seleccionados, la ciudad que les acogía durante este curso: sus barrios, sus diferentes tejidos urbanos y sociales, su historia. El criterio de selección de las obras atendía a la vez a criterios de diversidad geográfica, tipológica, y cronológica:
. Edificio 1: La Pedrera (Eixample, AGaudí)
. Edificio 2: Pabellón Alemán (Montjuïc, MvdRohe)
. Edificio 3: Hospital de la Sta. Creu (Raval, VV.AA.)
. Edificio 4: Bibliotecas en Gràcia (Vila de Gràcia, PLlinàs)
. Edificio 5: L'Illa Diagonal (Les Corts, MSMorales & RMoneo)
. Edificio 6: Umbráculo de la Ciudadela (Ciutat Vella, JFontserè)
. Edificio 7: Museo Can Framis (22@, JBadía)
. Edificio 8: Velódromo de Horta (Horta, EBonell & FRius)
. Edificio 9: ETSAB (Les Corts, JACoderch)
El edificio 10 lo sustituimos por una lectura de un libro de la bibliografía.
2. En la UPF
En el mes de julio de 2013 estaré impartiendo este curso, en versión adptada y reducida, en los Cursos de verano de la Universitat Pompeu Fabra. Lo haré en docencia compartida con el geógrafo Antonio Luna, también director del Departamento de Humanidades de esa universidad.
Datos del curso:
. Título: "Barcelona en 10 edificios"
. Sección: "Monográficos sobre Barcelona"
. Código: 1545. Edición: 1ª
. Fechas: 1 a 5 de Julio de 2013
. Horario: 09,30 a 14,00 h.
. Lugar: Aula 20.047, campus de la Ciutadella
. + Info: en la ficha del curso en la web UPF
. Precio: 120,00 € (ver tarifas especiales)
. Inscripción abierta desde el 2 de mayo, inscribirse aquí)
El curso es abierto a todo tipo de personas que tengan interés sobre el tema; así que estaremos encantados, a todos los que (arquitectos o no arquitectos; amigos y desconocidos) finalmente decidáis hacerlo, de poder encontraros en el campus de la Ciutadella (y en nuestros paseos urbanos) a comienzos de Julio.
Al retirar los andamios 
(Continuación a Los trenes de vuelta)
¿Contiene este crucigrama numérico la clave de la estructura del 2666 de Bolaño? (fotoAM)
¡Salid a vuestras terrazas! 
(Continuación a Elogio de la profundidad)
Nada es casual en la manera en que Sáenz de Oíza diseñó los apartamentos de la Ciudad Blanca de Alcudia (Mallorca, 1961). De hecho, y bien pensado, debemos reconocer que pocas cosas resultan fortuitas en lo que proyecte cualquiera de los grandes arquitectos que admiramos. Tampoco lo es, por supuesto, la manera en que dibujan. Si alguna vez habéis tenido acceso a la colección completa de planos originales de uno de sus proyectos, sabréis de lo que hablo. Nos provocan, primero, admiración: qué claridad, qué estilo gráfico a la vez preciso y original (divertido, diría incluso yo). Y luego, seguro, envidia: quién pudiera utilizar hoy en día esa economía de medios, tan pocos planos, donde eligen tan bien por dónde se corta, en los que no hay una línea de más... ni de menos.
En la Ciudad Blanca (colección en la que, paradójicamente, aparecen unos cuantos planos en total "negro") todo está dirigido hacia un solo punto, que es el mar, y antes de él, la terraza. Queda por hacer (o yo no lo conozco) un estudio sobre cuánto ha contribuido la arquitectura vacacional, de costa, a una visión específicamente española del movimiento moderno. Explicaba Oíza, a raíz de su gran proyecto en Mallorca, que el verdadero reto del encargo había sido cómo construir una ciudad "intermitente" para una "masa nómada" que aparecería por ahí sólo unos meses al año, todos a la vez, y luego lo volverían a dejar desierto; y también, cómo tratar a todos ellos de forma igualitaria y darles lo que iban a buscar: el mar, el sol, las vistas, o el disfrute del buen clima. Esta cuestión de (y siento el término) "democratización arquitectónica" no es menor, y trae enseguida a la cabeza —para quien tenga algo de cultura— a lo mejor de la arquitectura utópica francesa de un par de siglos atrás: la de Boulée, la de Durand, y sobre todo, la de los falansterios de Fourier. También hay que reconocer lo valientes que eran los promotores de entonces (en este caso los hermanos Huarte) al confiar en arquitectos así, y al creer en ideas de este tipo. Juntos (arquitectos, promotores) supieron enlazar, desde el páramo que era nuestro país, con lo mejor de la cultura de fuera, presente y pasada: y eso que sólo trabajaron los franquistas, si lo hubieran hecho también los represaliados, ¡vaya generación!
Pero vuelvo a lo que iba, que me disperso; la terraza: ese espacio ambigüo de intercambio entre el apartamento y la bahía, que, en Alcudia, comienza casi en el vestíbulo de la casa. Sí: porque, desde el perfil quebrado de la planta (que busca las mejores vistas, la mejor hora de sol; que resguarda la privacidad respecto al vecino de al lado) hasta el escalonado en sección (que permite el total asoleo del balcón; que, gracias a la jardinera interpuesta, aísla totalmente de los apartamentos de arriba y abajo sin quitar una pizca de sol) todo está pensado con la vista dirigida hacia afuera. Igual que, en el interior, los quiebros del suelo, que permiten una visión gradual y descendiente del horizonte marino, y también la manera en que se organizan (al modo de LC en la unidad de Marsella) los muebles y nichos de la cocina y sala. En fin, una maravilla.
Nuestros alumnos de este cuatrimestre están ahora ocupados en proyectar un ala de hospitalización de larga estancia adosada al Hospital del Mar, junto a la Barceloneta. No paramos de insistirles —seguro que nos acabamos poniendo muy pesados— sobre la necesidad de tener, en un programa así y en semejante ubicación, un espacio de curación al aire libre: un lugar mediante el cual la arquitectura sea capaz (metiendo el mar en la habitación; sacando al paciente al paisaje) de ayudar a esas personas a que sanen más rápido, o, si eso es imposible, a que pasen más dignamente el trauma de su enfermedad. Los más observadores han concluido enseguida que al mar (especialmente al Mediterráneo: de violentos temporales de levante en invierno; de excesivo deslumbramiento el resto del año) no se puede mirar de frente, de la misma manera que al sol, aunque nos beneficie y guste, nunca dirigiríamos la vista sin unas gafas puestas.
Cuánto debe la terraza a los sanatorios diseñados por médicos en los años '30, a las curas de helioterapia que recetaban a sus pacientes tuberculosos, con el pecho al aire, en las cumbres de los Alpes. Sobre esto ya me entretuve en el capítulo "Del higienismo al eugenismo" de Habitar la cubierta, donde comentaba cómo, gracias a ese concepto de curación estática al aire libre, se creó un nuevo prototipo habitacional que tenía como elemento definitorio la terraza. Y antes de eso, de Döcker y su terrassentyp, habían estado, claro, los experimentos de visionarios como Loos con su hotel escalonado, o Sauvage y sus apartamentos aterrazados. Si hoy en día ya nadie duda de lo equivocado que era pretender curar a esos enfermos infecciosos mediante la inmovilidad, es necesario reivindicar que sí es posible —y mejor— una curación al aire libre. Y eso es lo único que nosotros pretendíamos con nuestro enunciado: recuperar, redefinir, el concepto de habitación con comunicación exterior, para romper de una vez con la tendencia —estanca, seriada, meramente funcional y casi inhumana— con que se ha diseñado la arquitectura hospitalaria durante ya demasiados años. Enfermos hospitalizados, ¡salid a vuestras terrazas!
