The Illinois School of Architecture    Imprimir

Viernes 27 de Febrero de 2015
Publicado en: Actualidad

Desde Enero de 2015, soy Lecturer en The Illinois School of Architecture, a cargo del studio de Architectural Design nº 476A, para los alumnos del ISAP. Mi agradecimiento a la institución, a su director, y al director del ISAP por la confianza depositada en el encargo; también, como no, a los alumnos que han elegido mi grupo para éste que será el último taller de proyectos antes de su graduación.


 

La importancia del tacto en arquitectura    Imprimir

Martes 20 de Enero de 2015
Publicado en: Oficio

1. La ventana de atrás

En mi taller del tercer semestre de la ENSAM, que acabamos de terminar, he tenido la suerte de contar con la ayuda de un profesor estupendo, Alexis Lautier (AL). Alexis aterrizó de repente (“como un paracaidista”, explicaba él), ya bien entrado el curso, y logró hacer comprender a toda la clase, en un par de horas, toda la complejidad de ciertos conceptos sobre los que yo llevaba esforzándome —en vano— varias semanas.

En particular, y entre ellos, el potencial que tiene el arquetipo objeto del curso (el patio como articulador del proyecto de vivienda unifamiliar) no sólo para conectar el interior de la casa con el paisaje, sino también para dar un sentido diferente de intimidad a la vida familiar. Nada de ejemplos vernáculos, casas de Le Corbusier (LC) o Richard Neutra: AL lo demostró con extractos escogidos de material cinematográfico, como el minuto 0:20 de The Rear Window de Hitchcock: ése en que el reflejo de una ventana a medio abrir permite a James Stewart (y al espectador) descubrir la entrada del inquilino del piso en que se acaba de colar Grace Kelly; el cristal, y por extensión el patio, como transparencia y reflejo a la vez, o —también lo explicaba AL— cómo descubrir que lo mejor de agruparse alrededor de una hoguera no es tanto mirar al fuego, como apreciar la manera en que, con las llamas, cambian los rostros de los que tenemos enfrente.


2. El atelier nº11

Claro que el mérito principal del éxito de este curso ha sido, por encima del de Alexis o el mío propio, de un grupo excelente de 21 alumnos: ningún Erasmus, todos franceses. Es la ENSAM una escuela sorprendente y atípica en su planteamiento, comenzando por el uso que hace de su edificio, que fue proyectado conjuntamente, en los años ’70, entre sus docentes y estudiantes; lo más llamativo, el ambiente de trabajo alrededor de los dos vestíbulos de exposiciones, un doble claustro en forma de 8 al que se asoman las mesas de trabajo, agrupadas en disposiciones cambiantes e informales. Aunque trabajar en el aula pretende ser el objetivo de todas las escuelas por las que he pasado (y ya van unas cuantas y en varios países, como estudiante o docente) es algo que sólo he visto funcionar bien en Montpellier: dentro de las paredes del aula de taller (en nuestro caso, el atelier nº11), nuestros estudiantes se han encerrado a trabajar hasta 10 horas seguidas, rodeados, en sus mesas colectivas, de un montón de papeles, maquetas en proceso, y material de dibujo.

Solía explicar Nadia Boulanger (NB; a propósito de los eminentes músicos que pasaron por sus aulas de París) que a lo mejor que puede aspirar un profesor es a convertirse en el humus que permita desarrollarse por sí sola la creatividad personal del alumno, y acabar, una vez plantado ese suelo fértil, por retirarse del centro de la escena, para así otorgar todo el protagonismo a la lucha del estudiante con su propio proceso creativo. Yo creo, además, que la pedagogía bien entendida es un acto intrínsecamente generoso en el que, como la energía, nada se crea ni se pierde, sino que todo se transforma; así, cada certeza que con esfuerzo vaya adquiriendo el alumno, será a costa de una duda nueva, una brecha imprevista, en las convicciones del profesor.


