Mapa estival de lecturas    Imprimir

Martes 31 de Agosto de 2010
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(Continuación a Eolo)

Amigos: al parecer, los expertos consideran que debemos tener cada vez más cuidado con el manejo de nuestras identidades digitales durante los períodos de vacaciones; según Pleaserobme, dejar noticia de cuándo se cierra, a dónde se va, o lo que es peor, dónde se está en cada momento (gracias a esa herramienta de incomprensible popularidad llamada Foursquare) es una invitación directa a que a uno le desvalijen la oficina o la casa. Sirva esto para justificar la ausencia del habitual post que comunica el "cierre por vacaciones" de este Estudio, y que este año ha sido sustituido por las imágenes de la menorquina Eolo, aún en venta. Ya estamos de vuelta, y esto... no creo que entrañe riesgo comunicarlo.

Para celebrarlo, hablemos un poquito de libros. Ya expliqué en el post En casa había demasiados libros... que considero que una buena dinámica lectora, la que de verdad hace disfrutar y nos pone a las puertas de la felicidad, es aquélla que establece extrañas conexiones entre un libro y los siguientes, que tira de una soga de incierto trazado para trasladarnos de una a otra lectura, y así hasta el infinito. El hilo del que pende mi mapa actual de lecturas, el que ha formado una tupida madeja con baricentro en este largo verano, y que comienza (cómo no) en la ya lejana obsesión por Bolaño, podría tener esta configuración:

Bolaño condujo enseguida a Echevarría, del que éste es prologuista, albacea, y personaje oculto de Los detectives salvajes. Por Echevarría sentía curiosidad Elena, lo cual ya era en sí toda una garantía, y me llevó primero a Fresán, al que también había escrito un prólogo impecable, en un libro que, por cierto, también recomendaba Enrique (otra buena garantía); compré su obra de recopilación Trayecto, que me dirigió enseguida a Goytisolo, pero al bueno de los tres hermanos, y desconocido hasta la fecha para mí, Luis: no os perdáis esa obra suya estupenda que se llama Diario de 360º, extraño híbrido de fábula, ensayo y libro de memorias, alguno de cuyos comentarios ha acabado conduciéndome a Melville, y el imponente volumen de Moby Dick que hacía años dormía en mi estantería: ¡qué placer recuperar el gusto de leer una edición ilustrada!; Entre Goytisolo y Melville se han colado Enric González (cuánta melancolía camuflada de ironía en Historias de Nueva York) y Ferrater con Les dones i els dies (que se disculpa por tratar temas de lo más diverso en verso: "Pero l’autor no ha arribat encara a escriure una prosa que no tingui forma d’esponja"), cuyas conexiones dentro del mapa no logro establecer, aunque seguro que existen.

Pero si debo quedarme con solo una de estas lecturas, será con la de Melville, por eso de que tras tantas novelas de líneas argumentales divergentes, tramas desestructuradas y ejercicios de estilo, el verano agradece una que sea ortodoxa, de las de toda la vida, donde todo converge y en la que, camuflada tras la cetología o ciencia de caza de ballenas, el argumento acaba siendo el mismo de siempre:

“(...) el gracioso reposo de la línea, silenciosamente ondulante entre los remeros antes de lanzarse a la acción, contiene un terror más verdadero que cualquier otra vicisitud de esa peligrosa actividad. ¿Pero a qué decir más? Todos los hombres viven envueltos en líneas de arpones. Todos han nacido con dogales en torno al cuello; pero sólo cuando los atrapa el rápido, fulmíneo giro de la muerte advierten los silenciosos, sutiles, ubicuos peligros de la vida. Y si eres filósofo, lector, sentado en el bote ballenero no sentirías en tu corazón ni una pizca más de terror que frente al hogar, en el atardecer, con un atizador a tu lado en vez de un arpón”.