Alzados laterales de la Ciudad Blanca, dibujada en negro por Oíza para su proyecto de ejecución (1961)
Aquí dibujamos a mano 
(Continuación a La carta; obra relacionada, Piso en Lluís Vives)
Proyectar mancha (las manos, el papel); las obras, también (croquisAM, abr13)
(Continuación a Pasarlo bien)
1. Los señores elegantes
Como buen alumno del Liceo Francés que soy, tengo el feo vicio de mirar, casi antes que nada, a los zapatos de la gente que me presentan o conozco por primera vez: primero la cara, luego los pies, y después ya vendrá el resto. Aunque no estoy nada orgulloso de este tic pijoprogre que arrastro desde la adolescencia, debo confesar que a veces me resulta un filtro la mar de útil; por ejemplo cuando, en su día, debí atender a las reuniones informativas para el cole de los hijos, fui capaz de descartar (a priori) un centro para ellos porque en la sala había, en pies de padres y profesores, más botas de trekking de lo normal; cuando el director abrió la boca y oí su discurso, entendí que no me había equivocado.
Ya vimos en Vestir bien (al hablar de los botines afilados de Chéjov, de las botas lustrosas con espuelas de Tólstoi) cómo el calzado suele marcar la elegancia definitiva de una persona o, llegado el caso, arruinarla por completo, por muy cuidado que lleve el resto. Aunque, por lo general, y como ocurre con los zapatos de gángster de Chicago (a medida, acharolados, de cordones) que calza Mies frente al Lake Shore Drive, lo de arriba suele confirmar a lo de abajo —y viveversa— dentro de un todo elegante que se proyecta hasta los andares, la mirada, o la manera de apretar con la mano el frío tubo de acero de una barandilla. En personas así (Chéjov, Tólstoi, Mies, o Philip Roth) resulta difícil encontrar fisuras, y por mucho que se observe nunca aparecerá una sopresa incómoda del tipo calcetín blanco (otra bestia negra de los ’80).
2. La diagonal
Pero caminar es mucho más que eso, y va más allá de pasear orgulloso un buen par de zapatos (ya sean cerrados, de cordones o tachuelas), porque afecta al mismo diseño de la ciudad. Después del triunfo (en España aún muy parcial) de la bicicleta al hacerse un hueco en la calle, toca ahora reivindicar el sitio, y la importancia, del peatón. El bien que causa la bici sobre la salud, el aire que respiramos, o la movilidad, ya no lo discute nadie; pero cuidado: el espacio ganado por esa (aún precaria) infraestructura ciclista no se ha hecho, como debiera, a costa del coche, sino del eslabón más débil, que son los que van a pie.
Cualquier que se haya dado una vuelta por el tramo central de la Diagonal de Barcelona sabrá de qué estoy hablando. Es cierto, sí, que existe allí un carril-bici, pero se ubica en el sitio y de la forma equivocada. No en la calzada y protegido por separadores de goma (o, mejor aún, en una cota intermedia entre calzada y acera, como en Copenhague o Ámsterdam), sino robando una buena porción de espacio a los peatones, de los que sólo separa una raya blanca pintada en el suelo. Por no hablar, claro, del giro absurdo de los taxis que impide que circulen bien las bicis, o (peor aún) de la increíble tolerancia hacia las motos, auténtico vehículo mimado aún hoy por el Ajuntament, a las que se sigue permitiendo, contra toda lógica, aparcar sobre la acera.
Así camina el peatón por la Diagonal. Temiendo ser arrollado, por su espalda, por alguna de las bicis que bajan a toda velocidad desde la Universitaria, tragando los humos y malos modos de los motociclistas que transitan por su espacio buscando estacionamiento. Los problemas están al orden del día: coches que se llevan por delante a ciclistas; biciletas que atropellan a peatones; trifulcas varias y diarias, en cada esquina... en un lugar donde sencillamente no cabe todo lo que se le pide, si no es reduciendo carriles para coches. Sólo empujando desde abajo, desde ese eslabón más frágil, conseguiremos por fin arrinconar al vehículo de motor. Contra viento y marea, y algunos de manera muy beligerante, varios colectivos ya están en ello (destacable, desde Madrid, la labor de A pie), pero aún queda casi todo por hacer.
Y no se trata de crear "zonas peartonales", sino al contrario. Estamos en contra del monocultivo de usos sobre la vía pública, sea en el sentido que sea. Ya se trate de coches, triciclos, o gente a pie, es algo que no hace más que fomentar guetos (que son comerciales y turísticos en el caso de los centros históricos), y destruir el interesante ecosistema de interdependencias que genera la mezcla de usos. Pero no una mezcla cualquiera, y tampoco el recurso demasiado simple a la plataforma única, cuyo éxito y sentido depende de múltiples factores, como el ancho de la vía o la actividad comercial. Alfonso Sanz lo explica muy bien así (ver Guía de espacios públicos, pág. 67): “(...) todas las técnicas [de pacificación del tráfico] se basan en que los conductores tienen comportamientos inducidos por la lectura del entorno viario. En particular, determinan su velocidad como respuesta a la percepción de distintos elementos que constituyen ‘el paisaje’ de la vía [función, geometría, señalización, etc.]. Respuesta que se relaciona con el nivel de riesgo asumido por cada individuo, que sólo se modifica a largo plazo, y por la percepción que recibe de su entorno.”
Es decir, que sólo haciéndole temer el riesgo de atropellar a alguien podemos obligar a un conductor a aminorar la marcha. A pesar de lo contado más arriba, hay experiencias buenas en este sentido en Barcelona: los camareros siguen cruzando las calzadas laterales de la Rambla con su bandeja en la mano; las bicicletas siguen circulando por el mismo espacio que los coches en la Rambla de Cataluña, y consiguen con ello bajar la velocidad general; diferentes jerarquías de viario conviven en el muy interesante experimento de las supermanzanas de la Vila de Gràcia... Lástima que estas soluciones de éxito contrastado no se decidan generalizar a todos los distritos.
3. California
A Rafi Balouzian le gustaba mucho caminar; tanto, que hacía a pie todos sus recorridos por Los Ángeles (una ciudad tan poco peatonal), de la universidad a casa, de casa a la universidad, y luego al trabajo. Kilómetros y kilómetros que se podrían contar por decenas de no ser porque siempre se cansaba antes de sus zapatos que del camino a recorrer. Aunque californiano de nacimiento, Balouzian es de origen armenio, y descendiente de una larga saga de zapateros artesanos. Es, además, arquitecto, pero este pequeño detalle no se lo tendremos en cuenta. El caso es que, un día, Rafi se animó a diseñar sus propios zapatos, para adecuarlos a algo tan simple y evidente como que le ayuden a caminar, y no al contrario, como ocurre casi siempre. Estudió bien la forma de la planta del pie, su ergonomía, la deformación que sufre al pisar, hasta dar con algo tan sencillo como reproducir, en negativo, la forma del puente, pero mediante una suela que no fuera elástica, sino rígida. Fue así como nació su colección de calzado Cydwok, “zapatos hechos a mano en California”, acrónimo fonético de acera (sidewalk). Desde su fábrica de Burbank (CA) y a través de sus pocos distribuidores mundiales (en España, NuSabates) presumen de fabricar cada par artesanalmente y con materiales naturales.