3. Los ojos de la piel

Nos recuerda Juhani Pallasmaa (JP) cómo no debemos olvidar que la arquitectura es un arte eminentemente táctil. Si en La mano que piensa llamaba la atención sobre el peligro que había supuesto el dibujo asistido por ordenador para la conexión natural entre cerebro, mano y dibujo (y, por tanto, edificio), en Los ojos de la piel va mucho más allá y, valiéndose de un contundente arsenal de referencias tanto científicas como artísticas, demuestra que lo que nos traemos entre manos es un conocimiento háptico (por háptō, del griego, “tocar”) del cual las cualidades visuales tendrían siempre su origen en las yemas de los dedos: no en vano —añade— es sabido que, en la formación del embrión humano, existe un origen conjunto a las células que permitirán, más tarde, la visión periférica y el tacto.

Así, para Pallasmaa, habría habido una transformación, a lo largo de ya casi 100 años, de la percepción del objeto arquitectónico desde la visión periférica (la que nos da una sensación espacial, nos nutre de emociones, y enlaza con el resto de los sentidos) hacia la visión central: ese sentido hipereficaz que nos permite enfocar y por tanto discernir; un peaje a pagar por la obsesión por la nitidez de cierta parte de la modernidad. Sin embargo, todos los grandes arquitectos tuvieron buenas cualidades hápticas: también los modernos, incluido LC, cuyo ejercicio teórico de Le Modulor (básicamente dimensional, poco espacial) en cierto modo desmerece la profunda complejidad, color, y textura de sus interiores.

Allí donde el pintor se encuentra con su lienzo, estudio, y pinceles; el escultor, dándole vueltas, con la dureza de la madera o la piedra a las que dará talla; o Matisse, con sus tijeras, papeles y muros de su habitación en Niza... el arquitecto deberá apropiarse, al proyectar, de un entorno físico si cabe más amplio; una suerte de proyección epidérmica (ocupando, a veces y como Lewerentz, toda una habitación), más compleja (manejará técnicas y utensilios diversos), que, lejos de la posición erguida y estática delante de una pantalla (plana) de ordenador, comprometa no ya a sus manos y cabeza, sino (incluso a veces reptando sobre su tablero) a todo su cuerpo. Sólo con esta "sabiduría corpórea" (embodied wisdom, JP) será capaz de tomar plena conciencia espacial de lo que está creando. Y si ésto ocurre en grupo, en gran desorden (como ha sido el caso del atelier nº11), o manchándose y sufriendo el goteo e imperfecciones al quitar los moldes de las maquetas de hormigón (como el del otro taller en la ENSAM de AL), pues mucho mejor.


Notas:
1: Pallasmaa, sobre “Les amants”, de René Magritte (abajo): ”Normalmente la vista se reprime en estadios emocionales acentuados y de pensamiento profundo” (en “Los ojos de la piel”).
2: La mención a Nadia Boulanger, según la cuenta Claudio Guillén, en “Entre lo uno y lo diverso”, Tusquets Editores. Barcelona, 2005.
3: Versión original de “Los ojos de la piel”: Pallasmaa, Juhani, The Eyes of the Skin. Architecture and the Senses. Academy 1995, y John Wiley & Sons, West Sussex, 2005.
4: Versión original de “La mano que piensa”: Pallasmaa, Johanni, The Thinking Hand. Extension and Embodied Wisdom in Architecture, John Whiley & Sons, West Sussex, 2009.


"La vista se reprime en estadios emocionales acentuados" (JP, sobre Les amants de Magritte, 1928)
 

Estudio (IV)    Imprimir

Miercoles 30 de Julio de 2014
Publicado en: Actualidad

Antes: Estudio (III), Estudio (II), Estudio (I)


c/ Sant Jaume Apòstol (Barcelona). Desde Agosto 2014
 

En sección    Imprimir

Domingo 27 de Julio de 2014
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(Continuación a casa en Vallvidrera)


(Dibujo: AM. Junio de 2013 - ampliar)
 

Más allá de la frontera Este    Imprimir

Miercoles 16 de Julio de 2014
Publicado en: Letras

(Continuación a Al retirar los andamios)

Cuando la protagonista (sin nombre) del pequeño relato Sueño, de Murakami, descubre que puede vivir mejor sin dormir (en un permanente estado de vigilia que cada día le hace sentir más fresca), intenta esquivar toda interferencia con un mundo (el del día) que ya no es el suyo, releyendo una y otra vez Anna Karénina, y descubriendo cómo en el interior de la novela (así lo explica ella) igual que en una caja labrada, dentro de un mundo existe otro mundo más pequeño, y dentro otro… hasta que la suma de todos esos mundos constituye un universo compuesto. Cuando la ha releído ya tres veces, decide pasar de Tolstói a Dostoiévsky.