(Pág. 396 de la edición española de Debate, 2001; la imagen del destacado de la página Inicio es un detalle de una ilustración de Rockwell Kent correspondiente al capítulo La cofa, Pág. 229 )


Vista de 360º en Albentosa (Teruel), por la vía verde Ojos Negros II (AM, Verano 2010)
 

L5-S1    Imprimir

Martes 20 de Abril de 2010
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Healing Through Disease (Continuación a La silla de Marañón)


"(...) Según cuenta su último biógrafo, Le Corbusier pasó los años finales de su vida con una vértebra humana colgada del cuello. Dicen que al morir su mujer se procedió a la incineración, pero de modo inexplicable entre las cenizas apareció una vértebra intacta. Una vértebra es un elemento perfecto para ilustrar la tarea del arquitecto. La columna vertebral, esa sinusoide flexible formada por pequeñas piezas de prodigioso diseño, debería figurar en el escudo de armas de los arquitectos".

Félix de Azúa: Cuando hay arquitectos amables (también reseñado en Arquitectos, el ocaso de una profesión)



L5-S1 es el espacio articular entre la vértebra más baja de la sección lumbar de la columna (L5) y la más alta del sacro (S1). Lo siento por Azúa y Le Corbusier, pero pienso que algo debió de ir mal en el camino de evolución del homínido desde las cuatro patas hasta la bipedestación. ¿"(...) Sinusoide flexible formada por pequeñas piezas de prodigioso diseño"? Estáis de broma: nadie puede decir esto si analiza con calma la L5-S1, verdadera chapuza evolutiva, disco débil donde los haya pues con un espacio y forma idénticos a sus vecinos tiene que asumir cargas y flexiones 20 veces mayores.

Hace ahora 8 años, AM (el Arquitecto Martínez, el Artista Madridista) empezó a sentir una pequeña molestia a la altura de la espalda, sección lumbar, que fue rápidamente degenerando, a lo largo de 3 años más, en un agudo dolor, primero, y en una parálisis incapacitante, después. Comenzó entonces su peregrinación por médicos y terapeutas de especialidades sobre cuya existencia, hasta entonces, sólo tenía remoto conocimiento, a veces desconocimiento total. Traumatólogos, reumatólogos, neurocirujanos, osteópatas, homeópatas... aunque AM creía haber tenido criterio hasta ese momento para distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo regular y lo peor, ahora todo parecía valer con tal de aliviar la tormenta de dolor que le asediaba día y noche. Con un problema, o mejor dicho, dos: a pesar de que el diagnóstico era claro y bastante unánime (discopatía severa a nivel L5-S1), las soluciones que le proponían eran del todo divergentes; desde las cirugías extremas con medio año de recuperación en la cama, hasta el "no hacer nada y aguantar", pasando por experimentales y dudosas inyecciones de gases extraños como el ozono. Y todo ello trufado con conversaciones del todo surrealistas (¿eres paracaidista? porque ésta es una lesión típica de paracaidistas...) Y lo que es peor: ninguna de las terapias, ninguna de las soluciones parecía servir para hacer remitir en nada el dolor. El paciente convertido en médico de cabecera, teniendo que distinguir y elegir entre especialistas carísimos... enfin, un desastre.

Cuando este viaje en el sentido inverso al de la evolución (de erguido a acostado, del tablero de dibujo a la cama) parecía no tener fin, AM tuvo la suerte (sí, existe) de encontrarse en su camino al Dr. R., neurólogo especializado en el tratamiento del dolor. Su receta era sencilla: primero hay que desbloquear los mecanismos del dolor, hay que devolver el cuerpo a una posición y comportamiento antiálgico, engañar a las reacciones de defensa, tanto nerviosas como musculares; sólo así podremos empezar una terapia manual y una reeducación del comportamiento que servirá para estabilizar la situación. Y su terapia fue de choque, pues comenzó con unos derivados opiáceos (que producían tal sensación de dulzura que AM aún los sigue añorando a día de hoy) y siguió con una ingeniosa intervención llamada rizólisis, que consistió en destruir, mediante radiofrecuencia introducida por unas cánulas al nivel articular, la rama de los nervios que sirve para transmitir el dolor (y eso sin interferir en las dos otras, las de la tracción y el tacto). Escéptico por su experiencia y por su intuición (¿es prudente quitar los testigos de una grieta en un edificio con patologías evidentes?), AM se dejó hacer, una vez más.