Los Cydwok son para el caminante urbano lo que la Brompton al ciclista en la ciudad: no un capricho caro, sino una herramienta útil, necesaria, y cuyo rendimiento y aspecto mejora con el tiempo y el uso. ¿Te gusta caminar, pero estás harto de la tortura ergonómica de los Camper, de la falsa elegancia de los Lotusse? ¡Necesitas unos Cydwok! Quien tenga unos dineros ahorrados (por desgracia no son nada baratos) no se arrepentirá de gastárselos en un buen par de esta marca. Sentirá no sólo cómo la piel de la contrasuela es un gusto para los sentidos (¡ay el pie!, qué lugar tan sensible al tacto, y ¡qué olvidado!), sino que le dará alas en sus caminatas. Y así, si embarca la Diagonal en el punto donde ya es amable para el peatón (los coches a un lado, las bicis bien separadas tras una hilera de árboles) podrá llegar a donde antes daba la vuelta cuando le dolían los pies (L'illa), seguir hasta pasado el Corte Inglés, rebasar sin darse cuenta el Palacio Real y la Universitaria, y colocarse, bastantes kilómetros hacia afuera (¡queremos más! piden los zapatos) en el mismo borde de Esplugues, allá donde según mis hijos "acaba la ciudad"; y no sigue no por falta de ganas, sino porque, en ese punto, la acera ya se convierte en arcén de autopista.
Preciosas botas Cydwok Aim, en cuero, cordones y tachuelas: yo tambien las quiero
Cap de Creus 
(Continuación a Los gestos más ínfimos)
El Cap de Creus, visitado por trabajo en Febrero13, con tramuntana de 130km/h (FotoAM)
Orfandad 
(Continuación a Athens in Baltimore)
En casa hemos terminado de ver, el viernes pasado, la segunda —y última hasta la fecha— temporada de Homeland. Todavía con la boca abierta por el inaudito final (¿como puede haber vida después de eso?), nos sentimos, como tantas veces, y ante la falta de una nueva temporada con la que seguir (se está rodando ahora), completamente huérfanos.
Antes muerto que citar en este blog a Elvira Lindo, pero debo reconocer que me siento identificado cuando, a raíz de esta serie, escribía el pasado domingo: “(...) espero, con la misma impaciencia con que el público anhelaba un nuevo capítulo de Dickens o de Mark Twain, mi cita con ese exsoldado americano que, tras ser liberado de años de cautiverio en Irak es sospechoso de haberse puesto al servicio de Al Qaeda. La relación ardiente y desconfiada entre el marine y la agente de la CIA ocupa mis noches. Costumbrista como sólo el cine americano sabe ser, y fantasiosos como sólo saben ser los guionistas americanos, noto que mi mente se limpia. Sólo sufro por ellos. Sufro sin dolor, porque como nos decían cuando éramos niños: la sangre derramada es de mentira.” (Sufrir sin dolor).
Nosotros también: el tiempo en que, por la noche, nos hemos entretenido con la turbulenta relación de esos dobles (aunque pelirrojo él, más alta y guapa ella) de Steve McQueen y Jodie Foster ha sido un tiempo de felicidad completa, ajeno al mundanal ruido que nos había rodeado en el día previo. Porque, en casa, las series de TV han sustituido no sólo al cine (lo cual, en mi caso, no era demasiado difícil), sino también, y por momentos, a la literatura (lo cual ya tiene algo más de mérito). ¿No es eso, precisamente, lo que distingue una buena historia o narración? ¿Que te abstrae, mientras dura, de todo lo ocurre a tu alrededor? ¿Que sientes, cuanto termina, una terrible orfandad? ¿Qué será de mí, mañana, —se dice uno— sin esto? Por suerte, siempre hay un después, y en general a través de otras obras que hasta entonces desconocías.
Así, y desde que hace unos años fue Elena la que nos introdujo en el mundo de las series, hemos pasado (y las ordeno por cuánto —de menos a más— me han importado) por la violencia de los gánsteres sobre las pasarelas de madera en Atlantic City (Boardwalk Empire); la duda sobre si debemos reconocer —y reaccionar— al acecho del mal (en la mitad Tolkien, mitad Shakespeare, Juego de Tronos); la constatación de que siempre hay esperanza —a través de la música— en medio de la tragedia (Treme); la otra constatación —en el sentido inverso— de que en medio de la esperanza, siempre se acaba confirmando que el sistema es corrupto (The Wire); la identificación con que el papel de manetenedor —supplyer— de una familia a veces obliga a traspasar las líneas de lo correcto (Breaking Bad); o, por encima de todo ello, pensar que existe un mundo en que triunfa, después de todo, el bien y la inteligencia (The West Wing)... ¡cuánta felicidad junta! Pero ahora, terminada Homeland, que tiene un pedacito de cada una de las anteriores, ¿alguien me puede recomendar algo para saciar esta abstinencia?
El drama social de los arquitectos 
(Continuación a El nuevo arquitecto)
1. Recuento
¿Por qué nadie habla del drama, social y personal, que supone la situación de los arquitectos en España? Si omitimos el tono pasteloso y paternalista de algunos artículos de prensa —que sí lo hacen—, la profesión se halla ocupada en otras cosas, sumida como está en un profundo proceso de regeneración: se suceden los ejercicios (sanos) de autocrítica; se multiplican las plataformas (espontáneas e independientes) de defensa de nuestros intereses; se calienta, por semanas, el debate (a veces intensísimo) en la red; un lugar —la red— que, ante la inacción de universidades y colegios profesionales, se ha convertido a la vez en un consuelo colectivo, un refugio, y (más importante aún) el único espacio donde se ejerce una crítica independiente.
Entre las plataformas, escojo, por su beligerancia, al Sindicato de arquitectos. Entre las voces críticas, a @fredymassad (por no tener pelos en la lengua; por tumbar, siempre con argumentos, las cosas que detesta; por escribir con tan buena prosa) y a @j_echarte (por su denuncia infatigable, a lo Robin Hood, de las artimañas y fraudes del sistema; por escribir de forma tan mordaz y divertida). Esto por hablar de los veteranos de mi blogroll, pero en nada desmerecen compañeros recién descubiertos como @jesus_izq o @jaumepratarq... o varios otros a los que no menciono aunque también debiera.
Cuidado, en cambio, con las plataformas que camuflan el mantenimiento del statu-quo de los de siempre (Arquitectos por la Arquitectura), esos pocos que tuvieron las riendas del sistema durante las vacas gordas, y pretenden seguirlas manejando aún hoy; prevención, también, frente a la falsa crítica, que de tapadillo oculta, como lo ha hecho siempre, intereses comerciales manejados por los periódicos: una forma de publicidad encubierta a favor de algunos pocos negocios de arquitectura, escogidos con criterio más promocional que cualitativo. El paradigma máximo de esto sigue siendo la sección de arquitectura de El País, más educada ahora en el tono que en otros tiempos, pero con idénticos propósitos. ¿Cuándo aprovecharán esas páginas para, por ejemplo, explicar la arquitectura desde un punto de vista popular o mainstream —esto es, para todos los públicos—?