Este poder hipnótico de mantenerte en un mundo paralelo que tienen los grandes rusos llega a un punto en que, explica Eduardo Mendoza, durante el tiempo que dura la lectura tienes la sensación inequívoca de que el mundo real es el que te presenta el libro, mientras que el otro, el que te rodea, es algo vago e impreciso, como una ficción. Una sensación de evasión extrema que, añade, en algunos momentos es de una crudeza y precisión tan dolorosa, tan potente, que te obliga a parar por un rato la lectura (en su caso, de Guerra y Paz, en cuyo prólogo explica estas sensaciones).

Ya sé que no está de moda (ahora que nuestra frontera Este está en llamas, y ellos son otra vez los malos) pero yo no puedo hacer otra cosa que declararme rusófilo sin remedio. Y si se trata de su literatura, más aún. En el caso de Dostoiévsky, nos cuenta Luis Goytisolo, existen ciertos pasajes cercanos a la mística que tiene que ver con el llamado ‘momento aúreo’, ése de una cierta enajenación que precede al ataque de epilepsia: “(…) Hay segundos” [explica un personaje de Los Demonios a otro] "(sólo cinco o seis cada vez) en que de pronto siente uno la presencia de la armonía eterna plenamente lograda. No es nada de este mundo. No quiero decir que sea divino, sino que el hombre, en cuanto ser terrenal, no lo puede sobrellevar. Tiene que cambiar físicamente, o morir." Dostoievsky era él mismo epiléptico, y se diría que a un origen similar a ese momento responden las acciones que toman bastantes de sus héroes.

Cuando estéis en dificultades, o simplemente, cuando os queráis evadir: leed a los rusos. O, mejor aún, id a verlos. “Bebemos porque no nos gusta la vida que tenemos, y así nos inventamos una, llena de ilusiones”, explica Vania en un momento de la obra de Chejóv, cuando ya los acontecimientos se comienzan a desmadrar en la dacha familiar que administra. No sé si además, y como él, debemos comenzar a beber (que probablemente, pero no porque no nos guste la vida que llevamos, ¡que nos encanta!) pero sí debemos correr a ver a la increíble compañía Les Antonietes, para comprobar si en su próximo montaje van a ser capaces de reproducir la intensidad del anterior; y, ver si, de nuevo, Mireia Illamola podrá otra vez representar un papel al que prácticamente no le hubiera hecho falta hablar: todo, o casi todo, lo podía explicar sobre Yelena tocándose la cabellera pelirroja (un séptimo e inédito personaje del montaje), dejando que otros le hicieran y deshicieran la trenza, o arrastrándose por las tablas viejas del Teatre Lliure al lamento de “¡Me aburro… me estoy aburriendo!”


¿Puede una viña convertirse en una hidra que se mete por las ventanas? Sí: ¡en Rusia!
 

Estudio (III)    Imprimir

Martes 15 de Julio de 2014
Publicado en: Proceso


c/ Madrazo (Barcelona). Octubre de 2010 a Julio de 2014
 

Bajo el barco de Lewerentz    Imprimir

Viernes 28 de Febrero de 2014
Publicado en: Oficio

(Continuación a 3 acosos, 2 derribos)

Los últimos años de su vida, ya apartado del ejercicio de la profesión, el gran Sigurd Lewerentz los dedicó básicamente a dos cosas: la primera —y más importante— a cuidar a su mujer Etty, víctima de una enfermedad que la mantuvo inmóvil durante mucho tiempo, y hasta la muerte; la segunda —no menor— a clasificar, para el museo de arquitectura de Estocolmo, su ingente colección de dibujos y croquis. No parece mala dedicación para una vejez: entregarse a la vez a la persona querida y a una labor taxonómica sobre su propia vida de trabajo. Cuando finalmente enviudó, un ya anciano Lewerentz se mudó a la plácida ciudad universitaria de Lund. Allí, en su nueva y modesta casa, se hizo construir, para sus ratos solitarios de trabajo, una cámara oscura como estudio. Esta sorprendente black box (que era una habitación sin ventana alguna) había tenido su precedente en el desván sobre un granero, junto a la residencia conyugal con Etty en Skanör: es en el que aparece, solitario y encendiéndose una pipa, en la fotografía de aquí debajo.

