Hospital 
Martes 13 de Julio de 2010
Publicado en: Una nueva pedagogía
(Continuación a ¡Queremos un barrio digno!, hermanado con Al descubierto de La Microscopista)

(Continuación a ¡Queremos un barrio digno!, hermanado con Al descubierto de La Microscopista)

(en el comienzo de un nuevo curso. Continuación a ¡Qué pena de escuela!)
1. Una explicación sobre compartimentos estancos
Queridos alumnos:
ayer comenzamos un nuevo cuatrimestre lectivo en el TAP (Taller de Arquitectura y Proyectos), letra D, de nuestra escuela común, ETSAV. Como los vínculos que se suelen establecer entre nuestro contacto docente real y la presencia de cada uno en esta nube que es Internet son casi siempre clandestinos (y está bien que así sea: aquí se llega generalmente por azar, unos salen espantados, otros se quedan, algunos repiten), debo daros en este sitio también la bienvenida, aunque sea un espejo (quizás algo deformado) de lo que también cuente en el aula.
Un curso, por definición, debe de ser un compartimento estanco, tanto en el tiempo como en su contenido: después de él, difícilmente profesor y alumnos volverán a tener contacto alguno; tampoco antes, en la gran mayoría de los casos, lo han tenido. Y como en la clandestinidad de los contactos virtuales, también está bien que sea de esta manera. Todo el mundo (incluido el profesor) llega con las mismas oportunidades, y se la juega entera en el período exacto que transcurre entre el primer y el último día de curso; poco importa el historial previo que uno traiga, ni sus intenciones o ambiciones para después, pues todos empezamos de nuevo a cada vez, y con el contador a cero.
La docencia, y más la universitaria, está hecha de deberes y derechos en las dos direcciones: el profesor tiene la obligación de encender la chispa de la curiosidad y la motivación; la de ser, como un juez, lo más imparcial que pueda en la evaluación; la de ser clarísimo sobre cuáles son las reglas por las que se regirá el curso; también, la de saber ver en cada alumno su especificidad y cualidades, y saber conducirle por aquel lugar por el que sepa aprovecharlas mejor. El alumno, por su lado, tiene que respetar esas reglas por las que se rige el curso; pero sobre todo tiene que esforzarse: se habla mucho ahora de "recuperar la cultura del esfuerzo" y pienso que en los buenos proyectistas esa cultura nunca se ha diluido, porque es inherente a su actividad. Como decía un colega al final del curso pasado, el resultado tras la lucha a cara de perro con el problema/proyecto probablemente tendrá heridos (cuando el resultado no sea el esperado) o incluso bajas (los suspensos), pero no se podrá decir que nadie que se haya esforzado no haya tenido su oportunidad.
El alumno también deberá saber perfilar una metodología de trabajo propia. Los profesores propondremos una (que son esas pautas por las que se ordena el curso) y que creemos es la válida en cuanto a ritmo, fases, y estrategias: está hecha para que la pongáis en duda, eso sí, planteando siempre una alternativa. En las fructíferas discusiones ajenas a la arquitectura que por suerte se han sucedido en este blog se ha hablado mucho del antagonismo entre la trama y el estilo en literatura (ver aquí y aquí); lo vuestro durante el desarrollo de este curso se le parecería mucho, pues poco importará la trama (el resultado formal del proyecto) si el estilo (el método, la permeabilidad a lo ajeno y la capacidad de autocrítica) es original y valiente.
2. Unos apuntes sobre pedagogía
Para bien y para mal, la escuela en que impartimos estos talleres es bastante singular, y no sólo respecto a su hermana mayor (ETSAB), sino también al conjunto de las españolas. Entre sus pecualiaridades destacar dos: una se debe a su circunstancia, y es su reducido tamaño (el ser una escuela pública con un tamaño de centro privado), y la otra a su ideología, y trata del carácter multidepartamental en la enseñanza de los proyectos (algo de esto se habló en este blog en el post Arquitectos, el ocaso de una profesión). Ninguna de las dos son cosas habituales, creedme, así que aprovechémoslas al máximo mientras duren.