Como los golpes de suerte nunca vienen solos, al poco tiempo (y cuando los efectos secundarios de la intervención -un inquietante hormigueo en las piernas- aún estaban presentes) AM acabó cayendo en las manos del fisoterapeuta J. Respecto a sus antecesores, la originalidad del fisioterapeuta J. consistía en aunar las técnicas occidentales con orientales (el recurso a la acupuntura para las peores crisis era siempre infalible), y las elásticas (la fisioterapia tradicional) con las más mecánicas (las de la osteopatía). El encuentro (felizmente coincidente, aunque no relacionado) de ambas personas (R. y J.) supuso para el maltrecho AM un punto de inflexión radical: el dolor comenzó a remitir de forma acelerada, y pudo ir recuperando sus responsabilidades (profesionales y paternas) de forma paulatina; y no sólo eso.

Escarmentado por el suplicio de los años pasados, AM empezó a cuidar mejor la alimentación; perdió con ello algo de peso; comenzó a hacer ejercicio, tanto camino de la oficina con su recién estrenada bicicleta, como en sesiones semanales de natación (práctica que había odiado hasta entonces) en las que el entrenador M. le enseñó que la diferencia entre un mamífero de tierra y otro de agua (o anfibio) era más una cuestión de técnica (técnica depurada, eso sí) que de verdadera anatomía, esa anatomía que había estado en el origen de su fallo.

Por entonces, AM reseñó un interesante artículo de prensa dedicado al Doctor L. (La silla de Marañón), personaje que daba con sus palabras una verdadera lección de cómo debiera de ser la medicina que él hubiera necesitado encontrarse (humanista, humana y transversal). Como en casa de herrero, cuchillo de palo, el Doctor L. falleció -demasiado joven- al poco tiempo de esa reseña (descargar necrológica), como si no hubiera querido aplicarse sus propias recetas de longevidad, o quien sabe, esas recetas tuvieran más de bonita quimera que de realidad.

La revisión. Hace no mucho, el fisioterapeuta J. pidió a AM de que se realizara una nueva prueba diagnóstica, para cuantificar con imágenes el nivel de la recuperación de la lesión: una cosa -la recuperación- que a efectos empíricos resultaba evidente (quién te ha visto y quién te ve), pero de la cual AM no quería ni oír hablar: pruebas de nuevo, ¡no, por favor! Déjenme disfrutar. Y hace bien poco, después de una concienzuda estrategia de persuasión, aprovechando el tiempo de conversación de las sesiones de rehabilitación, J. acabó convenciéndole. Señores: contra todo pronóstico (y esto no lo tenían previsto ninguna de las técnicas que se barajaron, que aspiraban como mucho a una estabilización), el disco intervertebral L5-S1 se ha recuperado al doble de su tamaño de hace 4 años. Healing through disease; la curación a través y gracias a la enfermedad.

 

Viajar    Imprimir

Martes 19 de Enero de 2010
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(Continuación a Bolaño y la extraterritorialidad, y hermanado con Viajar, de Elena)

"Recorrer el mundo, surcarlo en todas las direcciones, no llegará a ser más que un conocimiento somero de algunas de sus hectáreas: minúsculas incursiones en vestigios descarnados, un pequeño estremecimiento por la aventura, presas improbables logradas en medio de una dulce bruma, de las cuales algunos detalles quedarán en nuestra memoria: más allá de esas estaciones y carreteras, de esas pistas centelleantes de aeropuerto, de esas bandas estrechas de tierra que un tren nocturno lanzado a gran velocidad ilumina durante un fugaz instante, además de las panorámicas esperadas durante demasiado tiempo y descubiertas demasiado tarde, de los amontonamientos de piedras y de obras de arte, serán quizás tres niños que corren por una carretera blanca, o bien una pequeña casa al salir de Aviñón, con una puerta de listones que debió haber sido de color verde, la silueta recortada de los árboles en lo alto de una colina a los alrededores de Saarbrücken, cuatro obesos hilarantes en la terraza de un café en las afueras de Nápoles, la calle mayor de Brionne, en Eure [Normandía], dos días antes de Navidad, hacia las seis de la tarde, el frescor de una galería a resguardo en el zoco de Sfax, una minúscula presa atravesada en un lock escocés, o una carretera con forma de meandro cerca de Corvol-l'Orgueilleux... Y con ellos, irreductible, inmediato y tangible, el sentimiento de la concreción del mundo: algo que queda claro, súbitamente y muy cerca de nosotros: el mundo, no como un recorrido a rehacer una y otra vez, no como una carrera sin fin, un desafío incesante a superar, no como el único pretexto de una acumulación desesperante, ni como ilusión tras una conquista, sino como reencuentro de un sentido, percepción de una escritura terrestre, de una geografía de la cual habíamos olvidado que somos los autores".