Era el espacio en desuso bajo una cubierta inclinadísima (tanto como sólo pueden serlo las cubiertas tradicionales escandinavas) que Lewerentz revistió, por dentro y en toda su superficie, con una delgadísima lámina de papel aluminio (sí: el mismo "albal" con que hacemos los bocatas de los niños para el cole por la mañana), con tal de conseguir una perfecta difusión de la poca luz que entraba por las ventanas. Ventanas que, de hecho, no eran tal, sino tan sólo un par de tablas desmontadas de la madera de la cubierta, unos huecos que protegía de los cambios de luz enrollando y desenrollando las bobinas de papel vegetal que le servían para dibujar. En el centro, una gran viga de madera, que arriostraba de lado a lado la estructura, servía también como barrera contra las visitas inesperadas: cualquiera que apareciera por ahí sin tener la costumbre se llevaba un buen coscorrón en la frente, al salir al estudio desde la trampilla de acceso. Él mismo confesaba haber recibido unos cuantos buenos golpes en la cabeza en los primeros meses tras inaugurar este espacio, hasta que se acostumbró.

Es inevitable que este lugar increíble de trabajo nos traiga a la cabeza el casco invertido de un barco. De hecho, el tema no era en absoluto nuevo a la arquitectura, y había estado presente desde hacía siglos... tantos, al menos, como los que habían trascurrido desde que Palladio se inspiró en las grandes estructuras de cuadernas para levantar la bóveda del Pallazzo de la Ragione de Vicenza. Incluso el propio Lewerentz había llevado su interés por la construcción naval (un lugar común, por otro lado, entre los arquitectos modernos) más lejos: él mismo diseñó y fabricó su preciosa barcaza Ewa, bautizada así por el nombre de su hija, a cuya exultante juventud en una ocasión fotografió sobre su borda. Además, encuentro que hay en nuestra imagen varios guiños náuticos en el mismo sentido, como esos rollos de papel envueltos como una vela mayor alrededor de la viga-botavara, o esa desconcertante polea manual... ¿para qué? ¿para desenrollar los dibujos?

Todo esto quedaría en mera anécdota si no reflejara, creo, una manera de entender la arquitectura como oficio a la vez artesanal, solitario, y profundamente emocional. Porque esa imagen del arquitecto sueco en el vientre de su propia ballena (rodeado de sus muebles, envuelto en sus rollos de papel, a la lumbre de su pipa... y el mundo de autoprotección que sugiere) parece el complemento necesario de esas otras que nos quedan de su trabajo en obra: las de un auténtico gentleman (sombrero de fieltro, foulard y puro; como Wright, Mies, u otros que supieron Vestir bien) que se pasaba horas paseando solo con su paraguas (la americana doblada bajo el brazo, la corbata dentro de la camisa a la altura del tercer botón) en busca de nuevas soluciones, hablando con los albañiles (de los únicos que creía poder aprender algo allí), agachándose para colocar, con sus propias manos, los ladrillos del nuevo aparejo que estaba inventando.

(Nota: Tanto la información biográfica sobre Lewerentz como las fotografías escaneadas proceden del libro: Ahlin, Janne: "Sigurd Lewerentz, architect. 1885-1975". Byggförlaget. Estocolmo, 1987).