Cuando yo estudiaba en la ETSAM los alumnos discutíamos mucho sobre la contradicción y probable incompatibilidad entre que un buen profesor fuera un buen arquitecto, y viceversa. Ahora, si tuviera que elegir, me quedaría con lo primero y me fijaría poco en lo segundo. Es evidente que es difícil enseñar cirugía si uno no se enfrenta habitualmente a la mesa de operaciones (los términos, muy acertados, son los de una discusión que caló bastante hondo en nuestra propia escuela hace unos 4 años); pero lo que verdaderamente importa es la vocación pedagógica del profesor, y esto no se nos pregunta a ninguno en las oposiciones a plazas ni en comisión de evaluación: pero... oiga, ¿le gusta a usted dar clases, cuál es su teoría pedagógica, cuál su vocación? En este sentido espero no defraudar, y respecto al otro (el de la mesa de operaciones, también importante) aquí tenéis, en el resto de pestañas de esta página, el resultado: probablemente modesto pero siempre honesto.
3. Y unas palabras sobre el enunciado
Para finalizar, permitidme unas líneas sobre el enunciado y el edificio con el que os tendréis que pelear este curso. Tenéis como cometido ampliar mediante una remonta y en dos plantas el singular edificio que Domènech i Montaner (DiM) construyó para la Editorial Montaner i Simó a finales del s. XIX en pleno corazón del Ensanche de Barcelona. Deberéis llevaros bien con la preexistencia (no sólo el DiM, sino sus transformaciones sucesivas), analizarla por los cuatro costados, ver cuáles son las leyes (compositivas, estructurales, funcionales) que lo vertebran; todo ello no quita que, desde el principio, podáis tergiversarla, modificarla o violentarla a vuestro gusto, aunque sin perderle el respeto, y siempre que la coherencia del resultado final lo justifique.


. Artes plásticas: Dibuja en cualquier lugar, salvo en clase
. Música: Parloteo incesante
. Educación física: Demasiadas ausencias
. Francés: Alumno alegre, pero triste alumno
. Historia y geografía: Puede hacerlo aún mejor
. Matemáticas: Falta de bases
. LV1, Inglés: Habla mucho, pero ni una palabra de inglés
. SVT: No debe desmoralizarse
. Tecnología: No ha hecho nada, no ha entregado nada
. Decisión: El tercer trimestre será determinante
(Boletín de evaluación trimestral, en algún curso de la infancia de Daniel Pennac -en francés en la imagen que cierra el post-)
1. Chagrin d´école
De Daniel Pennac (DP) y su Chagrin d´école ya hablé, hace no mucho, en un post anterior de este sitio (ver Hacia una nueva pedagogía); comentado entonces a través de las reseñas de un clarividente tercero, toca ahora traerlo de nuevo tras la lectura completa del texto original.
Publicado en español bajo el desconcertante título de Mal de escuela (Mondadori) , Chagrin d´école constituye un verdadero manual de pedagogía: uno revolucionario y transgresor, eso sí, y ahí reside su gracia. Aunque despista por su tono divertido y novelesco, DP no deja títere con cabeza sobre el pretendido prestigio de la école de la république, la escuela pública y laica francesa. Pero no se engañen: como bien indicaba Mariano F. Enguita en ese artículo de La Revista de Libros que reproduje entonces, las conclusiones son del todo extrapolables y generalizables a cualquier estructura docente contemporánea, sin importar su país o fase educativa.
2. ¿De verdad no los vas a llevar ahí?
Si ustedes tienen hijos en su tierna infancia, sabrán de sobra que muchas de las conversaciones entre padres (aparte de las estacionales, que versan sobre fiebres y antitérmicos -en la época fría- o sobre qué hacer con los niños en sus larguísimos períodos de vacaciones -en la cálida-) acaban protagonizadas por las dudas crónicas en torno a la educación escolar que se les está dando o se les dará: tal parece ser el abanico de posibilidades, que muchos se consumen en la duda de si a los retoños les conviene dos, tres o cuatro idiomas, o si deben desarrollarse en un ambiente más bien autoritario versus otro absolutamente lúdico, etc.