Vaya oportunidad perdida, desde luego. ¿El crítico al servicio de un interés comercial? Sí; esto que parece un perfecto oximorón ha sido la tónica general durante los más de los 30 años de la Cultura de la Transición (CT): una cultura acrítica (valga tal contradicción) y sumisa, al servicio del poder económico y político, y pocas veces de la verdad, el conocimiento o el progreso, que es a quienes se debe. Ésa, y no otra, es la razón principal de nuestra ruina moral como país (España) y, por extensión, como disciplina (la arquitectura española). Sin embargo, es bien visible que la letal CT vive hoy su agonía, y, aunque morirá matando, hay que congratularse de que una nueva herramienta (internet) haya permitido el despertar crítico en todos los campos, también en el nuestro, ¡bravo!
Mucho cuidado, también, con los falsos debates: para mí, y con todo el respeto para los que honestamente se han implicado en combatirlo, el último episodio (el suscitado por la famosa LSP) no es, al fin y al cabo, otra cosa. Si alguna vez hubo una lucha con nuestros competidores directos (ya fueran ingenieros o aparejadores) hace tiempo que quedó, en el terreno práctico, perdida: sin ir más lejos, con la fatal intromisión en nuestro trabajo que supuso el CTE. No debemos olvidar, además, que la LSP no es más que un borrador en formato PPT de... ¡21 páginas!, es decir, un ingenioso globo sonda para que desvelemos nuestras cartas y nos hagamos definitivamente vulnerables. Al respecto, y a pesar de que estoy seguro de que “(...) la arquitectura es demasiado importante para dejarla en manos de nadie que no se sienta atado a [la] vieja y denigrada herencia de Vitrubio [incluidos los arquitectos]” (@santidemolina, Sobre la necesidad de la arquitectura) y de que debemos “(...) intentar dejar de ser tan obligatorios para pasar a ser más necesarios” (@j_echarte, N+1), sigo sin poder explicar a mi cliente, y tampoco a mí mismo, para qué sirve exactamente un colegio de arquitectos, que a ambos nos supone un gasto... salvo para corroborar lo que ya dice mi título universitario.
Y no ya cuidado, sino resignación, con nuestras universidades. Mientras los rectorados sigan enfrascados en salvarlas de la bancarrota que ellos mismos han provocado; en tanto que las escuelas no osen reorganizar sus planes de estudios de acuerdo con el mundo profesional real; y hasta que los departamentos de proyectos no dejen de ver, fuera de ellos, enemigos allá donde en realidad hay oportunidades de colaboración, o sigan ignorando que el proyecto arquitectónico lleva implícita una metodología de investigación perfectamente trasladable (y por tanto financiable) a parámetros I+D de evaluación... En resumidas cuentas, mientras nadie desde ahí dentro se atreva a reivindicar, bien alto, que la nuestra es —y a mucha honra— una disciplina a mitad de camino entre la ciencia, las humanidades y el arte (y que eso no supone un lastre, sino una virtud)... poca esperanza debemos albergar por ese camino.
2. El problema social
Todo lo anterior es muy interesante, pero, mientras, ¿quién habla del lado humano de toda esta historia? ¿Por qué tanto silencio, tanta cautela al mencionarlo? Quizás, ¿por no ahuyentar a los pocos clientes que pueden seguir ahí afuera buscando nuestros servicios? ¡No seamos ingenuos!: además, es bueno que ellos también lo conozcan. Yo más bien creo que se trata de una mezcla de pudor y buena educación, dicho esto en el sentido más honroso del término, el de no tener ganas de molestar.
Lo cual, unido —por un lado— a una cierta candidez de pensamiento, a una relación —por otro— ancestralmente torpe con el dinero, y añadido —por último— a una excesiva atomización, que hace imposible eregirse en un lobby unitario y colectivo de presión (como han hecho sin problemas nuestros competidores) acaba por servir el cóctel perfecto. Un cóctel, que por si fuera poco, se ve enturbiado por la sorprendente incapacidad de explicar su trabajo a la sociedad en términos inteligibles. Todo ello ha infligido a los arquitectos un sufrimiento añadido a los ya existentes: a ser, de lejos, la profesión más afectada por la crisis (con niveles de paro que superan el 80%), a protagonizar, en un lento e imparable goteo, la diáspora al extranjero más extraordinaria y numerosa, se suma (y no es un problema menor) la aridez de estar viviendo estas dificultades en una absoluta invisibilidad social.
Porque (hay que recordarlo), los empleados de Nissan tienen sus herramientas de negociación colectiva, y los despedidos por el ERE de El País, su indemnización y prestación de desempleo: por poner dos ejemplos entre otros posibles, con los que desde luego me solidarizo, pero a los que distingue que se han hecho oír bien fuerte. Nada de esto ocurre entre los arquitectos. No hay ruido, ni sindicatos, ni negociaciones, ni despidos, ni, por supuesto, paro. ¿Cuánta gente, fuera de la profesión, conoce esta realidad?
Lo cual es una situación totalmente paradójica tratándose de un trabajo altísimamente cualificado, con unos estudios que aún albergan gran prestigio social; una actividad que aporta a la sociedad un gran valor añadido: una ocupación, en suma, útil, honesta, necesaria y, como todo lo cultural, no prescindible. Además de que, como bien dijo un día @unbreakmypants, “(...) se trata de una carrera demasiado difícil como para que acabe convertida en un mero hobby”.
3. El drama personal
Nosotros no tuvimos la culpa del boom inmobiliario; tampoco, en general y como conjunto, hemos destrozado la costa o el perfil de nuestras ciudades. No nos hemos siquiera lucrado con ello, han sido otros. Trabajo tuvimos, sí, pero hincando los codos durante horas sobre el tablero o el ordenador.
Tengo compañeros que viven dramas tremendos: o bien han emigrado, a una edad ya nada joven y con toda la familia, a lugares donde no llega un avión de una sola tirada; o tienen préstamos enormes que devolver, porque los bancos —siempre oportunos— les comenzaron a retorcer el pescuezo en la renegociación de sus pólizas cuando vieron que los encargos comenzaban a flaquear; otros deben de hacer frente, desde el paro, a altísimas cuotas de seguros de responsabilidad civil (el famoso Asemas), con tal de proteger su integridad y la de su familia durante los diez años de posibles demandas que genera una obra: capitalizar estos seguros es una opción imposible y millonaria; casi todos se encuentran, como dije, sin prestación alguna de desempleo, tan extendido llegó a ser el formato de los falsos autónomos no contratados. Hay, cómo no, y provocado por esta situación, divorcios, enfermedades, dolorosas separaciones de socios que trabajaban como uña y carne, cierre de locales con solera, depresiones, nervios, ansiedad.
4. ¿Y uno mismo?
Y de todo lo anterior, contado en segunda o tercera persona, me preguntaréis ¿qué hay de ti? Por suerte, nada grave: ha habido momentos difíciles, por supuesto, pero a día de hoy sigo a flote. Físicamente —me dicen— he recuperado durante este tiempo los 3 años que mi aspecto, al parecer y hasta antes de que esto empezara, restaba a mi edad real; y probablemente añadido alguno de más. He cerrado la sede original de un estudio que, aunque funcionaba bien, sufría de sobrepeso y sobrefinanciación; pero no el negocio, que he reconvertido en un taller digital-artesanal (juro que eso es una posibilidad), a veces mínimo, otras absolutamente elástico, porque, como diría Giancarlo Livraghi “(...) la prisa que necesitamos no es el crecimiento inicial, sino la velocidad de reacción”. Soy feliz así, y lo disfruto mucho más que antes.