Lewerentz, en el desván de su granero en Skanör (ampliar)
 

Desde lo alto del Singuerlín    Imprimir

Martes 14 de Enero de 2014
Publicado en:

(Continuación a Con España en la retina)

Me lleva al alto del Singuerlín (¡vaya sitio!) la segunda parte del proyecto Archivo de la Memoria Geográfica, colaboración encargada por el grupo de investigación Paisaje y Territorio a través de la FUAM. Si la primera la dediqué a analizar la consolidación de los barrios periféricos de Madrid en los últimos 40 años a través de la mirada del arquitecto y urbanista José M. Sarandeses (JMS: Madrid, 1940-2003), esta segunda me ha permitido (una vez acabada, a finales de 2013, y previa a su rodadura dentro de un programa de investigación competitiva) entender las dinámicas de transformación de Barcelona y su entorno inmediato, en esas mismas cuatro décadas, y mediante la del geógrafo Rafael Mas (RM: Barcelona, 1950 - Madrid, 2003). Como en el caso anterior, se trataba de recuperar algunas diapositivas de su colección fotográfica personal, para volver a visitar los emplazamientos que él fotografió en su día y (a través de la toma actual y de su cotejo con la original) ver en qué ha cambiado la ciudad, y cuánto de lo ocurrido estaba ya latente en la intención original del autor.

El trabajo, aunque por momentos difícil (tanto en lo práctico como en lo emocional) ha sido una experiencia muy gratificante, y por tres razones. Primero, por descubrir sitios insólitos, como es el caso de esta loma pelada de la sierra de la Marina, última estribación de la litoral catalana antes de la depresión del Besòs, que visité en una mañana de invierno de aire transparente y luz mágica. Un lugar que un amigo describe, no sin razón, como casi onírico... y eso que él sólo ha mirado sus ristras de bloques de colores desde el nudo de la Trinitat, antes de enfilar la autopista de Francia. Es, creo, el único sitio de esta costa en que se puede disfrutar de una perspectiva completamente panorámica, que por puntos llega a alcanzar los 360º: primero, hacia Poniente y el Montseny, vemos Montcada i Reixac dividido en dos por las infraestructuras de transporte, luego los grandes núcleos del Vallès, detrás el macizo de La Mola, y también la montaña de Montserrat; girando la vista y de frente, la Sierra de Collserola desde su lado más pobre (donde las casas autoconstruidas se confunden con matorrales y chumberas, por encima de Trinitat Vella), y, a medida que sube en cota, con sus hitos del Tibidabo y la torre de Foster; también, hacia el Sur y detrás del meandro del río, el llano entero de Barcelona, que se cierra con Montjuïc, detrás del que se adivina el Garraf; hacia el Norte la costa larguísima del Maresme; por último y mirando a Levante, en descenso desde la montaña al mar, Santa Coloma, Sant Adrià y Badalona con las tres chimeneas de la térmica: hoy un continuo edificado, tanto entre ellos como respecto a la metrópoli, de la que sólo separa el ancho cauce del Besòs.

El Singuerlín permanece hoy extrañamente ajeno a las dinámicas demográficas recientes del área metropolitana, con poca o ninguna de la emigración extranjera (china o sudamericana) que se ha ido implantando en la parte baja de Sta. Coloma. Quizás, bien pensado, no es tan de extrañar, si atendemos a lo surrealista de su ubicación, a lo alocado de su tipología edificatoria: el transporte público apenas llega (sólo unos buses amarillos que suben las últimas rampas con dificultad), y la población se encuentra aislada y envejecida. Uno se pregunta si esos ancianos de tez curtida, a los que el destino arrojó un día a este sitio inverosímil, estarían mejor esta mañana jugándose su ruidosa partida de dominó en el pueblo que dejaron atrás en (supongamos) el olivar de Jaén, que en este bar Los Martínez.

Aunque probablemente, ni tan siquiera se lo habrán planteado. Narcotizados como se está aquí por las vistas, orgullosos seguro de haber conseguido, con su sacrificio, sacar adelante a unos hijos que (a pesar de las dificultades) han podido labrarse una vida digna; y, por extensión, a unos nietos que ahora estudian en la escuela en catalán. Por cierto, que es éste y no otro el verdadero e importantísimo logro de la inmersión lingüística escolar: conseguir la cohesión social entre barrios y clases, para una sociedad diversa y siempre con riesgo de fractura como la catalana ¿es esto poca cosa? Algo que nadie se atreve a reivindicar como lo que es (un éxito indudable, una política para la que las alternativas hubieran sido siempre peores). La derecha catalana porque está a lo que está —camuflar su extrema debilidad—, la española porque encuentra que la catalanofobia es una excelente arma electoral —y el asombro no es tanto que se lance el mensaje, sino que acabe calando—, y la izquierda catalana —que fue su artífice; de la cual éste, junto a la política municipal, fue el principal logro— porque hace tiempo que desistió de explicar el catalanismo desde una vertiente social, que es la que de verdad importa. Roberto Bolaño (RB) contaba que había aprendido de Cataluña el difícil arte de la tolerancia, y se excusaba ("sé que suena cursi", aclaraba) al decir que su verdadera patria eran sus hijos, para añadir que estaba encantado de vivir aquí, dado que sus hijos eran catalanes (leer Bolaño y la extraterritorialidad). Pues eso: deduzcan vds. la parte que le falta al final de su ecuación para entender cómo se sentía RB. Y yo. Y tantos otros... incluidos, supongo, los viejos del dominó.