(traducido y subrayado -libremente- del francés de las páginas 155 y 156, capítulo El mundo, de Espèces d'Espaces, de Georges Perec, Éditions Galillée, Paris 2000)


Lomo de la edición del año 2000 de Espèces d'Espaces, de Georges Perec, en la Editorial Galilée
 

Mediterráneo, entre 45º y 57.5º Este    Imprimir

Miercoles 2 de Diciembre de 2009
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(continuación a Castilla, SW-NE)


Dos puentes de mando en esta ciudad: Home (izquierda); y Office (derecha)
 

Антон Чехов    Imprimir

Domingo 12 de Julio de 2009
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«(...) E allora questa aculturazione sta distruggendo in realtà l´Italia, / quello che posso dire senzáltro è che il vero fascismo è proprio / questo potere della civiltà dei consumi che sta distruggendo l´Italia / e questa cosa è avvenuta talmente rapidamente che non ce ne siamo resi conto, è avvenuta in questi ultimi cinque, sei, sette, dieci anni... / è stato una specie di incubo in cui abbiamo visto l´Italia intorno a noi distruggersi, sparire. / Adesso, risvegliandoci, forse, da questo incubo, e guardandoci intorno, ci accorgiamo che non c´è più niente da fare».

(Pier Paolo Pasolini, poco antes de su muerte, en la playa de Ostia, 1974)


¿Se puede vivir sin haber visto una obra de Antón Chéjov? Francamente: NO. A quien afirma (y son bastantes, muy próximos y leídos)... "A mí, es que el teatro no me gusta... me aburre" ... hay que contestarles que lo que les pasa es, sencillamente, que no han dado con la obra, el autor, o la compañía adecuada. El teatro no puede "no gustar". Es imposible.

Cuando hace un tiempo me lamentaba, algo en broma, de no saber elegir bien las ciudades en que acababa viviendo (lugares que parecían entrar en irremediable declive desde el momento en que los pisaba -leer-), quizás olvidé que ha sido precisamente en dos de estos sitios de exilio voluntario donde se prendió la mecha de mi afición al teatro. Por la razón que sea, la ciudad mediterránea en que ahora vivo y la metrópoli septentrional e insular en que viví un buen puñado de años, tienen extrañamente en común un caldo de cultivo propiciatorio del vero teatro, aquél que atraviesa los géneros y los tiempos para pegarte un buen puñetazo, fuerte y certero, en pleno estómago: puñetazos dolorosos pero que recuerdas toda tu vida. Un teatro que nunca encontré en la ciudad continental en que nací, donde, es cierto, siempre resultó encomiable el esfuerzo por dramatizar a Lope o Calderón, pero uno no encontraba jamás en escena al núcleo del teatro útil para el boxeo con uno mismo; es decir: Antón Chéjov (ACh.) y William Shakespeare (WSh.).

Pero... no, de nuevo miento: mi primer contacto con Chéjov fue precisamente en Madrid, aunque a través del cine. Una tarde de domingo, acompañado de Q., en ese sitio psico-urbano llamado Plaza de los Cubos, vimos en el Cine Princesa Vanya on 42th Street, un film basado en la obra homónima de ACh., dirigido por Louis Malle y adaptado por David Mamet (ahí es nada), en el que resulta profundamente perturbador descubrir cómo los personajes del drama van fagocitando al grupo de actores que lo recrean, al principio de forma festiva, en un teatro al borde de la demolición durante una luminosa mañana neoyorquina.