Me refiero, claro está, a la escuela concertada, porque si ustedes se quiere ahorrar quebraderos de cabeza (y bastante dinero) quizás la decisión más sabia sea encaminar sus pasos hacia el centro público que por sorteo y proximidad a su domicilio le sea otorgado. Aunque también existen casos ciertamente enrevesados, como la escuela en que estudié y en la cual convivían en el mismo aula beneficiarios públicos de la École de la République y familias locales, honestamente ansiosas de un nivel que no encontraban en otro sitio, aunque atrapadas por ello en un círculo restringido y algo elitista. Con esos ambientes ultra-exigentes, que por otro lado recuerdo con especial cariño, ya rendí cuentas en En casa había demasiados libros, así que no me extenderé de nuevo sobre ellos, porque además Pennac lo hará por mí a continuación; mientras, mis amigos me siguen preguntando el porqué de la elección de una modesta escuela concertada de barrio (la de debajo de casa, literalmente) para la escolarización de las dos criaturas que nos amenizan la existencia.
3. Exigir, ¿qué y para qué?
Antiguo maleante y detritus escolar, Pennac se convirtió (paradojas de la vida) no sólo en un brillante y exitoso escritor de renombre internacional, sino también en un talentoso profesor de enseñanza primaria: tan talentoso que en él acababan los individuos y grupos más difíciles, aquéllos que parecían inmunes e impermeables a cualquier entrada de la civilización y la cultura en su cuerpo, algunos de ellos, desde luego, verdaderos peligros sociales.
Su planteamiento es sencillo: la escuela de la República, sí, tiene calidad, pero ¿a qué coste? ¿A cambio de generar una bolsa de rechazados y marginados escolares, que van sobreviviendo como pueden en las trampas y los intersticios del sistema? ¿Un grupo de alumnos que, ya escépticos a edad demasiado temprana, ven cómo sí funciona a su lado el ascensor social para los que sí cuadran con el estereotipo del triunfador laico y republicano? Si éste es el coste, no gracias.
Su principal crítica: trufar la educación de juicios de valor (¿en virtud de qué estándares, qué parámetros?), que muchas veces minusvaloran (y lo que es más grave, taponan) las verdaderas vías de progresión personal de cada individuo. Ver sino lo lejos que llega y espabilada que está la protagonista de la novela de moda este verano, verdadera escoria social por la que nadie hubiera dado un duro, salvo el bueno de Stieg Larsson, que la rescata del fango para alegría de sus lectores.
4. Compartimentos estancos
Aún más grave que ese dirigirsmo educativo y determinismo social que denuncia DP hacia un tipo preestablecido de triunfadores (los conocidos en francés como grands cadres, o gente que sale de las Grandes Écoles), resulta la revelación de que la sociedad de consumo parece por fin haber logrado su acomodo en el interior de la escuela, y lo ha hecho a través del lenguaje adolescente subyacente a la proliferación de marcas.
Frente a ello, Pennac propone que el docente se plantee el grupo y el curso como compartimentos estancos, en el espacio y en el tiempo: yo, mis alumnos (que son 20ytantos y entre los que, por infalible estadística, hay de todo) y mi curso, que empieza en Septiembre y acaba en Junio. ¿Antes? Sobre lo que pasó antes de este grupo y este momento no hay nada que añorar, menos aún que reprochar -¡qué mezquino y cómodo es ese falta de bases!-; sobre lo de después, nada más que probabilidades y potenciales, que (estos sí) dependen del alumno y no del profesor.
5. El compromiso pedagógico
Pero ¡cuidado!, no debe parecer que DP denoste la cultura del esfuerzo, al contrario: como todos, la añora, la reivindica, y vincula su pérdida precisamente a esa irrupción del mercado de consumo en el espacio sagrado de las aulas; si la libertad, nos enseña la sociedad, se alcanza por el mero (y simple, y barato) acto de consumir, ¿cómo vamos a enseñarles a nuestros alumnos lo contrario y evidente, que es que la libertad sólo se alcanza por el crecimiento y mejora personal conseguidos con gran esfuerzo?
Es interesantísimo también su acercamiento epistemiológico y de vivisector a la pedagogía, metiendo el bisturí y triturando gramaticalmente (es profesor de francés) esos "y, ça" : "esto, eso", pronombres apersonales que al principio de curso trufan las respuestas de sus alumnos, a los que obliga a sustituir por las cosas con su nombre y apellido; camuflar como un mero ejercicio de análisis gramatical lo que en realidad acaba siendo un auto-aprendizaje sobre las trabas vitales que la sociedad y ellos se están poniendo... ¡esto sí que tiene mérito!