También me ha dado mucho gusto (segunda de las razones) trabajar sobre la ciudad a través de una mirada ajena a la de mi profesión, tan a menudo teñida de prejuicios estéticos, aún desgraciadamente distorsionada por su problemática relación con el ego. Ha sido la de la geografía, en particular la geografía urbana, y, dentro de ella, su gran maestro en España, que fue Rafa Mas. Ni la ciudad es patrimonio nuestro (de arquitectos y urbanistas), ni podemos seguir interviniendo en ella sin ser permeables a cómo la consideran otros oficios. Cuentan sus allegados que RM se implicaba tanto en las explicaciones del trabajo de campo que no llevaba encima su cámara; de ahí que, siempre que podía y desde sus veraneos familiares en Tarragona, se escapara a Barcelona para hacer un reconocimiento previo y —entonces sí— tomar fotos. Son éstas, entonces, fotografías básicamente instrumentales (lo cual no les quita valor, sino al contrario), de reconocimiento, nunca neutras en su intención. Como en los "servicios de diagnóstico por la imagen" de los hospitales, imágenes que luego hay que interpretar: Rafa lo debió de hacer en su momento como preparación al viaje con sus alumnos; nos toca ahora (con la perspectiva que conceden más de 30 años de radicales transformaciones) actualizar ese diagnóstico.

Rafael era, además, un geógrafo de marcado carácter social (aquí el tercer y último motivo de mi interés). Le preocupaba especialmente la manera en que las dinámicas de distribución de la propiedad podían convertirse en factores determinantes en la conformación de la morfología urbana. Sin quitarles los méritos evidentes que tienen en su diseño, criticaba la dinámica perversa con que se habían gestionado los ensanches del XIX, convertidos con el tiempo en herramientas de centrifugación social al servicio de la burguesía, que había logrado convertirlos en una reserva de suelo de gran valor en el mejor sitio de la ciudad. El Eixample de Barcelona no es una excepción, y el Singuerlín no deja de ser un resultado más (uno entre tantos) de esa dinámica desde dentro hacia afuera. Aunque sí vivió la consolidación de las transformaciones cruciales de la olimpiada, por su muerte prematura no llegó a ver cómo la ciudad (no sólo su política, sino también su fisionomía) se ha ido deslizando desde el admirable modelo Barcelona de los '80 (intervenciones de pequeña escala, a través del espacio público, y de marcado carácter social) hacia la lamentable marca Barcelona actual, donde todo ha acabado puesto al servicio de los intereses turísticos; en suma, del capital privado, y en contra de lo que todos entendemos por urbanidad o ciudadanía. No sé dar respuesta a la disyuntiva que se hacía JmMontaner hace unos años (si la marca ya estaba implícita en el modelo, ¡buena pregunta! —ver Del modelo a la marca), aunque sí soy capaz de afirmar que la segunda, en cierto sentido, aniquila los logros del primero (leer Mi ciudad, a la venta).