Ha cambiado la forma de trabajar: muchas cosas se dibujan a mano, y el ritmo a que se avanza lo marcan a la vez esa manera de delinear y el pedestre software que maneja esta web; todo lo que no se pueda explicar bien así, es que va demasiado deprisa. He creado, gracias a este sitio en internet, algo parecido a una “marca”, cosa que aún no sé si me beneficia o perjudica. Sigo convencido de que involucraré a alguna universidad en lo que he explicado más arriba (proyecto como I+D: si no lo quiere creer una de aquí, lo entenderá seguro alguna del extranjero); continúo también con mis clases, más por vocación que por supervivencia. Aún así, y sorprendentemente, algunos clientes (todos privados, ninguno ya público) me siguen en este camino: se quieren gastar ahora el dinero poco a poco, y no de golpe, como hacían antes; hay que hacerles los proyectos por partes. Y eso está bien. Ellos, a su vez, asumen que cuando entonces recibían el trabajo en dos meses, ahora se tarda cuatro. Y no pasa nada.
Digital y artesano al tiempo: una buena opción para tiempos de crisis (Foto AM, invierno13)
Por el mercado de Tánger 
(Continuación a La toma de datos)
He estado en Tánger este cambio de año. Es un sitio al que os recomiendo ir: está a un tiro de piedra de Tarifa en ferry rápido, se puede visitar bien a pie (tanto la medina como la ciudad colonial) en un solo día, y por la noche tomar el último barco de vuelta a Europa. Ofrece un inequívoco sabor marroquí; cierto que no es Fez ni Marrakech, pero como primera incursión con hijos en el mundo árabe, y en otro continente, no está nada mal. Los hijos (H. y C.) son los dos que aparecen de espaldas en la imagen (chaquetas negra y gris, respectivamente): concluyeron que esa cashbah era un lugar fabuloso y divertidísimo, aunque —aclararon— no lo suficiente como para vivir allí. Pero, ¿por qué no? Los padres (A. y N., que están detrás de la cámara) no lo tienen tan claro, y comentaron —algo preocupados— cómo por primera vez no lo habían encontrado tan diferente de España, incluso en algunas cosas (la actividad constructiva en la bahía; el ánimo general; la amabilidad de trato) francamente mejor... ¡así estamos!
También allí he seguido fijándome en los mercados. No en los financieros, sino en los de abastos, que es el tema que ha ocupado durante el cuatrimestre de otoño a nuestro taller de proyectos TapD. Ah, los mercados marroquíes: ¡qué olor, qué ambiente, qué textura tan diferente! Mientras nos paseábamos por el de Tánger (que, en el día de nuestra visita, mezclaba el permanente —ocupando, como se ve en la foto, callejones de la medina— con el semanal —con comerciantes bereberes vendiendo sobre las aceras—) pensaba yo que ya estaba echando de menos, antes incluso de que concluya (se entrega el trabajo final la semana que viene), ese taller. Porque, ¡vaya curso, amigos! Divertido, trabajador, interesante e interesado, en fin: ¡excelente! No sé si ello tiene que ver con... a) un buen grupo, b) un enunciado acertado, o c) los cambios de funcionamiento que hemos introducido. Probablemente con una combinación de varios de estos factores. El grupo ha sido, desde luego, bueno: entre los mejores, sino el mejor, de mi experiencia como profesor. El enunciado (la ampliación del antiguo mercado de Pere San, en el casco antiguo de Sant Cugat), a pesar de provocarnos muchas dudas cuando lo planteamos (si una temática así conectaría con las preocupaciones de los estudiantes; si el sitio, el edificio y el programa no eran demasiado complicados) ha supuesto, creo, un éxito contundente.
Pero si hay algo que en esta última edición ha cambiado de verdad ha sido la manera en que se han organizado las clases. Lo dije el primer día, y lo mantengo: cuando se nos aumenta la cuota de alumnos en un 50%, se nos reduce el salario en un 20%, y se nos corta cualquier posibilidad de promoción dentro de la universidad, las clases no pueden seguir siendo iguales. Y las consecuencias de este cambio no sólo deben de caer sobre las espaldas de los profesores, sino que las deben de compartir también los alumnos y la universidad: ellos (los alumnos) lo han hecho, parece, muy a gusto; han cogido más responsabilidad, más autonomía, más dinámica de grupo. Queda ahora que la institución que nos acoge haga algo por su parte, acabe con su inacción, reconozca (por qué no) su culpa, y proponga sus alternativas. Mientas esto llega, nuestras clases han sido mucho menos personalizadas; se han convertido en sesiones de crítica colectiva, en las que todos opinaban y aprendían, a menudo sobre el trabajo ajeno. Como dije en otra ocasión, creo que cuando una clase funciona bien el profesor debe de dar un paso atrás, callar y aprender él mismo de cómo un alumno aprende, y, mejor aún, de cómo lo hacen varios de ellos dialogando. Algo de esto ha ocurrido en muchas de las sesiones de este cuatrimestre; y lo que empezó como un cambio por necesidad se ha convertido en una transformación del método docente por convicción, que no creo tenga marcha atrás.
Por si lo anterior fuera poco, hemos compartido enunciado (y dos correcciones conjuntas, una en Barcelona, otra en Madrid) con la Unidad Docente Berriochoa de la ETSAM (UdB), lo cual ha sido también una experiencia muy interesante; y la segunda de esas sesiones, uno de los mejores actos académicos que yo haya podido vivir. Cuando está de moda decir que todos los puentes caen, nosotros hemos visto cómo se tendían pasarelas de todo tipo, de forma rápida y espontánea, entre uno y otro grupo. Gracias especiales por ello a los profesores de la UdB. Y nada de lo anterior podría haber ocurrido de no haber puesto en marcha un auténtico campus virtual. No el clásico moodle que nos ofrece la universidad (software obtuso donde los haya: el autocad, el wordfperfect de los programas colaborativos), sino con el mucho más intuitivo y ágil Basecamp: ha sido una traslación perfecta a la red del ambiente de crítica conjunta vivido en la clase, además de un estupendo soporte de información.
Quizás resulta aventurado avanzar esta opinión cuando aún queda la semana final de trabajo, antes de la entrega final del lunes que viene. Pero me ha apetecido hacer dos cosas. Primero, agradecer a mis alumnos su curso tan valiente, y felicitarles por el trabajo hecho hasta ahora: éste nadie se lo podrá quitar, y, a la espera de la calificación final, es algo que cuenta ya mucho. Y lo segundo, animarles a no dejar de trabajar, y hacerlo con precisión, en esta última recta. Dibujando poco y bien: porque, como decía hace un año, una mala presentación puede dar al traste con un buen proyecto, mientras que, en el sentido contrario, una buena puede levantar otro que provocaba dudas. ¡Ánimos!
(Sobre una incursión a Tánger en un día, leer también —buen texto y mejores imágenes—: El sueño de Tánger, por José Luis Muñoz).