Queda apuntar un aspecto importante y revelador: un buen pedagogo, ¿debe haber sido necesariamente un mal alumno? DP deja claro que el vínculo entre una y otra cosa en su propio caso es evidente, como si sólo a través de la proyección positiva y optimista a terceras personas en dificultades se pudiera resarcir respecto al sistema que como joven le denostó. Bueno, eso y el haber tenido (este detalle, listo de él, no lo explica más que de pasada) el respaldo incondicional de un padre (no así el de una madre) que le ofreció en toda su zozobra infantil una cercanía y apoyo casi clandestinos, con tal de hacerle entrever que... quizás... no era tan inútil para la vida: como al final quedó demostrado al Torpe Pennac, porque Los más listos no triunfan siempre.
(Sigue en Para los alumnos)


(Continuación a El crecimiento se sustenta gracias a la insatisfacción)
¿Cómo son de verdes los brotes que ve el presidente Zapatero? ¿Y los que aprecia su homólogo Obama? ¿Cómo son de grandes? ¿Dónde están? Y lo que es más importante: ¿qué está brotando según ellos, si es que es algo? ¿Las mismas malas hierbas, o... vegetación más autóctona, resistente y adaptada al medio?
La cuestión no es trivial, y nos tiene a casi todos el alma dividida: primero porque (y esto lo explican los expertos una y otra vez) no sería la primera vez que se pudiera dar una falsa recuperación; de hecho, la recaída del ´29 tras el simulacro de remontada llevó a un sitio mucho peor del que se provenía. Luego también porque... NO, no da igual si se vuelve a crecer, sino importa con qué.
Es cierto que algunos indicadores recientes muestran una cierta "desaceleración de la caída" (el campo metafórico para hablar de esta recesión es absolutamente sorprendente) en la economía mundial, pero ¿hacia dónde nos dirigiría? ¿Hacia lo mismo que provocó el hundimiento? No, gracias.
Pienso (lo pensaba ya antes de esta recesión) que el parámetro con que se mide la prosperidad y mejora de un sistema económico es equivocado; y saber si los métodos de evaluación son los adecuados es cuestión crucial: ya hablamos de ello aquí en Los métodos de evaluación en I+D deben cambiar, en donde, salvando las diferencias -pues se hablaba entonces de las pautas aplicadas a la investigación en arquitectura- se ponía en duda que dichos registros evaluadores pudieran ser inamovibles y no cambiar con el tiempo.
Medir el progreso económico en términos de crecimiento es (pienso) no sólo equivocado, sino incluso perjudicial. No me cansaré de repetir la frase del Profesor Fariña cuando asegura que... "(...) es imposible crecer de forma infinita en un mundo donde los recursos son finitos (...)"; adorar y desear el crecimiento es, además, una grosera simplificación de las cuestiones cualitativas en aras de las puramente cuantitativas.
¿Porqué no medir -al menos en el mundo occidental, donde el nivel mínimo de bienestar medio hace tiempo que se alcazó- en términos de mejora, especialización, en vez de crecimiento? Sobre esto se ha discutido varias veces en el blog del amigo Manuederra, especialmente en los comentarios de la entrada Bill Clinton le hace la competencia a Al Gore, donde Manuel nos introducía al muy interesante concepto de desacople, aquél por el cual se llegaría a desvincular la mutua dependencia entre crecimiento económico y emisiones de CO2 (¿no es triste comprobar que España sólo converge hacia el cumplimiento de Kyoto desde que ha entrado en recesión?). Nos inventábamos entonces un concepto gracioso que bautizamos como crecimiento fluctuante, y que vendría a ser un crecimiento y decrecimiento alterno de la economía en función de la disponibilidad (siempre cambiante) de los recursos; el éxito de un sistema económico basado en estas fluctuaciones sería mantenerse en un ratio=0 al cabo del tiempo, porque... queridos amigos, como no estamos para fiestas, el decrecimiento tampoco parece ser una opción muy defendible.