Al respecto, es sintomático comprobar (mediante el estudio comparado de las tomas desde el Singuerlín —entre el año '82 y la actualidad) cómo los cambios importantes de perfil urbano de los últimos 15 años se han producido sólo dentro del municipio que da nombre a la marca; en las ciudades suburbanas (de las que no se distingue en un plano) hay pocas diferencias entre entonces y ahora, y todo se continúa manejando a nivel de suelo. En cierto modo, es como si el modelo hubiera salido de la ciudad que lo generó, para pervivir, una vez que dentro de ella se ha corrompido, en los municipios limítrofes a los que lo contagió por osmosis. Me parece que algo de intención de influencia suburbana subyacía ya de las palabras de Pasqual Maragall, cuando explicaba que "(...) en la ciudad hay zonas iluminadas y zonas oscuras. Un gobierno democrático de la ciudad se ha de comprometer a encender algunas de las luces en las zonas oscuras", aunque "no se trate únicamente de que los habitantes de las zonas oscuras se puedan mover por el conjunto del territorio metropolitano. Se trata también de 'iluminar' estas zonas para que sean visibles al resto de la ciudadanía (...) Todos tenemos derecho a sentirnos orgullosos del lugar donde vivimos y que otros reconozcan la dignidad de nuestra zona de residencia".

Un recordatorio más (y también la respuesta a otras preguntas, incluidas las de doble formulación) de que Barcelona necesita volver a ser y sentirse metropolitana para sobrevivir y definir su futuro. (la cita de Maragall la hace J. Borja en: "El desafío del espacio público", dentro de Ciudades para la sociedad del Siglo XXI. Ícaro, CTAV. Valencia, 2001. Pp. 55-78.)


En el Singuerlín, mirando al mar: detrás del fotógrafo, los bloques de colores (Foto AM, Dic13)
 

Cambiarse de casa    Imprimir

Miercoles 31 de Julio de 2013
Publicado en: Proceso

(Continuación a Cap de Creus)

Leyenda

. Rombos negros: estaciones de metro en la línea del colegio de los niños.
. Líneas de puntos: batidas a pie, y su fecha.
. Chinchetas violetas: no nos gustaron.
. Chinchetas amarillas: nos gustaron, pero no llegábamos o no nos convenían.
. Chinchetas rosas: nos gustaron, y fueron firmes candidatas.
. Chincheta blanca: casa ganadora.

Total de propiedades visitadas en la búsqueda: 46


El mural analógico: un método que recomiendo para buscar casa (Foto AM, julio 2013)
 

Al retirar los andamios    Imprimir

Domingo 12 de Mayo de 2013
Publicado en: Letras

(Continuación a Los trenes de vuelta, sigue en Más allá de la frontera Este)


¿Contiene este crucigrama numérico la clave de la estructura del 2666 de Bolaño? (fotoAM)
 

Manualidades    Imprimir

Lunes 23 de Abril de 2012
Publicado en: Oficio

(En el día de St. Jordi 2012; continuación a Sobre el sentir artesanal en arquitectura; sigue en La carta)


HM, fotografiado en 1952 por Hélène Adant (Rafo / Contacto)
 

Mis alumnos    Imprimir

Lunes 30 de Enero de 2012
Publicado en: Pedagogía

(Continuación a Los mejores, sigue en La toma de datos)

No creo que existan muchas ocupaciones en este mundo que hagan sentir el paso del tiempo de la manera en que lo vive un profesor: mientras uno va acumulando años (primero llegaron los 40; más tarde, en un suma y sigue imparable, los 41, 42, y 43; pronto, los 44), ellos —los alumnos— siguen cómodamente instalados, año tras año, en la dulce juventud de los 21 ó 22, a lo sumo 25. A veces me pregunto si los maestros de antes (esos que seguían a los alumnos a lo largo de todos sus cursos escolares) se ahorraban esta extraña sensación. Cuando comencé a dar clase (tampoco tan joven: fue en la treintena) muchos días entraba en el aula y tendía más a sentarme en sus filas de sillas que a subirme al estrado, tan reciente tenía el recuerdo de los días de estudiante; esto, que ahora ya no me pasa, se ha visto sustituido por la gozosa sensación —de la cual era menos consciente al principio— del intercambio del acto pedagógico.

