Escribir bien    Imprimir

Miercoles 29 de Febrero de 2012
Publicado en: Sobre el oficio

(Continuación a Vestir bien, sigue en Pasarlo bien)

Si, como ya vimos, vestir bien es importante, escribir bien es esencial. Con ocasión de la lectura de mi tesis (y no ha sido la primera ocasión) algunas personas cercanas me han elogiado lo bien que, a su parecer y para ser arquitecto, escribía. A ellas —que me lo decían con todo el cariño— contesté que, de ser esto cierto, me parecía que lo extraño no era mi caso, sino el de todos aquéllos que no lo hacen. A mí, sencillamente, escribir me resulta divertido y me sana. Me sirve, además y por encima de cualquier dibujo u otro método, para comprobar si mis ideas son lo suficientemente claras. Porque escribir bien debe ser, ante todo, sinónimo de claridad. Y también, por lejano que pueda parecer, para los arquitectos: no hay mejor manera de saber cómo tiene alguien la cabeza amueblada que leerle; es útil, incluso, para comprobar (aunque es condicón necesaria pero, ay, no suficiente) si se trata de un buen proyectista.

¿Es banal esta relación entre arquitectura y escritura? Creo que no. Y no me refiero a los ejercicios de estilo literarios que puedan haber hecho arquitectos (que los hay, y algunos muy buenos: el mejor, para mí, el de Ernersto Nathan Rogers —EnR— en Cartas de Ernesto a Ernesto y viceversa), sino a los documentos de supesto trámite que suelen acompañar a sus proyectos, que son las memorias descriptivas. Resulta, así, que dos autores tan poco dados a la lírica como De la Sota (AdS) o Coderch (JAC) son capaces de elaborar textos excelentes, escuetos y certeros: cuando Sota explica, a raíz de la casa Guzmán, que "(...) lo bueno de hoy en día es que podemos hacer casa abierta, abierta, que se cierre, cierre"; cuando Coderch describe cómo en la Ugalde "(...) de la sala de estar se sale a un patio semi-cubierto por el dormitorio principal (...), [y] a continuación de la terraza está la piscina", no están planteando ni un acertijo —el primero— ni una evidencia —el segundo—, sino simplemente explicando, con una envidiable economía de medios, de qué está hecha la esencia de una y otra obra.

Cuando hace unos años me encargaron analizar un edificio de Rafael Moneo (RM), de toda la documentación que recibí para escribir el artículo lo mejor no eran los planos (bien interesantes) ni la fotografía (excelente), sino la memoria escrita, que ocupaba menos de un folio. La tesis doctoral es un momento decisivo para la madurez intelectual de un arquitecto: y no por lo que significa para su carrera docente (a día de hoy, bien poco) sino por lo que supone de puesta en limpio de sus ideas, y por el reto de expresarlas con claridad. Y... olvidáos de la dificultad del acceso a las fuentes documentales primarias; de las comisiones y trámites que deberéis pasar en la fase final; no temáis demasiado al más incisivo de los comentarios de vuestro director, ni tampoco al pánico escénico que os pueda provocar el acto de lectura: el mejor filtro —ese que sigue garantizando que no se haga doctor cualquiera— resulta del hecho de que, para hacer una tesis, sea ineludible escribir bien. Cosa que, al parecer, no puede hacer todo el mundo.

Hace poco ha recordado el propio Moneo las palabras que, como miembro del tribunal, escribió Josep Quetglas (JQ) al devolverle a Enric Miralles (EM) su primera propuesta (frustrada) de la tesis Cosas vistas a izquierda y a derecha (Sin gafas): "doy por aceptado que el escrito es ilegible. Ilegible en el sentido de que el lector no puede saber acerca de qué se ha escrito ni tampoco puede tomar la escritura como el propio objeto acerca del que se ha escrito... Más exactamente, no se trata de que el texto esté mal escrito, sino de que no puede leerse porque no está escrito. (...) La lectura no registra su forma, del mismo modo como una audición no registra colores...". Es improbable que Miralles no fuera consciente de su desconstrucción semántica, y que ésta no hubiera sido del todo deliberada, pues aclaraba desde la introducción: "(...) He d'acceptar que en totes aquestes pàgines no hi ha res. Són uns marges que ni tan sols defineixen el que farem a dins. Sempre tot ho he escrit als marges: només un joc al voltant de les coses". Quetglas (otro que, por cierto, no ha puesto en su vida una coma en sitio equivocado) se encargaba de aclarar que "(...) no propongo ningún juicio de valor, sólo trato de describir las condiciones de percepción del material presentado."

Tiene toda la razón el amigo Almalé al querer ver siempre Algo más que un título, una colección de sugerencias, quizás un enigma. Al igual que el de Miralles, el título de la tesis del malogrado Luis Moreno Mansilla (LmM) lo deja a uno pensando: Apuntes de un viaje al interior del tiempo... ¿Qué viaje? ¿Qué interior? ¿Qué tiempo? Parece que las pistas estaban ahí, y las desvela de nuevo RM (En memoria de Luis M. Mansilla): "a mi abuelo Luis, oculista, entre cuyos aparatos ópticos crecí. Murió como a todos nos gustaría morir, de improviso, mientras dormía, la misma mañana en que debía partir hacia Roma y comenzar esta tesis que ahora le dedico". Luis parecía ser del todo consciente de la terrible circularidad del tiempo, cuando, la víspera de la noche de su muerte, acabó su intervención en un acto —que era homenaje, paradójicamente, a EM— diciendo: “sospecho que el espacio, en realidad, no forma parte de nuestras preocupaciones vitales, sólo el tiempo, que se derrama y escapa entre los dedos cuando intentamos atraparlo”.

Todos ellos (EnR, AdS, JAC, RM, EM, LmM) buenos escritores, estupendos arquitectos. Por cierto: nadie ha sabido captar y transmitir lo dramático de esta macabra espiral —la del tiempo— mejor que quienes escriben desde México. A veces, con el espacio que media entre un punto y coma y el siguiente (Daniel Sada); otras, en el haiku que supone el límite de 140 caracteres: "Decía YTawada que el invierno hace a la gente lo que es. Pero cómo con este calor. Qué con este cielo tan azul. TJ2012" (@criveragarza).

 

Los gestos más infimos    Imprimir

Lunes 13 de Febrero de 2012
Publicado en: La vida que pasa

(Continuación a El camino de la retirada; hermanado -después de publicado- con Viaje a uno mismo, de Sir John More; sigue en Cap de Creus)


Espolla -en el centro- vista desde su cementerio. Detrás, la sierra de Albera (Foto AM, verano 11)