En Londres viví bastante tiempo en Hampstead Heath, en casa de RQ, un hombre en la mitad de su cincuentena, actor de teatro en declive y escritor de relatos radiofónicos para la BBC. Una situación propia de una novela de Javier Marías que, créanme, sólo puede ocurrirle a uno en esa ciudad, más aún si se tiene en cuenta que la sola razón por la que, en un principio, escogí aquella casa, fue por ser la única que pude encontrar sin moqueta en baño y cocina; de ahí, con el tiempo, derivó con R. una amistad transgeneracional cuyos puntos de encuentro eran la lengua inglesa (lo bueno que sé me lo enseñó R.), el ajedrez (nunca logré batirle) y el amor al teatro de WSh.: él me mandaba a las representaciones de barrio o en hangares industriales, de las que recuerdo especialmente un Macbeth negro y rasta... Y ¡cuidado!: delante de un actor que se precie no se puede pronunciar nunca el nombre de esta obra, a la que se debe nombrar The Scottish Play; R. se llevaba horrorizado y supersticioso las manos a la cabeza cada vez que yo, entusiasmado con lo que acababa de ver, pronunciaba el nombre de pila del rey de Escocia.

En Londres vi también The Cherry Orchard, y (ya cuando vino N. a vivir allá) un Troilus and Cressida del que no entendimos absolutamente nada, pero que nos fascinó al descubrir en el National Theatre que al teatro se podía asistir como a un circo, con la escena circular en el centro y el público alrededor.

Ya en Barcelona disfrutamos, entre otras, de un Hamlet algo obsceno de Calixto Bieito en el Romea, y sobre todo, de un Oncle Vània impactante en el Teatre Lliure, con una esplendorosa Mónica López en el papel de Ielena, que nada tenía que envidiar a la bellísima pelirroja Julianne Moore de la versión neoyorquina. Y esto hasta hace dos semanas: un viernes por la tarde por fin conseguimos entradas para Molts records per a Ivanov, una versión libérrima de Pep Tosar y Albert Tola sobre el Ivanov chejoviano y llena injertos propios y ajenos, que van desde Pasolini a Pink Floyd pasando por Thommas Mann. Como bien dice Marcos Ordóñez en su brillante crítica, "(...) que Santa Lucía guarde la vista a nuestros beneméritos programadores", pues la compañía, después de dos años de portazos de los grandes teatros, acabó alquilando de su bolsillo el minúsculo Cercle Maldà, uno de aquéllos cenáculos noucentistas en que los ricos de la ciudad encargaban representaciones privadas de sus obras preferidas.

Y yo digo: ¡gracias, benditos programadores! que nos habéis permitido disfrutar de este tarro de las esencias en un salón de 15 m2, casi apartando los pies propios para que los actores no acabaran tropezando. Quizás quien mejor ha logrado explicar porqué dentro del tarro coinciden siempre Chéjov y Shakespeare (símbolos de lo transversal, de la retroalimentación creativa entre lo muy particular y lo universal) ha sido José María Merino en un reciente artículo llamado Shakespeare en la Rusia profunda, al afirmar que...

«(...) Sin embargo, se ha reflexionado menos sobre el fenómeno de cómo estos autores [los escritores rusos] fueron capaces de unificar dos propósitos en apariencia divergentes: el dar sentido literario a una lengua, la rusa, menospreciada hasta entonces (...), y el que sus proyectos narrativos no dejasen de pretender armonizarse con la literatura universal. Lo cierto es que los escritores rusos, muy ceñidos a su realidad inmediata, nunca tuvieron una visión meramente localista o costumbrista de su labor, nunca perdieron la perspectiva de estar integrados en un imaginario que desbordaba las estrictas fronteras de su lengua y su país».

Y esto -sólo esto- es lo que hace que estas criaturas (Vania, Ivanov o Hamlet) se puedan travestir en intelectuales de Nueva York, dramaturgos derrotados de Palma o quinquis de barrio; y que nos hablen en inglés, francés, catalán o incluso (ni más ni menos) con acento mallorquín; y, no obstante, que sigan significando lo mismo para lo que las hicieron nacer sus autores.

Y también: que nos sintamos tan profundamente identificados (y espantados por hacerlo) con esos personajes chejovianos -casi siempre varones que han pasado el ecuador de su vida-, para los que, de repente, poco o casi nada tiene sentido, y que descubren cómo aquél perrito juguetón que al principio era la vida, y que se dedicaba a lamerles los tobillos, ha pasado a portar ahora una hermosa y afilada guadaña; y que todo ello ha ocurrido sin que el hastío circundante les haya permitido darse cuenta: un hastío que, al fin y al cabo, será el único refugio confortable donde vuelvan a instalarse para tratar de ahuyentar el horroroso hallazgo.