Recuerda Steiner cómo Nadia Boulanger, eminente maestra franco-americana de los mejores músicos contemporáneos, decía sentir que "(...) el profesor no es más que el humus del suelo, [pues] cuanto más enseña uno más se mantiene en contacto con la vida y sus resultados positivos, [y que] considerándolo todo, a veces me pregunto si el profesor no es el verdadero alumno y beneficiario". Es ésta una idea interesante, porque demuestra que, tomado el asunto por su lado bueno, se le puede dar la vuelta como a un calcetín y convertir ese riesgo de envejecimiento imparable en su contrario, que sería algo parecido al eterno rejuvenecimiento intelectual. Con ella estaría seguro de acuerdo el amigo Santi de Molina, para quien el buen profesor, una vez ha logrado que su alumno alcance el ritmo de crucero en su trabajo, debe retirarse a un segundo plano y empezar él mismo a aprender a través de la experiencia del otro.

Yo iría aún más lejos, y así se lo propuse a mis alumnos, hace dos semanas, en la sesión de cierre del cuatrimestre de otoño 2011: en una asignatura como la nuestra (proyectos arquitectónicos) lo que debería ocupar al profesor es embarcarse, a la vez que ellos, en proyectar el mismo ejercicio que les ha pedido; esto llevaría a unas sesiones de crítica recíproca de lo más jugosas, puesto que (además de la crítica de profesor a alumno que ya hacemos) ellos se verían obligados a derribar con argumentos creíbles nuestro propio trabajo cuando lo expusiéramos sobre el estrado. ¡Interesante experimento!, aunque, me temo, para poner en práctica —dada la triste realidad de nuestros contratos y sueldos— en otro tiempo y otro país.

Solía explicar Moneo, y le apoyaba en ello Miralles, que lo más interesante de la enseñanza de los proyectos era convertirlo en un auténtico cuerpo a cuerpo, en el que nadie sabe más que el otro, y los dos —profesor y alumno— se enfrentan desde un mismo nivel: es así como se puede convertir en un verdadero ejercicio socrático de diálogo y de crítica pura. Porque de esto (y no de otra cosa, pues, aunque importantísimo, es distracción todo lo demás; ¿no ver la relación entre esfuerzo y resultado?: se tenía que haber inculcado en la escuela primaria; ¿no entender la importancia de dibujar bien?: un fracaso de los primeros cursos universitarios) es de lo que tienen que estar hechos, pedagógicamente, estos talleres de la segunda parte de la carrera.

Defiende también Steiner que el contacto personal, cara a cara, entre profesor y alumnos es inherente al hecho pedagógico; no hay, para él, sustituto posible, y el entusiasmo excesivo por métodos alternativos de aprendizaje (el contacto on-line o la formación remota) corre siempre el riesgo de convertirse en mera excusa para evitar los riesgos que conlleva el enfrentamiento personal (y que siempre existen: muchas veces se acaba en sonoro fracaso). Ah, pero... perdónenme: había olvidado que de pedagogía no interesa hablar hoy a casi nadie. Menos aún a los arquitectos, ocupados como estamos en lamernos las heridas, y preguntarnos qué es lo que ha pasado para que todo acabe tan mal; tampoco, desde luego, a los profesores de universidad, entretenidos como nos mantenemos en coleccionar publicaciones y puntos para luego ser evaluados por las agencias de calidad universitaria.

Notas:

. Nota 1: los apuntes de Steiner están tomados del libro “Lecciones de los maestros”, del que también hablé en el post Tras los pasos de Josef K..

. Nota 2: el ejercicio desarrollado este cuatrimestre pasado en nuestro Taller TapD de la ETSAV proponía la reconversión en edificio de viviendas de una antigua central telefónica en desuso en la Vía Augusta construida por Francesc Mitjans en 1974. Como experimento pedagógico ha sido un éxito contundente del grupo (aparte de la experiencia individual de cada uno, en la que, como siempre, acaba habiendo tanto triunfadores como heridos o víctimas) y ha permitido, una vez más, comprobar cómo de enunciados aparentemente extraños se pueden extraer ejercicios de arquitectura pura y dura. Es mérito del coordinador de la asignatura, PFuertes, el haber insistido en que un ejercicio de Re-habitar podía dar lugar a un buen taller de 2º ciclo, cuando a mí me parecía más de 3r. ciclo o posgrado.


Algunos de los trabajos de los alumnos del TapD de la ETSAV, cuatrimestre Otoño 11-12 (foto AM)