Mercado de abastos en la medina de Tánger, visitado el último día de 2012 (foto AM)
Tajamar 
(Continuación a A 7 metros bajo el nivel del mar)
Tajamar. 1. m. Arq.: "Parte de fábrica que se adiciona a las pilas de los puentes, aguas arriba y aguas abajo, en forma curva o angular, de manera que pueda cortar el agua de la corriente y repartirla con igualdad por ambos lados de aquellas." (RAE, 22ª edición, 2001)
Los tajamares -aguas arriba- del puente romano de Córdoba, fotografiados en Nov2012 (FotoAM)
Los trenes de vuelta 
(Continuación a Tras los pasos de Josef K., sigue en Al retirar los andamios)
"El tiempo dispone, de esta manera, de trenes exprés y especiales que llevan rápido a una vejez prematura. Aunque sobre la via paralela circulan también, casi igual de veloces, los trenes de vuelta". (Marcel Proust) *
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El otoño ha sido tan intenso, cargado de trabajo, y políticamente movido, que no he tenido materialmente tiempo hasta ahora (entrado ya diciembre, a las puertas del invierno) de cumplir con una tradición establecida aquí desde hace años: compartir las lecturas que me ocuparon durante el verano. Antes de hacerlo, debo plantear dos advertencias. La primera, que ninguno de los tres libros de aquí abajo los he leído completos. Bueno, sí Las Crónicas Marcianas, acabadas hace muy poco; evidentemente no Antagonía, auténtica mole de papel, imponente en su peso, tamaño y duración; tampoco, ¡glups!, En busca del tiempo perdido, en la que me he permitido (profanando los cinco volúmenes intermedios) saltar directamente de Por el lado de Swann, acabado hace unos años, a este El tiempo recobrado de este verano. Lamento esta vena de lector irreverente y heterodoxo de la que, lo aseguro, no estoy nada orgulloso. La segunda advertencia es que, ¡atención!, a continuación siguen varios spoilers que desvelan por completo el final de En busca del tiempo.... Es decir que, si tienes las energías para proponerte abordarlo, no debieras seguir ahora leyendo, y que lo que sigue es para quienes lo hayan ya leído entero o... no lo leerán nunca.
Pero vamos a ver, Marcel, tío: ¿cómo que hay trenes de vuelta en los que podemos subirnos para revertir el paso del tiempo? Si te he entendido bien, eso es precisamente lo que nos prometes en esa frase, eso es lo que siempre se ha contado de tu obra, y eso es, precisamente, lo que me causó la impaciencia para saltar los cinco libros intermedios; aunque, probablemente, en este pecado he tenido mi penitencia. Nos narcotizas durante miles de páginas con tu francés envolvente, con tu estilo asmático de frases sin fin, que abarcan sin respiro ni punto y aparte capítulos enteros; nos entretienes con tu fauna parisina decimonónica, nos desvelas sus (y tus) bajas pasiones; nos mantienes en intriga hasta el final, conservando la ilusión de que nos desvelarás, por fin, que has encontrado la pócima (que podremos aplicar), o la estación en que para ese tren de vuelta (al que podremos subir) para... ¿para acabar así? Tras los efluvios de las madalenas, el tintinear de la cuchara que cae al suelo, el tacto del algodón en la servilleta doblada, o ese último (y determinante) traspié en un escalón de entrada a la reunión en un salón de los Campos Elíseos, que te recuerda al que tuviste en la puerta de la Basílica de San Marcos... y, cuando (en la última página) por fin acabas de entenderlo todo, de encajar el puzle, te miras las piernas, y ves que ya están demasiado arqueadas para pegar el salto del andén al tren; te observas al espejo, y ¿concluyes que las arrugas y la fatiga son demasiadas como para emprender esa escritura redentora que nos has anunciado desde el principio?
Quedé tan trastornado con el final de El tiempo recobrado que debí recurrir enseguida a lo que (según Ignacio Echevarría, según Vargas Llosa) era su mejor sucedáneo: la Antagonía de Luis Goytisolo (LG). Un libro que me acompaña despacio, aunque infatigablemente, en este otoño convulso; por ello, precisamente, me veo incapaz aún de anunciar si Raúl Ferrer Gaminde (RFG, trasunto del propio LG; casi primo hermano, aunque en catalán y en los ’60, del protagonista de Proust), logra, él sí y a través de la escritura (el último volumen es una vuelta de tuerca que ni siquiera Proust intentó: la propia novela escrita por RFG) esa redención tan deseada. Sí puedo avanzar, en cambio, que encuentro a LG uno de los grandes escritores españoles del XX (sorprendetemente infravalorado y desconocido, a la estela de su mucho más apagado hermano Juan) y a Antagonía la gran novela sobre Cataluña que tenía pendiente encontrar. Sobre Cataluña, y fundamentalmente sobre Barcelona, y ésta que sigue (con los topónimos aún de los ‘60) la mejor descripción de mi ciudad que yo haya leído:
“(...) Nuria se cogió a su brazo, los dos parados ante la baranda metálica (...), dominando la ciudad entera, tentadora, tendida, abierta hasta perderse en un acabamiento brumoso (...). Al fondo, a partir del puerto, se distinguían los campanarios góticos del casco antiguo, intrincado y prieto, y circundándolo la cuadrícula del Ensanche (...) que, ciudad arriba, se prolongaba hasta los barrios residenciales, San Gervasio, Bonanova, Sarrià, Pedralbes, ya en las laderas sequizas, y a los lados quedaba bloqueado por los núcleos y las barriadas populares, la Barceloneta, Pueblo Nuevo, San Adrián, San Martín, La Sagrera, Santa Coloma, El Clot, San Andrés, Horta, Collblanch, Sants, Hostafranchs, Hospitalet, El Port, Casa Antúnez, distritos proletarios, el cinturón rojo de revueltos humos industriales.
(...) Cuando Nuria sacó fotografías de la ciudad, sus cabellos al viento, una ciudad chata, cuadriculada, compartimentada, yuxtapuesta, superpuesta, anárquica, inestructurada, inmensa, sumida en una bruma baja embebida por el sol, extendida al pie de las colinas, el Turó de la Peira, la Montaña Pelada, el Monte Carmelo, colinas desnudas, colladas hacia el Besós como estribaciones del Tibidabo, a la izquierda, y a la derecha Vallvidrera, San Pedro Mártir, lomas en descenso sobre el llano del Llobregat. Y frente por frente, descollando por encima del puerto, por encima de la neblina de brillo salino, Montjuich, penetrando en la ciudad como un cabo acantilado; Montjuich, con su Morrot, sus cimas y simas, ahí, monte de los judíos, con sus canteras y losas, sus fosos y fosas, sus parques y descampados, sus barracas de hojalata y sus palacios artificiales, un monte ahora desvaído, a contrasol, penetrando como un morro amoratado.” **
¡Preciosa descripción geográfico-enumerativa! Aunque, como ya contaba antes del verano, no van a ser ni Proust ni Goytisolo, sino Bradbury el que tenga razón: porque se debe “(...) escribir sólo lo que a uno le divierta. Escribir sobre cosas que uno odia y ama. Escribir sobre cualquier vieja historia que a uno le venga en gana”. Dedicarnos más a lo que nos divierte que a lo que nos inquieta puesto que, como bien comprobaron el Capitán Williams y el resto de su tripulación de la segunda expedición a Marte ***, todo, al final y después de un largo viaje, acaba siendo una pesada broma: por mucho que ellos se lo expliquen a los marcianos (“Earth. Rocket. Man. Ship. Space”), éstos, tomándoles por locos, nunca les creerán y los encerrarán para siempre, como ya hicieron con los de la primera expedición. O que (como muestra la ilustración de José Manuel Ballester para la portada de Antagonía), en la sala de Las Meninas, tras todos los ensayos de geometría imposible llevados a cabo por parte de Velázquez, tras nuestros esfuerzos por entender sus ensayos y pensar que esa geometría era viable, resulta que: ni existe Velázquez, ni estaban en la sala las meninas, el perro, la enana, la monja, o los reyes; sólo el lienzo, la luz lateral, el espejo, y (sobre todo) la puerta que, al fondo y con seis escalones, nos lleva ¿adónde?