Sobre lo esbozado en esta humilde y breve reflexión previa al fin de semana, cabe remitir a lo que que ya explicaron al respecto (antes, mucho mejor, y entre otros) las siguientes personas:
. Federico García Barba en: El crack de 2010 y La gran orgía del despilfarro
. José Fariña en: Decrecimiento, Décroissance, Decrescita
. Joan Subirats en: Cambiando sin saber hacia adonde
. Timothy Garton Ash en: La felicidad en un mundo hecho trizas

Llego tarde a casi todo, y las tareas se acumulan: este mes de Julio de 2009 es el último plazo para que presente al DPA mi Proyecto de Tesis; si no lo hago, al parecer, pierdo derecho al plan de estudios por el que se rige mi Doctorado, y debería de empezar de nuevo los cursos docentes equivalentes a los que comencé en Madrid allá por el año... ¡1994! No sé qué sería de nosotros, doctorandos y docentes con actividad profesional, padres de familia, sin estos ultimátums (somos siempre los últimos de Filipinas) que nos obligan a intensos empujones periódicos y gracias a los cuales no abandonamos... ¡Espero que exista un nuevo (ultimatum) para acabar la siguiente fase (redacción de la Tesis) en no menos de tres años! Esto sí que es conciliación, y lo demás bromas.
En el tintero dejo una reflexión pendiente sobre el valor de una nueva pedagogía (cuestión ahora tan en boga), aprovechando el distanciamiento que me concede esta excedencia cuatrimestral (sin sueldo) de mis obligaciones docentes, para la Tesis: se lo debía a mis alumnos, a los buenos y a los malos, a los que (tengo que reconocerlo) echo de menos. Pero las obligaciones arrecian; así que en lugar del trabado y trabajoso artículo pendiente, dejo hablar por mí a un artículo con el cual es difícil no comulgar (Mariano Fernández Enguita, hablando sobre Daniel Pennac en la Revista de Libros -enlace-):
"(...) Basta un solo profesor para salvarnos de nosotros mismos y hacernos olvidar a todos los demás [profesores]. Pennac no habla de grandes pedagogos, comunicadores carismáticos ni genios en su especialidad (...), sino de profesionales que en su viviencia de alumno o su experiencia de profesor marcaron la diferencia. Al contrario de aquellos otros que ´parecía como si, año tras año, se dirigieran a un público cada vez menos digno de sus ensañanzas´ (...) nos habla de profesores que no ´soltaban la presa´, que no tenían por qué amarnos, pero nos tomaban en consideración.
(...) ´Los profesores que me salvaron -y que hicieron de mí un profesor- no estaban formados para hacerlo. No se preocupaban de los orígenes de mi incapacidad escolar. No perdieron el tiempo buscando sus causas ni tampoco sermoneándome. Eran adultos enfrentados a adolescentes en peligro. Se dijeron que era urgente. Se zambulleron. no lograron atraparme. Se zambulleron, día tras día, más y más... y acabaron sacándome de allí. Y a muchos otros conmigo. Literalmente nos repescaron. Les debemos la vida.´ Hermosa reivindicación del educador frente al mero enseñante (...), del compromiso personal (que no ha de confundirse con la entrega misionera) frente a la dimisión del papel de adulto."
¿No es ésto lo que nos gustaría haber sido, en algún momento y para alguna persona, a cualquier docente con vocación y comprometido, de primero, segundo, o tercer ciclo?
Luego, las alegrias (que las hay) de este proceso doctoral: la primera, el haber obtenido el sí de un admirado profesor para dirigirla; la segunda, encontrarme durante el trabajo con ejemplos delicatessen como el que ven ustedes más abajo. Jørn Utzon, quemado por las dificultades de la construcción de Sydney a la que tuvo que renunciar a mitad de camino, decidió poner fin antes de tiempo a su brillante carrera, retirarse a Porto Petro (Mallorca), y construirse allí una casita que es todo un poema. Fíjense sino, queridos amigos, en esas ventanas abocinadas del edificio central (el de la foto) que enmarcan, dirigen y condicionan la percepción del paisaje que se tiene desde la casa.
Ah, y lo olvidaba: la tercera alegría del día es la entrega del Cervantes a Juan Marsé; Marsé te hace reconciliar con el mundo, representa lo mejor de Barcelona y de Cataluña, y sirve para recordar el valor regenerador de la verdadera literatura, que como dice Vila-Matas hoy en El talento del lector (precioso alegato, EVM) siempre estuvo ahí para sacarnos de las dificultades.
(Sigue en Proyecto de Tesis: aprobado)