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Puedes seguir, en esta misma bitácora, con:
. Más rusos que flotaban descontextualizados, en Nabokov en el Jarama
. Otra reflexión sobre la contraposición entre lo general y lo particular, entre lo local y lo universal, en Entre lo uno y lo diverso


Extracto de la cubierta del programa de Ivanov en el Círculo Maldà de Barcelona, Verano de 2009
 

México nos devuelve a JAM    Imprimir

Lunes 9 de Marzo de 2009
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(Continuación a En casa había demasiados libros)

¿De qué radio son los círculos que conectan tu vida y la literatura?

JAM no es el grupo mod británico de los años ochenta, ni tampoco un apócope para la inspección de una partida de jamón ibérico entrando por el aeropuerto de Nueva York. JAM es José Antonio Marina, y así le gusta ser llamado a él. JAM, aparte de poner de moda Alcobendas 15 años antes que Pe (presumía de las flores y hortalizas que plantaba en su jardín en esa ciudad), es autor de (al menos) dos manuales cruciales para el ensayo español (y diría que mundial); adelantando en un lustro (y superando en todo) a todas las teorías posteriores sobre la "inteligencia emocional", JAM explicó cómo... "(...) Tenemos al autor en danza, brincando del proyecto a la operación y de lo conseguido a lo deseado, como una incansable lanzadera que teje el tejido de la obra. Patronea un barco que navega en mar incierto y cuya única guía es un faro lejano que él mismo tiene que encender. Ha de estar allí y aquí. En el barco y en el faro. No es fácil de explicar esta bilocación del artista, que está dirigido en su búsqueda con un proyecto que debe definir con su búsqueda. Tal vez sirva de consuelo saber que en ese trance estamos todos, porque todo acto libre está agitado por ese mismo trajín de ir de lo que soy a lo que quiero ser, sin saber muy bien de qué se trata. Desde la espesura del bosque, una luz, que soy yo, me guía a mí, que soy el viajero perdido. No es fácil de entender.(...)" (1)

Julia se pregunta: ¿qué fue antes, la literatura o la realidad? Es una duda muy sana, y de hecho una pregunta muy pertinente. Supera con creces su otro subtítulo "Paralelismos entre la literatura y lo cotidiano", o el que encabeza este texto. ¿Y si resulta que... fue antes la literatura, y que no estamos viviendo más que un remake devaluado de una ficción, torpemente contado e interpretado por actores inexpertos, que somos nosotros? A la bilocación en el espacio que nos exige JAM, resulta que ahora deberemos añadirle una doble ubicación temporal, en el antes y después de una farsa, sin saber cuál viene antes y cuál la sucede, sin saber cuál de las dos es la verdadera... ¿no es esto mucho pedir?

Pero si alguien sabe pedir (siempre) más de lo que es educadamente pertinente, ese es Roberto. Todos estamos de acuerdo: nos guste o no, hay unanimidad sobre que a su literatura se le saltan las costuras, revienta los corsés y aniquila los paradigmas, de uno u otro sentido. Por eso pone tan nervioso a tanta gente, por eso apasiona a tanta otra por igual. ¿Cómo sino es posible que tantos de nosotros, jóvenes urbanitas europeos (antiguamente) acomodados, estemos deseando trasladar nuestra residencia a Los desiertos del Norte mexicano? Si todas sus historias convergen allí, incluso esa que se marca un horizonte temporalmente infinito como es el año 2666, ¿no debieran las nuestras hacerlo también? ¡Qué radio más grande, el de los círculos de Roberto, que van de tres en tres siglos!

Sin embargo, el de los círculos de Daniel (el radio, quiero decir) no se puede medir en centímetros, ni siquiera en milímetros: más bien en nanómetros, como muy grande, porque de más tamaño no puede ser el mundo que se desarrolla entre un "dos puntos" y el siguiente, dos palabras después (por cierto, ¿alguien ha conocido antes a otro autor que puntúe así?: así quiero decir: así, por si no se me entiende: pues eso...); pero, ¡cuidado! minúsculo como problema no quiere decir absurdo, ni mucho menos evidente. Rebosa talento, complejidad, ironía, humor, y ¡cómo no! se desarrolla en los desiertos del Norte.