* "Le temps retrouvé", en Éditions Gallimard. París, 1992. pág. 237.
** "Antagonía", en Editorial Anagrama. Barcelona, 2012. Págs. 94-95.
*** "The Earth Men", dentro de The Martian Chronicles, en Harper Collins. Londres, 2008. Pág. 33.
Las tres lecturas del pasado verano, reseñadas con 4 meses de retraso (montaje: AM, dic12)
5 razones para un (no) voto 
(Continuación a El exilio interior, sigue en Un rayo desde poniente)
Para evitar una peligrosísima pinza entre dos mayorías absolutas de las dos grandes derechas nacionalistas (PP y CiU) de España, es importante votar este #25N, y no votar a CiU. #NoVotisCiU por, al menos, 5 razones:
1. #CataloniaIsNotCiU
2. #CiUEnsRoba
3. #CiUEnsPega
4. #CiUEsTroika
5. #OjoConTuOjo
Y otras 5 dudas (en los comentarios) que muestran la soledad de un votante, catalán, de izquierdas, y no independentista.
La vida de los edificios 
(Continuación a San Baudelio)
Superposición de romano, musulmán y gótico en la quibla de Córdoba (Foto AM, nov12)
Con España en la retina 
(Continuación a ¿Tiene Madrid un skyline?)
¡Cómo ha cambiado España en los últimos 40 años! Quien no lo quiera ver es que no tiene ojos, o —peor aún— memoria. Conviene recordar esto ahora que parece que el país, en todos los sentidos, se va a pique. El curso pasado estuve involucrado en un interesantísimo proyecto de investigación promovido por la Fundación Universidad Autónoma de Madrid. El proyecto (“Archivo de la Memoria Geográfica”) trata de reproducir ahora algunas de las tomas de paisajes comprendidos en los fondos fotográficos de conocidos geógrafos o urbanistas que trabajaron en nuestro país a mediados del siglo pasado, siendo su objetivo doble: el primero, identificar y realzar cuál era la metodología propia a cada uno de esos autores originales, cuál su intención al enmarcar y fotografiar aquellos paisajes de una manera y en un momento determindados; y el segundo, entablar un estudio comparado entre la toma original y la contemporánea, con tal de poder valorar cuánto han cambiado esos entornos.
Y, efectivamente: ¡cuánto han cambiado! A mí me tocó trabajar con paisajes urbanos, y, en particular, con los de las periferias de Madrid. Y tomando como base el archivo del urbanista José Martínez Sarandeses (a la sazón, mi propio y difunto padre). Una de las directoras del proyecto sugiere que aquellos barrios nuestros de finales de los ’60 no son tan diferentes a lo que hoy se puede encontrar a las afueras de las grandes ciudades chinas; aunque no tengo la suerte de conocerlas in-situ (a las ciudades chinas, ni de entonces ni de ahora) estoy seguro de que no le falta razón.
Los paisajes urbanos que retrataba Sarandeses en los ’60 nos muestran enormes polígonos de bloques en construcción, según los planteamientos más ortodoxos del planeamiento moderno, pero sobre un país de cabras... que hoy ya no es tal: donde allí no había más que barrizales y charcos, hoy encontramos entornos muy verdes y consolidados en su urbanización; donde había esqueletos de hormigón sin acabar, hoy vemos bloques con 40 años de edad, que a pesar de sus achaques han envejecido con una envidiable naturalidad; y por donde en esos años circulaban minúsculos Seat 600 o incluso viejos Citroën de antes de la guerra, hoy lo hacen híbridos de Toyota u Honda.
Hasta qué punto de ese pasado precario podremos volver a retroceder ahora, es toda una incógnita: esperemos que no demasiado atrás. Lo que sí es necesario es, de vez en cuando y en medio del fragor cotidiano, hacer un pequeño ejercicio de memoria retrospectiva. Porque, además (y en uno de esos curiosos bucles —ni buscados ni queridos— que cierran en el campo profesional un círculo que comenzó en el personal) sirve para recapitular un poco la historia íntima de cada uno: no en vano, los que entonces nos sentábamos en las filas traseras de esos Seat, mientras nuestros padres hacían las fotografías, somos hoy los que conducimos el coche, con los críos detrás.
(Gracias a MaríaC, MarcosM, JosefinaG, ConchaS y ÁngelaG por ayudarme a localizar varios de los emplazamientos, algunos a primera vista imposibles de reconocer)
La Ciudad de los Periodistas de Madrid, en 1969 y 2012 (por JMS y AM)
Dentro de una bandera de roca, tela y cristal 
Domingo 14 de Octubre de 2012
Publicado en: En proceso
(Continuación a Charla en la ETSAM)
He oído explicar el Pabellón de Alemania en Barcelona de muchas maneras diferentes. Todas interesantes, algunas más viables que otras, ninguna equivocada del todo: la complejidad de la obra iniciática de Mies van der Rohe es tal que propablemente las acepte todas ellas, incluso de forma simultánea.
Desde asociarlo a El horror cristalizado (así lo llamó Josep Quetglas); pasando por una reinterpretación hipermoderna y deformada del templo clásico (con su propio estilobato, períbolo y entablamento); siguiendo por la insistente vinculación que en torno a él se ha hecho con la pintura de las primeras vanguardias neoplasticistas (Van Doesburg y demás artistas de De Stijl); sin olvidar lo que tiene de alusión a los tres elementos en planta de la domus grecorromana (las fauces, el atrio y el peristilo)... Todo ello (pensamos juntos mis alumnos del CASB —a quienes lo acabo de proponer como ejercicio— y yo) sin duda cierto, pero aún incompleto respecto a lo que de verdad me parece que perseguía Mies.
Porque el pequeño pabellón de la falda norte de Montjuïc es, y significa, mucho más. La clave se la oí contar, allá por el lejano principio de los ’90 y en una clase vespertina de la ETSAM, al profesor Paco Alonso (PA). ¡Ay, el inefable Paco Alonso! Un personaje tan singular que, como bien apuntaba un día S. de Molina, ha conseguido llegar a la jubilación sin dejar de ser una eterna promesa. Ya fuera por suerte o prudencia, limité mi contacto como estudiante con PA (al contrario de lo que hicieron varios amigos, a los que hubo que rescatar de su influencia —demostrada a la larga como nefasta—) a un solo curso de proyectos.
Un curso, eso sí, en que él (con sus pelos, sus clases de 1/2 hora antes de que cerraran la escuela, sus extravagancias sin venir a cuento) nos mostró cómo distinguir lo importante de lo trivial, nos levantó un ánimo sepultado por 5 años de talleres inútiles y desmotivadores. Podría decir que PA me lo enseñó todo... si no fuera porque el resto de lo que de verdad importa me lo acaba de enseñar hace bien poco (con motivo de mi tesis doctoral) Carles Martí. Si de verdad existe la figura del maestro (Steiner defiende que seguro que sí: otra cosa es que lo sepamos encontrar) Carlos es sin duda el mío, y además uno encontrado tardíamente, cuando ya no se espera tener esa suerte ¡vaya lujo! Eso no quita que sienta por PA el cariño por las primeras revelaciones, aquéllas que hacen dudar si las cosas verdaderamente son tal y como nos las han contado. Además, yo de mayor quiero, como él, jubilarme sin dejar de ser eterna promesa, ¡claro que sí! Aunque, bien pensado, creo que debo empezar a elegir. Porque querer ser a la vez (que yo recuerde) como Ramón Gaya, Pepe Llinàs, León Tolstoi, y ahora PA, va a resultar difícil.