¿Es México hoy, de verdad, como lo pintan? ¿Es como lo cuenta Tano, o... como lo escribe Pablo Ordaz (El País) en sus últimos reportajes sobre el narco en Tijuana o Ciudad Juárez? Pero, ojo, ¿no es Ciudad Juárez el trasunto del Santa Teresa de Bolaño? ¿O era al revés? ¿No habrán leído los periodistas demasiado Bolaño para seguir cuerdos, o es que el mundo nunca fue cuerdo, Bolaño nos lo recordaba, y el narco nos lo repite? No entiendo nada. Necesito explicación autóctona.

Héctor tiene una página exquisita; sus fuentes son variadas, cultas, transversales y transatlánticas (como no podía ser de otra manera). Además, su edad es tan tierna que parece la de mis alumnos de la universidad (aunque ya me gustaría a mí que ellos escribieran con esa pulcritud). Me encontré con Héctor hablando (como no) de Roberto Bolaño, volví a cruzarme tratando de descifrar a Daniel Sada. Hace poco, Héctor conoció a Julia, y hace menos, reseñó a JAM. Si alguien tiene dudas sobre que la vida no es otra cosa que dar vueltas en círculos, que venga y lo vea: lo único que nos queda a cada uno es decidir de qué tamaño son esos círculos, y de qué manera se suceden (si concéntricos, si en espirales, si en torbellinos...)

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. Nota (1): Marina, José Antonio: "Teoría de la inteligencia creadora". Anagrama, Barcelona 1993. P. 194

. Nota (adicional): Proyecto entregado, queridos amigos. Gracias por la paciencia, si es que seguís ahí. El proyecto estaba ubicado en Blanes, Blanes era la patria de Bolaño y.... ¡ah no, que volvemos a empezar! Lo publicaré en breve.

(Sigue en En torno a la permanencia)


"Patronea un barco que navega en mar incierto", Vers.2.0 (portada R. de Libros)
 

Ver trabajar a Gorka Lejarcegi    Imprimir

Viernes 7 de Noviembre de 2008
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Lo poco que sé de fotografía lo aprendí en 15 minutos, una mañana de febrero al ver trabajar a Gorka Lejarcegi. De nada sirvieron todas las lecciones y consejos que me dieron desde pequeño sobre "diafragma y profundidades de campo" mis padres o amigos: son conceptos que aún sigo sin comprender. La verdad es que miento, pues no es todo sino casi todo (lo que aprendí con él), porque un poco de reconocimiento le debo a mi querida Nikon D70, que hace tan bien su trabajo aunque yo entienda tan poco de su funcionamiento.

El azar me llevó a conocer a Gorka (fotógrafo de plantilla del diario El País) con ocasión de una entrevista que él mismo (el azar) quiso que realizara (yo) a Richard Rogers en 2001 (leer). La cita era a las 11:00, en el portal de una finca regia de la calle Ayala (o Hermosilla) de Madrid, con "un fotógrafo que te mandará el periódico". Cuál fue mi sorpresa al oir, cuando (adusto) se presentó, que era "Gorka", ¿"pero Gorka Lejar..."? pregunté yo sin saber acabar ese apellido impronunciable, "sí, ése".

En ese cuarto de hora, pidió a Rogers que se colocara en diferentes esquinas de aquel piso franco (que el equipo tenía en Madrid para la obra de Barajas); que cogiera un sombrero, que mirara para aquí y para allá... Toda una puesta en escena digna de director de teatro y a la cual RR accedió entre gustoso y desconcertado; hecho el retrato, cogió sus trastos y se marchó por donde vino hacia su siguiente encargo.

Desde aquel día sigo su trabajo con más interés aún; a destacar, de los que recientemente ha publicado, un retrato que ilustraba el artículo Gutiérrez Aragón dice adiós al cine: el (ex-)director, frente a un espejo, levanta la vista -¿en busca de una respuesta?- hacia un extraño lucernario, del que no se entiende muy bien si sale luz natural o artificial. Toda una joya escénica, cromática y de luz, digna de la mejor composición velazqueña; y con toda probabilidad, también improvisada, tras efectuar su singular y veloz rastreo de la escena de la entrevista, tratando de detectar en ella los elementos o rincones que puedan hablar del entrevistado casi más que su propia cara.


Fotografía de Gorka Lejarcegi ilustrando Corazones que laten después de muertos (El País, hoy 7.11.08)