Bueno, a lo que iba, que me disperso. El profesor Alonso explicaba que la verdadera clave del Pabellón había que buscarla en los colores que envuelven a la sala principal, ésa donde se encuentran los muebles de cuero blanco de la serie Barcelona: a la izquierda, según se entra, un gran muro de ónice dorado, cuyas piezas justifican con su tamaño (el máximo a que se puede cortar sin que se rompa ese mármol precioso) la altura exacta del conjunto del edificio; bajo nuestros pies, la lana negra y de nudo grueso de la alfombra que, con 2/3 del ancho del ónice, llega hasta la cristalera; a nuestra derecha, y protegiendo al ventanal, una gran cortina de color vino: puede quedar —cuando replegada— casi invisible en un rincón, o bien —cuando corrida— cubriendo todo el ancho de la alfombra.
¿Adivináis qué bandera está hecha de los colores amarillo, negro y rojo? Sí, ésa exactamente: la de Alemania, país al que representaba el pabellón. Sencillo, ¿verdad? Pues debo decir que, después esa tarde lejana en la ETSAM, yo no he oído ni leído a nadie defender una sola vez cosa tan evidente. A veces la doy por tan indiscutible, que debo de tener cuidado en no contar el hallazgo como si fuera propio. Y no una bandera cualquiera, sino una tridimensional, en la que uno se puede meter dentro; una que, además y como si esto fuera poco, cambia —al correrse y descorrerse la cortina— con el tiempo: puro espacio cubista llevado a la arquitectura, mucho mejor y más complejo que una composición de Van Doesburg, ¿no creéis? ¿Se puede pedir más a un minúsculo pabellón (además efímero) hecho de un podio de travertino, 8 columnas de acero, y 6 muros de mármol que se pliegan sobre sí mismos?
Cortina, alfombra y ónice en la reconstrucción del pabellón alemán de Montjuïc (fotoAM, Otoño12)
La carta 
(Continuación a Manualidades, sigue en Aquí dibujamos a mano)
El exilio interior 
(Continuación a Impresiones de un turista a 350 km/h, sigue en 5 razones para un (no) voto).
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Extracto del artículo Exilio y llanto interior, publicado por Anna Grau en cuartopoder.es el 17 de Septiembre 2012 [la edición y los subrayados son míos; mis comentarios, al pie de su texto]):
"(...) El consuelo que te quedaba era el de ser pequeño y estar oprimidísimo, que es una cosa que une una barbaridad. A unos pocos por lo menos. Mucho antes de que empezara a hacer furor la memoria histórica y lanzarse a desenterrar muertos en las cunetas, en Cataluña ya vivíamos un tremendo pasado oculto, un pretérito imperfecto aparte. Era como si la guerra civil sólo la hubiéramos perdido nosotros. Como si la dictadura hubiera cesado en todas partes menos en la nuestra. Sufríamos un asedio de décadas, una mala leche de siglos, contra los que sólo cabía interponer una desesperada resistencia arcaica. La libertad era algo logrado en el año mil y empezado a perder en el año mil quinientos.
(...) Claro que por aquel entonces esto se vivía de modo a la vez más trágico que ahora…y más relajado. Había como una persistente amargura de fondo, como una nostalgia incurable de lo que casi pudo haber sido pero mira, no fue. Había como una gran inocencia política, o como se quiera llamar a la buena fe de quien ha luchado mucho, o eso cree, pero nunca ha gobernado otra cosa que sentimientos.
(...) No sabría decir en qué momento se me empezó a poner la piel de gallina. A vislumbrar horizontes nuevos. Españas impensables desde Cataluña. Como la de aquel taxista licenciado en Arquitectura que me perseguía con los planos de la catedral de Burgos, que según me contó el gobierno local del PP estaba a punto de cargarse, a base de permitir que la construcción de un parking desviara aguas subterráneas hacia los cimientos del templo…. “Ustedes que son catalanes y saben defenderse, ¡ayúdennos!”, llegó a suplicarme. Llamé al entonces director del diario catalán y catalanista donde yo trabajaba. Conmovida le ofrecí esta historia. “Pero Anna, querida, ese tipo de español no nos interesa, no es noticia para nosotros”, me desasnó.
Etc. Podría dar miles de ejemplos, pero no acabaríamos nunca, y además ya está todo dicho. Que no resuelto. A ver si no: hay suficientes catalanes hartos de España para que esto sea invivible…y a la vez Cataluña está demasiado llena de españoles como para que la independencia tenga sentido. ¿Quién cabalgará este tigre, estas manifestaciones nominalmente millonarias, esta inmensa desilusión que no va a ningún lado?
Y por el otro lado la triste, colosal, imperdonable indiferencia de tantos gobiernos españoles abandonando tantos sentimientos encontrados a su suerte. Abandonándonos a todos los que esta puta mierda nos ha pillado en medio. Catalanes y españoles, sí, ¿qué pasa? Pues nada, que estamos rematadamente tristes."
(Anna Grau)
Los griegos nunca se equivocaban: éste es un buen sitio (Ampurias, visitada en Sept12 con el CASB)
Profesor visitante en el CASB 
(Continuación a Conferencia en Sevilla)
En el cuatrimestre de Otoño 2012, que ahora comienza, he sido invitado a ejercer como profesor visitante en el Consortium for Advanced Studies in Barcelona (CASB). El CASB es una iniciativa de colaboración desarrollada por ocho de las universidades norteamericanas más reconocidas (pertenecientes a la Ivy League y a su lista ampliada, Ivy Plus) que ofrece a sus estudiantes la posibilidad de cursar su "year abroad" en las cuatro universidades públicas de Barcelona (el llamado Barcelona Group).
Las universidades norteamericanas que forman el consorcio son:
. Brown University (Providence, RI)
. University of Chicago (Chicago, IL)
. Northwestern University (Evanston, IL)
. Stanford University (Stanford, CA)
. Columbia University (NYC, NY)
. Cornell University (Ithaca, NY)
. Harvard University (Cambridge, MA)
. Princeton University (Princeton, NJ)
Las que, por su lado, forman parte del Barcelona Group:
. Universitat de Barcelona (UB)
. Universitat Pompeu Fabra (UPF)
. Universitat Autònoma de Barcelona (UAB)
. Universitat Politècnica de Catalunya (UPC)
Esta oportunidad (por la que estoy muy agradecido a quienes la han hecho posible) es, además de un gran reto dado el nivel de los estudiantes, el cumplimiento de una vieja aspiración pedagógica: enseñar arquitectura a no arquitectos; un campo en el que, creo, queda casi todo por hacer. ¡Deseadme suerte!
(Ver secciones dedicadas al CASB en la web de Brown, de Chicago, de Nortwestern, de Stanford, de Columbia, de Cornell, de Harvard, y de Princeton).
A 7 metros bajo el nivel del mar 
Lunes 27 de Agosto de 2012
Publicado en: En proceso
(Continuación a Contar, sigue en Tajamar)
Paseo en bici por el dique oeste de Flevoland (exactamente, aquí; foto AM, ago12)